Pequeño gran Prado en el Hermitage

Sesenta y seis obras. Desde Roger Van der Weyden hasta Francisco de Goya. Desde 1450 hasta 1820. Un Prado esencial, escogido, de breve recorrido, pero grandes maestros. Un retrato en corto, en primer plano, de los hitos de sus colecciones, de la riqueza de sus fondos, de los artistas más representativos de sus salas.

Los Reyes visitaron la exposición junto al presidente ruso y el director del Prado
Los Reyes visitaron la exposición junto al presidente ruso y el director del Prado

Para Miguel Zugaza, director de la pinacoteca, «enseña toda la variedad que tenemos a través de cuadros imprescindibles y pinturas históricas». Para Gabriel Finaldi, director adjunto del museo, «un privilegio para conocer los momentos más relevantes del coleccionismo Real en España». El Hermitage de San Petersburgo ha reservado la galería Nikolayevsky, un espacio elegante, espacioso, de techumbres altas, adecuadas para telas de grandes formatos, que mira al río Neva, ahora helado y cubierto de nieve, para una exposición dedicada exclusivamente a lienzos y tablas procedentes del Prado. Es «una muestra excepcional», reconoció el Rey de España, que ayer, en presencia de la Reina y el presidente de Rusia, Dmitri Medvedev, inauguró esta muestra con un discurso en el histórico salón del trono que mantiene el edificio.

La selección está articulada de forma cronológica, desde las piezas más primitivas, las que conservan todavía reminiscencias medievales, hasta las más recientes, las del siglo XIX, que auguran con sus trazos esbozados una nueva modernidad y una forma diferente de entender la pintura. Una oportunidad para que los visitantes poco relacionados con el arte español puedan aproximarse a las escuelas y artistas que lo marcaron su evolución. El eje conductor, el que da coherencia al discurso pictórico, es el afán coleccionista de los monarcas españoles del siglo XVI.

La mirada de Carlos V

Comienza con «Carlos V», de Tiziano, que aparece delante del visitante con su mirada sobria, su armadura brillante y un perro tendido a los pies. El emperador, con sus gustos, inicia una actitud que mantendrá la Casa de los Austrias. Por eso también cobra especial importancia la presencia de Felipe II, representado con un óleo de Anguissola, y Felipe IV, al que se recuerda con un retrato de Velázquez. Este rey, que sentía una enorme afición por la pintura, la reforzaría con nuevas adquisiciones la herencia que había recibido. «Uno de los momentos más emocionantes de la visita es cuando se produce el cambio de dinastía y se pasa a los Borbones. Un instante que se refuerza con un imponente óleo de Carlos III y otro de Felipe V», explica Finaldi.

Mijaíl Pitrovsky, responsable del museo ruso, admitió que es «un evento histórico. Pocas veces se presta una selección de esta calidad. Intentaremos corresponder». El año dual entre España y Rusia se ha convertido en el marco adecuado para que ambas instituciones hayan sacado adelante dos exposiciones de igual importancia y atractivo, una en San Petersburgo y otra en Madrid. Diferentes en contenido, materiales y extensión, sin embargo, ambas participan de un mismo principio: mostrar sus joyas sin romper la unidad del conjunto. «Será como ver un museo dentro de otro», comentó Zugaza. El Hermitage prestará, para la muestra que se celebrará en España y que se abrirá en otoño, alrededor de 150 obras. Habrá artes decorativas, piezas arqueológicas, como el oro escita, jamás visto en nuestro país, y pintura, desde los iconos rusos hasta la vanguardia representada por Kandinsky.

Del bodegón al retrato

El Prado sintetiza con esta exposición el alma española y, también la de los artistas que provenían de otras naciones. Están representadas todas las escuelas y géneros, incluido el bodegón. El retrato cortesano, destinado a ensalzar la imagen de los gobernantes, empieza con nombres como los de Sánchez Coello («Las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela») y Pantoja de la Cruz («La reina Isabel de Valois»). Pero enseguida la pintura se vuelve religiosa con Rafael («La sagrada familia del cordero»), Caravaggio («David vencedor de Goliath»), Veronese («Magdalena penitente») y El Greco («Cristo abrazado a la cruz» y «La sagrada familia con Santa Ana y San Juanito»). El pincel de Ribera, que no renuncia a barnizar a sus santos y profetas con una pátina realista («Isaac y Jacob», «San Roque»), se enfrenta a «El bufón don Sebastián de Morra», de Velázquez, el dolor del «Cristo crucificado con un donante», de Zurbarán, y «Felipe II a caballo», de Rubens.