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La tercera generación

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Todo cambio de ciclo deja cadáveres marcados con su código genético en la cuneta de la Historia. Suelen ser casi siempre dirigentes jóvenes a los que, para su desgracia, la hora les llega a deshora. Gente que se monta en el primer vagón del último tren o que porta billetes de primera con destino a la estación término. Políticos con arranque de caballo y parada de burro. Personalidades que si por un tiempo creen tener agarrada la sartén por el mango terminan achicharradas sin capacidad de reacción. Mandatarios que en escasos meses o años pasan de mandar mucho a lamentar quién me mandaría a mí... En definitiva, nombres que no pasarán de ocupar algunas anotaciones en pies de páginas donde otros, justa o injustamente, figurarán como más brillantes protagonistas.
Se trata de lo que a veces he denominado la generación Martínez Esteruelas en alusión al muy joven y sobradamente preparado ministro del último gobierno de Franco, circunstancia biográfica que lo invalidó para cualquier papel relevante posterior. Pero lo mismo cabría decir de no pocos ingenuos ministros de la UCD por no citar a los mismísimos Escuredo y Borbolla, descabalgados prematuramente por no interpretar, u obedecer, los signos de su tiempo. Y ahora, cuando contemplo al vencido Rafael Velasco, al tan incierto como valioso Juan Espadas, a la inédita Susana Díaz, al incisivo Mario Jiménez, a la pétrea Mar Moreno, o a los incipientes Francisco Cuenca o María Gámez, entre otros, pienso si no serán también ellos víctimas de otro cambio de ciclo. No tanto por ser hijos de la Logse –aunque es cierto que el PSOE cada vez pisa menos fuerte– sino por encarnar fatalmente esa tercera generación de la que tanto se habla y que bastante tiene con salvar el patrimonio, ya mermado y envejecido, que sus mayores atesoraron hace treinta años. Y añado: curiosamente, por edad, trayectoria y procedencia, sólo Rosa Aguilar queda al margen de este artículo aunque intuyo que más pronto que tarde dará bastante que hablar y más que escribir.