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María Dolores Pradera: «Sería tremendo que una señora de mi edad fuera tímida»

DE CERCA«Con esta pinta de sueca, nunca me atreví con la copla, que tengo pendiente. Y eso que Buñuel, al verme, dijo que yo era la clásica ‘‘españolaza''. Yo creo que estaba un poco sordo y debía estar también algo cegato…¡Pero me hizo mucha ilusión!».

Miro a los ojos claros de María Dolores Pradera y, sin que ella musite ni media palabra, parece que le escucho cantar «La flor de la canela». En directo, que es como le gusta, «y más ahora que ya nadie vende discos». ¿Por la «piratería»?, le pregunto. «También. Pero sobre todo porque desde que los han hecho tan pequeñitos, ya no tienen ninguna importancia. Son una birria».

-¿Le gustaban más los LP de antaño que los CDs de hogaño?
-¡Donde estén esos LP grandotes…! Recuerdo que coincidí en un periódico de México con Lola Beltrán, que era una cantante fabulosa y tenía un enorme sentido del humor, y yo le llevaba mi primer CD y ella me llevaba el suyo, y me dijo: «Dolores, nos estamos quedando en nada».

-¿Recuerda la primera canción que cantó?
(Cierra los ojos, mira al frente y recita:)
-«Tecolote que haces ahí, arrimado a la pared, esperando a mi tecolota, que me traiga de comer…». Ja,ja,ja. ¡Era un búho gigoló! Tenía cuatro años. Mi padre tenía negocios en Chile y los hijos íbamos todos los años a verle. Ese año se quedo conmigo seis meses –que a mí me parecieron un siglo– y me llevó a todas partes: Argentina, México…Yo creo que aquel viaje influyó para que no haya habido manera de que aprendiera inglés, francés un poquito… Pero creí yo, después de ir a quince países en los que se hablaba nuestro idioma, que era el que se hablaba en todas partes.

-Cantando como canta, no necesita ni hablar. ¡Si incluso cantaba de pequeñita y sus hermanos la «explotaban»…!
-Sí, sí. Me había hecho un carpintero un cajón adornado, horroroso, y me metían dentro con una manivela y una ventana y me hacían cantar, sí. Me daban un real… ¡Y se lo quedaban ellos!

-Ésa era la madera de cantante, la de actriz emergió durante la guerra, ¿no?
-En la guerra me inventé un personaje que se llamaba Petronila. Me inspiré en una señora muy reponfolluda, que se llamaba, creo, Petra…¡Y me pescó, porque llevaba una «P» muy grande en el pecho! Así que pasé a llamarme Petronila. ¡Lo pasaba muy bien! Los vecinos me llamaban y como no había qué comer ni nada, echaba unos versos muy sorprendentes inventados por mí y me daban un puñadito de arroz o de lentejas… Era una cosa muy triste pero divertida.

-Pasó la guerra en Madrid. ¿Sintió miedo o siendo niña vivía la guerra como un juego?
-No, no, era muy duro: las bombas caían y caían en los edificios…¡En la casa en la que yo vivía caían obuses a mansalva! Un día me fui al cine con mi hermano y me quedé día y medio bajo los escombros tras caer una bomba… ¡Imagínate mi madre! ¡Lo primero que hizo fue darnos un bofetón a cada uno! Porque las madres de entonces, ante la tragedia… Mi madre –que era viuda ya–­ no era muy dada al bofetón, pero en aquella ocasión tenía razón: nos habíamos escapado desde nuestra casa de Viriato y nos fuimos al centro. ¡No sabíamos ni volver, nos trajeron los bomberos!

-También en plena guerra, su abuelo se empeñaba en enseñarles a comer delicadamente a sus hermanos y a usted, ¿no?
-Sí, y en que fuéramos muy finos…Y lo mejor es que me mandó a mí a una escuela que había en Martínez Campos a aprender a cocinar. ¡Imagínate! ¡Cuando no había nada! Y todas las recetas empezaban diciendo: «Se coge un pollo…» . Y yo miraba y decía: «¡¿Qué pollo?!». Debe ser por eso que no aprendí a cocinar… Bueno, algunas cosas, aunque con la olla express…

-¿En esos tiempos de guerra, tenía la percepción de que había buenos y malos?
-No. A mí me parecían malos todos, la verdad.

-¿Es verdad que se cruzaba Madrid en patines?
-Sí, siempre. Entonces no había un coche y era fantástico patinar por Madrid…Mi madre tenía una amiga que se llamaba Conchita Gil y trabajaba en la Dirección General de Seguridad. Y cuando daban esas cosas que se llamaban «los paseos» –entonces era durante la guerra en Madrid y a los que se querían cargar era a los nacionales–, mi madre me mandaba patinando con una lecherita y dentro los nombres y la dirección de unas personas, para que se fueran… Eso, durante la guerra. Cuando la guerra termina Conchita es depurada, sigue en la DGS ¡y sigue haciendo lo mismo, entonces ya con los milicianos…!

-Vamos, que eran buenas personas sin bandos. Conchita, su madre. ¡Y usted, sin saberlo!
-Pues sí, porque mi madre no me dijo nada… Luego he pensado: qué cosas tan buenas he hecho yo, sin saberlo… Es una historia bonita, ¿no?

-Desde luego. Pero alguna cosa mala también habrá hecho, ¿no?
-Pues maldades que yo sepa no, pero seguramente sí… sin saberlo… Pido perdón….

-Ese sentido del humor y esa ironía que siempre le acompañan, ¿le sirven para esconder la timidez?
-Bueno, ahora ya no soy tímida, lo he sido de joven pero ahora ya no… ¡Sería tremendo que una señora de mi edad fuera tímida!.. Era más callada que tímida.

-Pero eso para que le rieran más las gracias a su marido, ¿no?
-No, no: Fernando tenía gracia y la tenía. Ahora: yo tenía la mía, pero no me atrevía a manifestarlo.

-Había gente por ahí que creía que Fernando Fernán Gómez y usted eran hermanos… ¿no?
-Paco Rabal decía que lo parecíamos y Lola Flores creía que lo éramos. Yo tenía pasión por Lola Flores y Manolo Caracol; vivían cerca, en Álvarez de Castro esquina a Viriato y trabajaban cerquita, en la calle Fuencarral… A mí me gustaban muchísimo. Lola nos cogió mucho cariño porque pensó: ¡Estos hermanos, siempre juntitos!». Él era pelirrojo y yo muy rubia –que sigo siendo aunque ahora con un poquito de trampa–... Y Lola un día me dijo: «¡Qué bonito! ¡Unos hermanos tan unidos!». Y yo le dije: «No somos hermanos, somos novios…».

-Es que eran novios de los de antes, claro…
-Sí... Una prima de la familia que se tuvo que ir porque no estaba de acuerdo con la política, una vez que vino a España con 19 años contó que en Francia las españolas tenían mucho éxito porque se comportaban de forma menos liberal y seguían siendo «de besito en el ascensor!». Entonces Fernando dijo: «¡Ah! ¿De besito en el ascensor? ¡Lo malo es que María Dolores tiene una ascensor que no funciona nunca!».

-Vivieron muchas cosas juntos. Amor, cine, teatro. ¿Por qué hizo usted menos cine que teatro?
-Porque no me gustaba en el cine. Pero hice mucho teatro y con mucho éxito. Trabajé con todos los grandes directores de los años 50 y 60 y con todos los grandes actores de la época. Me gustaba mucho y lo pasaba muy bien.

-¿Por qué lo dejó?
-Porque intenté lo de la canción y me ocupó todo, hasta el último minuto.

-¿Recuerda su primera actuación en público?
-En mi época de actriz, me acompañaba a la guitarra nada menos que Agustín González, que tocaba que era una maravilla… Yo cantaba cosas que no sabía nadie, que había aprendido en Chile de chica y cosas españolas antiguas, y la gente empezó a decirme que tenía que cantar. Entonces, una actriz que se llamaba Josita Hernán, que me quería mucho y que había estado en una escuela de París muy importante, me consiguió un contrato en un lugar muy chic, en la Castellana, que se llamaba Alazán, donde debuté. Fue muy bien, y el sitio, que era un sitio de familias, muy elegante, con un librero con libros y un chester se llenaba. Después murió el dueño, que era militar y ya cambió. ¡Y debió volverse divertidísimo porque anunciaban «señoritas estupendas…»! Cuando se volvió un lugar de niñas de alterne yo pensaba: ¡Qué suerte, yo tenía que cantar todas las noches y éstas vienen un día sí y otro no! ¡No sabía lo que era alterne!

-¿Y aún sigue emocionándose cuando canta?
-Es muy emocionante, sí. Sigue siendo un experimento de amor al público, a las canciones, a la música, pero muy fuerte. Yo a veces estoy cantando y oigo mi corazón.

 

Personal e intransferible
No pasan los años ni por la voz de María Dolores ni por su sentido del humor
Dice lo que le da la gana, pero con tanta educación, que nadie se molesta. Ahora que ha dejado de fumar –«es que mordía los pitillos como si fuera Popeye y mis nietos me imitaban»– ya no se las podría dar de vampiresa en la clandestinidad… Pero algo de vampiresa tiene. Contenida, pero vampiresa. Y mucho de misterio, aunque para ella lo único misterioso de verdad sea la muerte: «Eso de que uno venga aquí para diñarla no tiene explicación…». Por lo demás, se siente orgullosa de sus hijos, nunca ha detestado a nadie y su memoria selectiva le impide recordar aquello que le hace daño. Y daño, ella, sería incapaz de hacer a sabiendas. Lo suyo es reconfortar cantando, cada fin de semana en un lugar distinto de España, y buscar tiempo para grabar, por fin, ese disco de copla que tiene pendiente
desde hace tanto.