Copa del Rey

El «pobre» Dépor paga el pato

El «pobre» Dépor paga el pato
El «pobre» Dépor paga el pato

El Deportivo apareció en el Bernabéu con una estadística lacrimógena, dos goles a favor, ambos de penalti al Getafe, en cinco partidos. Apostar por un triunfo suyo no lo avalaba ni el «Centenariazo» o el tanto victorioso de Luque en 2004; menos aún su penúltimo lugar en la tabla. Para corroborar la certidumbre, a los 4 minutos, el 1-0, de Cristiano Ronaldo. A partir de ahí, agua a mansalva y lluvia de goles: Ozil, Di María, Higuaín, Zé Castro en su portería, otra vez Ronaldo y el del honor de Juan Gutiérrez (6-1). Apareció el Madrid del Ajax y el Dépor de Lotina pagó el pato.

Llovía, a modo, sobre el nuevo césped de Chamartín. Una moqueta recién estrenada, muy lejos del patatal que denunció Mourinho. Daba gusto correr con el balón, centrarlo, pasarlo, enviarlo de banda a banda, desplazarlo en corto. Ni un mal bote. Y el entrenador alineó a los habituales: Carvalho junto a Pepe en el centro de la defensa; Ramos y Marcelo en los laterales y con campo para correr; Khedira y Alonso, pivotes; Di María, Ozil, Higuaín y Cristiano Ronaldo, de aquí para allá, sin respiro. Todos para uno y uno para todos, ¡por fin! Y a la carrera, a toda velocidad, sin tanteos previos ni pamplinas, con una consigna: ganar o ganar. Al filo de la media hora el partido estaba visto para sentencia con un 3-0 que anunciaba algún gol más en la portería del atribulado y superado Manu.


El principio de todo es la exigencia al mil por ciento de Mourinho a sus jugadores. Todos corren, todos atacan, menos Casillas si no es menester, todos defienden y todos presionan. No hay fatiga, no hay dolor, coronel Trautman, ni un segundo para descansar ni un instante para que piense el contrario. Y a continuación, la salsa del fútbol, que llegó a borbotones, como predijo el entrenador portugués hace unas jornadas: «Los goles van a llegar, algún pobre puede pagarlo». El Deportivo, penúltimo, fue el señalado.


Lopo, en el origen

A los tres minutos Lopo hizo una mano donde no debía, muy cerca de su área; despejó con el codo y, aunque trató de disimular la «zamorana», Iturralde le cogió la matrícula y le mostró la amarilla. Cristiano tiró contra la barrera, como de costumbre, pero cabeceó de cine el córner sin que Lopo, otra vez él, pudiera evitarlo. Ronaldo celebró el tanto alborozado, lo necesitaba. Se quitó un peso de encima y el madridismo respiró aliviado, por el jugador y, sobre todo, porque el equipo no levantó el pie del acelerador.


Cercó el Madrid al Deportivo y el «intocable» desplegó toda su hiperactividad, como si el tanto hubiese producido en él los efectos de una poción mágica, la de Asterix y Obelix. Se bañó en la marmita y contagió al resto. A centro de Higuaín, convertido en pasador de alto copete, Özil hizo el 2-0 después de preparar el tiro con la zurda. Rozó Manu con el guante y el balón tocó en el poste antes de entrar. Volvió Higuaín a ensayar el centro, esta vez desde la banda izquierda, con la mirada alta, y con la zurda entregó medio tanto a Di María, cuyo cabezazo entró como una exhalación.


Había pedido Mourinho «ambición, disciplina y solidaridad»; no le decepcionaron sus jugadores, al fin de acuerdo en todo lo que había que hacer para ganar. Su equipo fue una galerna sobre la portería de Manu, y sopló con tanta fuerza que Casillas terminó la primera parte sin agacharse. En la segunda, para mantener la intensidad, Lass entró por Khedira, un pivote por otro. No cambiaba el dibujo, sólo un hombre, ni la actitud. La única alteración nada más volver al campo fue que se escurrió Carvalho y que Lassad, en la primera ocasión, accidental, que disfrutaba el grupo de Lotina, no se aprovechó porque Iker le aguantó en el uno contra uno hasta dejarle sin ángulo y provocar un disparo que le dio en el cuerpo. Pasado el susto, el Madrid volvía a la carga e Higuaín, a centro de Di María que estaba en fuera de juego, hizo el cuarto. Le tocaba, había centrado dos.


Era tal la superioridad madridista que al Deportivo, abatido, sólo le faltaba marcar en su portería. Lo hizo Zé Castro. Una hora y 5-0. Casillas, poco antes, obró el milagro de cada jornada y despejó tres cuartos de gol a Juan Rodríguez, pero no pudo evitar el 5-1. La Liga, no obstante, sonreía al Madrid, gracias al casi inofensivo Deportivo y al empate del Barcelona en el Camp Nou ante el Mallorca, que deja a los azulgrana un punto por detrás de los madridistas en la clasificación.


Zanjada la cuestión, Mourinho permitió el debut del canterano Juan Carlos, relevó a Di María justo antes del gol de la honrilla que hizo Juan Rodríguez. Luego Ronaldo marcó el sexto y terminó como empezó: gozoso.


 

«Las dudas me hacen reír»
 

Para Mourinho los partidos no se acaban cuando pita el árbitro. Él sigue peleando en la sala de prensa y el encuentro termina cuando se levanta con más o menos prisa. «Las dudas, a mí me motivan y, por otro lado, me hacen reír. Si tienes dudas de un entrenador que ha ganado lo que ha ganado, tenéis que decir vosotros las condiciones para que trabaje en este país. Tendréis que decir si hay que tener tres ‘‘Champions''. Yo tengo dos y sigo con la tranquilidad de mi trabajo», dijo el portugués a un periodista. «Se ha notado la diferencia de jugar en domingo y no entre semana. Se nota la frescura y la salud, que permite jugar a un ritmo diferente», dijo para explicar la mejoría de su equipo. Aunque advirtió de que volverán a tener partidos como el del Levante. También dijo que no quiso mandar un mensaje a Benzema, que no jugó. Tampoco a Pedro León que se quedó sin convocar mientras debutaba el canterano Juan Carlos.