El dolor divide a los pacientes por autonomías

Tan sólo hay un centenar de unidades específicas para diez millones de enfermos 

El dolor divide a los pacientes  por autonomías
El dolor divide a los pacientes por autonomías

Si las enfermedades no entienden de raza, sexo o condición social, ¿por qué los tratamientos son diferentes? No hay que irse muy lejos para comprobar situaciones en las que un paciente ha de recorrer unos cientos de kilómetros para ser tratado en una unidad especializada, como ocurre en España en el campo del dolor. Aquí hay un 22 por ciento de la población, más de diez millones de personas que sufren de forma crónica una dramática situación por culpa de la dolencia.


Desde la sociedad científica que representa esta especialidad en España, la Sociedad Española del Dolor (SED), los expertos presentaron esta semana, con motivo del Día Mundial de esta patología, el «Mapa del Dolor en España», que mostraba diferencias no sólo en la atención sino en los recursos materiales entre las diferentes autonomías. Así, entre las situadas en la «lista negra» se hallan Galicia, Extremadura, Castilla y León y Castilla-La Mancha. Apenas cuentan con infraestructuras y los pocos centros que tienen se encuentran infradotados.


Alberto Camba, presidente de la Sociedad Española del Dolor (SED), lo explica de la siguiente manera: «No cuentan con las herramientas necesarias para poder ofrecer a los pacientes el mejor tratamiento. Esto se debe a la brecha territorial que se ha abierto con el traspaso de competencias sanitarias a las autonomías». Por otro lado, Madrid, Comunidad Valenciana, Andalucía y Cataluña cuentan con unidades preparadas multidisciplinares que cumplen con los requisitos básicos de calidad.


La falta de seriedad de las autoridades provoca que el dolor cueste un dos por ciento del PIB. Así, el secretario de la SED, José Ramón González Escalada, ha manifestado que si se tratase de forma correcta la patología se llegaría a ahorrar hasta medio millón de euros al año. El presidente de la SED ha señalado que lo ideal es que haya una unidad del dolor por cada 600.000 u 800.000 habitantes, una ratio que en España se supera, aunque el principal problema es el desequilibrio territorial, pues hay provincias que no cuentan con ninguna como es el caso de Segovia, Ávila o Palencia. En la actualidad, sólo hay poco más de un centenar y muchas son de segundo nivel y muy deficitarias, situación que lamentan los expertos.
En cuanto al perfil del paciente al que debe cubrirse las necesidades, la SED ha establecido que se trata de una persona en la sexta década de la vida, en su mayoría mujeres (un 60 por ciento), de profesión amas de casa y con dolor de alta intensidad (nivel siete sobre diez). Uno de los datos llamativos del estudio de la sociedad científica es que cerca de un tercio vive solo, lo que dificulta en muchos casos su día a día. Así, un 96 por ciento de los pacientes que acuden a las unidades de dolor en España tiene dolor crónico no oncológico. Los enfermos con síndromes dolorosos tienen una calidad de vida muy mala que afecta directamente a su estado psicológico (carácter, relaciones interpersonales, problemas laborales, de pareja...) y por lo que requieren cuidados multidisciplinares.

Soluciones
González Escalada ha manifestado que sólo un ocho por ciento de los pacientes con dolor es atendido por profesionales formados. «Muchos de nosotros nos marchamos fuera para completar el abanico de experiencias que podemos ofrecer a los pacientes, pero luego las administraciones ponen las trabas a los pacientes», puntualiza Camba. A pesar de las diferencias, la SED se halla trabajando de forma conjunta con el Ministerio de Sanidad y Política Social en la elaboración de un documento que establezca los estándares de calidad mínimos que tiene que desarrollar una unidad del dolor.
Además, Camba asegura que si este consenso se llevase a cabo también repercutiría en el reconocimiento del tratamiento del dolor como un área de capacitación, «ello significaría un gran paso dentro del mundo médico al reconocer esta especialidad profesional, que de forma directa repercute en la comunidad de pacientes», añade Camba.