La guerra civil se extiende a Alepo

DAMASCO- Viernes de oración y viernes de protesta en Siria. La seguridad se refuerza en la capital, así como en el resto del país, para evitar que tengan lugar manifestaciones contra el régimen al final del rezo del mediodía, el más sagrado de toda la semana para los musulmanes. Damasco está desierto a media mañana y la represión es evidente, con autobuses y jeeps de hombres armados que circulan por la ciudad. Hasta los guardias de tráfico portan metralletas y las fuerzas de seguridad apoyadas por militares controlan las principales carreteras y puentes, así como los edificios gubernamentales. La tensión es elevada en la capital los viernes desde que tuvieron lugar dos ataques con coche bomba a finales de diciembre y principios de enero. Ayer el miedo se podía tocar después de que un ataque de características similares tuviera lugar a primera hora en Alepo.

Dos explosiones, una junto al Departamento de Inteligencia Militar y otra frente a la sede de la Policía de Alepo, dejaban al menos 28 muertos y más de 200 heridos, incluidos civiles y niños, según informaron los medios estatales sirios, que calificaron a los ataques de «terroristas». Las televisiones afines al régimen mostraron imágenes de los edificios destruidos y primeros planos de cadáveres ensangrentados bajos los escombros, con extremidades amputadas y los intestinos por fuera. Damasco culpó una vez más a los grupos extremistas y terroristas, a los que acusa de estar detrás de la revuelta, que cumplirá un año el mes que viene y se desliza hacia una guerra abierta.
Alepo se había mantenido en calma hasta ayer y apenas se habían registrado protestas contra el presidente Bachar al Asad, que tiene en esta ciudad y en la capital sus principales apoyos. La clase alta y la burguesía acomodada, independientemente de la secta religiosa a la que pertenecen, se mantienen fieles al régimen que les ha garantizado hasta ahora sus privilegios, basados en un sistema corrupto e injusto para la mayoría. Estas injusticias y los abusos de poder están en la base del levantamiento popular que comenzó el pasado marzo y, tras meses de represión sangrienta por parte del Gobierno, ha degenerado en un conflicto armado. Los manifestantes pacíficos ahora cuentan también con su brazo armado, el Ejército Libre de Siria, formado por desertores y opositores que han cogido las armas. Su objetivo es defender a los civiles de los ataques de las fuerzas gubernamentales. Según pasa el tiempo, la oposición se enfrenta más abierta a ellas, pero al contar con menos medios, tienen que recurrir al sabotaje o ataques directos. Los rebeldes sirios han negado en todas las ocasiones estar detrás de los atentados con coche bomba, acusando al régimen de orquestar este tipo de incidentes para aterrorizar a la población y desacreditar a la oposición.

Independientemente de quién esté detrás de las explosiones, sin duda sospechosas, éstas surten efecto sobre todo en las áreas bajo el control gubernamental, en las que la propaganda oficial cala hondo. Un hombre, que hace pocos días se atrevía a criticar al régimen en voz baja ayer se mostraba afectado, mientras en la TV estatal no dejaban de mostrar muertos y heridos en un escenario apocalíptico poco creíble. «Las dos partes están equivocadas, esta masacre es inaceptable», decía con los ojos húmedos.

Mientras, esa clase media alta y alta que todavía sostiene al régimen en Damasco y Alepo teme por sus privilegios ante un futuro incierto. Husein y Tony, dos jóvenes acomodados, se quejan de que ya los viernes no son lo que eran. Tony es cristiano (una de las minorías que se mantiene mayoritariamente fiel al presidente por miedo) y dice que ahora los días de fiesta tiene miedo a las bombas. «Están intentando causar una guerra civil, como la de Irak», asegura preocupado. Por su parte, Husein es musulmán, pero odia a los extremistas, que asegura que están detrás de la violencia.

Se queja de que por primera vez no se siente seguro en Damasco, donde ayer las fuerzas de seguridad de ese régimen al que apoya dispararon contra los manifestantes en el barrio de Mezzeh, así como en varias áreas periféricas. Según los Comités de Coordinación locales 50 personas fallecieron en todo el país. Así continúa la represión.