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Londres

Sociedad asimétrica o fallida

La Razón
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Hablamos con frecuencia de estados fallidos y de guerras asimétricas intentando etiquetar situaciones de facto que sucesivamente van apareciendo en el mundo en que vivimos. Las relacionamos normalmente con sociedades poco estructuradas en las que prevalece el clan, la tribu o el señor de la guerra. Pensamos enseguida en el Cuerno de África o en alguna región desmembrada de la desaparecida URSS. Pero no. Esta vez hablamos de Londres o, si quieren, del Reino Unido. Hablamos de Liverpool, de Tottenham, de Manchester o de Birmingham. Y desde luego no hablamos de la «premier» de fútbol.

Los sociólogos, como los tratadistas de Derecho Internacional, van a remolque de los acontecimientos. De los de este agosto buscan causas y razones de un estallido que empezó frente a una comisaría de Tottenham el día en que 200 vecinos protestaban por la muerte de uno de ellos, Mark Duggan, un padre de cuatro hijos. Las explicaciones policiales y la respuesta consiguiente no serían acertadas, porque el conflicto estalló y se fue extendiendo, rompiendo fronteras de barrio, a otros cincuenta puntos del país.

Sorpresa, preocupación, daños inimaginables, cinco muertos, mil seiscientos detenidos. ¿Cómo aparecían de pronto tantos delincuentes? ¿En qué se distinguían estos conflictos de los que se produjeron en el propio Tottenham y en Brixton –los barrios norte y sur de la City unidos por la línea de metro Victoria– hace treinta años? Incluso alguien quiere relacionarlos con los disturbios de París del 2005. Los ingleses se creían inmunes: «Francia mantiene alejados de la Ville a los barrios marginales, por esto estallan. Nosotros los tenemos integrados». En París fue la furia social la que quemó coches y destrozó mobiliario urbano. Aquí en Londres es la envidia, es el saqueo, es el conseguir lo que no se puede conseguir por el trabajo que no encuentran y por el esfuerzo que no están dispuestos a asumir. Más de cinco millones de ingleses reciben subsidios y apenas trabajan. El crisol racial y étnico que es la capital del Támesis se tambalea ante un fenómeno nuevo del que no conocemos exactamente las causas. Se construyó una sociedad que asumió a gran velocidad la incorporación a la metrópoli de millones de emigrantes procedentes de los diversos países de la Commonwealth que alcanzaban la independencia. La sociedad absorbía inmediatamente, haciéndolos suyos, a cuantos destacaban en el deporte, en la música o en la ciencia. Pero iba abandonando, arrinconando, a los que no aportaban nada. Así se fue creando la grieta, rompiéndose el ascensor social. De ahí vienen los «hoodies», estos jóvenes afrocaribeños enfundados en sudaderas con capucha. Son los que no pueden acceder a la universidad o que han perdido sus becas. Los que no encuentran trabajo y en cambio ven, día a día, las luces del lujo, del despilfarro y la ostentación. Aunque no tienen nada que perder, aunque sean más ricos que sus abuelos, no están dispuestos a comportarse como ellos, imbuidos de un falso sentido de sus derechos.

En resumen, cada vez que creemos que las sociedades más avanzadas no tienen problemas, tocamos tierra y vemos cómo en una isla noruega o en el corazón de Londres estalla una violencia que no entendemos. José Antonio Marina lo analiza en su libro «La cultura fracasada» cuando expone que las sociedades se «encanallan» de tal manera que acabamos admitiendo el todo vale, todo es justificable. «Nos hemos metido en una rueda de excusas –dice– en la que la culpa de lo que pasa la tiene siempre el otro». Scotland Yard acusa al Gobierno y a las dimisiones de sus jefes por el tema de las escuchas telefónicas; Cameron acusa a las familias de falta de responsabilidad, educación, formación ética y moral; a su vez, los padres acusan a los políticos; éstos, a la Policía por la falta de previsión y a la prensa por exacerbar los ánimos, y creo que todos a la crisis financiera mundial y a este gran muro de las lamentaciones que son las Naciones Unidas.

¿Qué hacemos con estos 4.000 vándalos?, se preguntaba recientemente Alain de Botton, el sociólogo suizo afincado en UK. Si lees el «Daily Mail», comenta, «pegarles un tiro o sacarlos de su familia y llevarlos a una academia militar. Al mundo moderno se le da muy mal tratar a esta gente». Ni pegarles un tiro, ni endosárselos a ninguna academia. Es profundizando en las raíces donde se encontrará la solución. Viendo qué clase de maestros y educadores han tenido; comprobando cómo Scotland Yard integra a policías procedentes de estos guetos, gente que les entienda y les escuche.

La violencia es atractiva, contagiosa, produce una especie de ebriedad enloquecida. Las masas rompen los sistemas de control personal y social. En analizar estas fallas estará la virtud. ¡Y no contemplemos nosotros sólo las barbas de nuestros vecinos!