Incalificable

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Se hallaba Miguel Mihura tomando unas copas en el bar del «Palace». Don Miguel era un genio bajito, gruñón y algo misógino. Le volvían loco las mujeres altas y guapas, fruto que él consideraba inalcanzable. Casualidad de la vida, por ahí pasaron en el momento álgido de la tertulia tres mujeres bellísimas, altas, rubias, con los pantalones ceñidos, las curvas armónicas y las piernas más largas que el mapa de Chile. Todos quedaron mudos y ellas correspondieron con el mayor de los desprecios. Los hombres, a determinada edad, son transparentes para las mujeres cumbreras. Mihura, ante tamaño espectáculo, boquiabierto de asombro, azuzado por pasiones imposibles y encolerizado por la realidad, comentó en voz alta: «¡Qué altas, qué rubias, qué buenas están esas tías!, ¡habría que matarlas!». De haber sido grabado ese comentario privado en nuestros días, don Miguel Mihura habría sido acusado por la izquierda de asesino en potencia e inductor al crimen.

Cenábamos un grupo de amigos en casa de los Cela. En los postres, don Camilo sacó a colación su adivinanza preferida: «En la Academia hay siete maricones. A ver si sois tan listos y adivináis quiénes son». De haber sido grabado ese reto privado en nuestros días, don Camilo José de Cela, Premio Nobel de Literatura y Sumo Sacerdote de las letras españolas, habría sido acusado de peligroso homófobo por la izquierda sin talento.

En un comedor privado de un gran restaurante de Madrid, Don Juan presidía una cena de amigos. Salió a relucir la diferencia entre la Familia Real española y la británica. Comentarios medidos y atinados. Se habló de Diana Spencer, del Príncipe de Gales y hasta de la princesa Ana. Al oír su nombre, Don Juan, bienhumorado, se soltó: «El problema de la princesa Ana es que no habla, relincha». De haber sido grabado este juicio privado Don Juan habría sido acusado de machista, de cavernícola y de antifeminista retrógrado y peligroso.

Voy a lo de Salvador Sostres, porque estaba a su lado cuando a los componentes del programa dirigido en Telemadrid por Isabel San Sebastián, nos grabaron una conversación privada en los momentos previos a la emisión de «Alto y Claro». Le piden que se disculpe y que dimita. «El País» le regaló espacio de portada y dos páginas de diatribas. El vicepresidente del Gobierno y ministro del Interior calificó sus palabras de «vomitivas». No tuvo más importancia que la exageración coloquial de un provocador nato que buscaba el debate con Isabel, rectísima e inflexible en esas cuestiones. Salvador Sostres es un gran columnista, y da en la diana continuamente, y molesta sobremanera. El politburó del sistema lo ha condenado. Ya ha sido objeto de algún insulto grosero y de un intento de agresión. Su actuación fue incalificable. Es decir, que no se puede calificar porque sus palabras pertenecen al ámbito privado. Las robó con deslealtad algún técnico de Telemadrid, que ni corto ni perezoso entregó la grabación a la SER y al Grupo Prisa. Ése o esos técnicos son los que se tienen que disculpar por su nulo sentido de la profesionalidad y el respeto por la empresa que les paga. «Son palabras vomitivas», dijo el vicepresidente Rubalcaba, que gasta sus minutos en estas minucias. No, don Alfredo. Son incalificables. No en sentido peyorativo, sino en sentido lineal, vertical y horizontal. No se pueden calificar porque eran palabras privadas hechas públicas mediante la deslealtad.