«Todo es silencio»: Cuerda y los restos del naufragio

Director: José Luis Cuerda. Intérpretes: Miguel Ángel Silvestre, Quim Gutiérrez, Celia Freijeiro, Juan Diego. España, 2012. Duración: 116 minutos. Drama.

El cine español tiene un problema bastante curioso: como los protagonistas de las películas sean niños y éstos acaben creciendo, malo, porque la mayoría deja de tener interés desde ese instante. Aunque, las menos, se pueden convertir en obras magistrales. La nueva producción de José Luis Cuerda (que corre a cargo del incansable Gerardo Herrero, un director vivamente interesado por en el tema que no ocupa, y que ya tocó en «Heroína»), o la historia de una obsesión por el primer amor infantil, emparenta con las primeras mencionadas. Novela de Manuel Rivas que él mismo ha volcado al guión, el espectador viaja a la Galicia de los años 70. En Noitia, un pueblo de la costa, dos adolescentes rivalizan por el amor de la jovencita Leda, más descarada y secreta que ambos, mientras rebuscan entre los numerosos naufragios que se producen en la zona. Y ven premonitorios ataúdes, y maniquíes negras, y centenares de naranjas. Tras este prometedor arranque, la cinta comienza a perder el resuello cuando, veinte años después, vuelve a la localidad uno de los protagonistas convertido en policía y descubre que el contrabando de tabaco ha sido sustituido por el tráfico de drogas. Hay un cínico cacique detras de todo lo turbio, un Miguel Ángel Silvestre que vuelve al acento del Duque, mariachis que cantan malamente rancheras en un funeral, dinero sucio a espuertas, prostitutas, disparos, chutes y los rescoldos de aquella ingenua pasión de pubertad. Pero, por encima, sobrevuela una pregunta: ¿por qué, teniendo tanto de todo, la película te deja, más que frío, tiritando?