Asia

El otoño provisional

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Le faltan muy pocas sesiones a este Parlamento, pero la aprobación de un techo de gasto que ha de rozar el equilibrio cabría interpretarla como su canto del cisne. Por fin los ciudadanos comprobarán –si nada se tuerce– que hubiera sido posible, en leyes esenciales, el acuerdo de las dos grandes formaciones que suman hasta suficiente mayoría constitucional. Pero habrá que esperar a la letra pequeña que desarrollará este retoque; reforma-exprés, como algunos la han calificado por lo ajustada en el tiempo; otra improvisación del Gobierno en materia económica, entienden otros; o ponerse el primero de la fila, a las órdenes de Alemania y Francia. Sin embargo, pretende otorgar a los mercados que nos financian la tranquilidad que desean. No cabe dudar de la independencia de una decisión que habrá de asumir quien gane la próxima contienda electoral que amenizará el próximo otoño provisional. Y lo será no sólo en casa o en países próximos, sino en zonas calientes o decisivas de este planeta global que nos introduce a retos hasta hoy desconocidos. El mundo árabe se ha convertido en un hervidero, hasta el punto de que, si para nosotros durante más de un siglo la CNT fue la sigla de la Confederación Nacional del Trabajo, desbordados en este siglo de siglas, como predijo Dámaso Alonso, la CNT que aparece en los periódicos estos días equivale al Consejo Nacional de Transición, nacido en Libia, presidido por Mahmoud Jibril, que el pasado miércoles se entrevistó con el gran valedor de las transformaciones en aquel país, Nicolas Sarkozy.

Finaliza agosto con muchas dudas sobre el futuro del Norte de África y la certeza de que en el Sur del Continente, al que metafóricamente se denomina, «cuerno», la población más débil, niños y ancianos, se muere literalmente de hambre, mientras Occidente no sabe qué hacer para salir de una crisis endógena. La ruta alemana es más que dura y habrá que ver cuántos sacrificios comporta para los países del Sur. Pero llegará un tiempo en el que Occidente y los países en desarrollo lamentarán la amoralidad tolerada que ha permitido que poblaciones enteras se vean obligadas a emigrar o a morir en un intento de pura supervivencia. Algo se hace, bien es cierto, pero lejos de lo que debería hacerse. Las transformaciones del mundo árabe, cuyo conocimiento y traducción a lo occidental resultan más que difíciles, no dejan de abrir incógnitas. La solución libia, si se completa, no se hubiera producido sin el dubitativo apoyo de la ONU y el decisivo de la OTAN, la implicación directa de Francia, apoyada por Gran Bretaña y unos EE UU que eligieron un discreto segundo plano: otro dato que habrá que tomar en consideración a la hora de entender actitudes como las de Argelia, Túnez y Egipto. Los planteamientos en cada uno de estos países han sido distintos y habrán de serlo también las fórmulas más o menos democráticas que elijan. Por fortuna, no ha sido como el mecanismo iraquí que aún no encaja, mientras el tema palestino sigue enquistado e Israel no habrá sido ajeno a tanta convulsión.

Los parlamentarios españoles celebrarán sesiones los días 30 de agosto y 1 de septiembre. Al día siguiente se aprobaría la modificación constitucional. Estarán al pie del cañón dando un ejemplo que hubiéramos deseado en otras ocasiones. Nadie duda del éxito electoral del PP (y no deja de ser peligroso), pero muchos vacilan a la hora de calibrar el fracaso del PSOE o los avances o retrocesos de las fuerzas nacionalistas y otras. No se ha logrado, una vez más, en la legislatura que acaba, remediar el desequilibrio representativo de parte de los votos. Quedan por hacer, incluso en el ámbito constitucional, sin las prisas que no hubieran debido ser necesarias, otras modificaciones. No será fácil valorar, en los próximos tiempos, los aciertos y los errores del presidente que huye. Pero acaba su mandato sacándose el conejo de la chistera con el apoyo de Rajoy y la radical oposición de IU (con un solo diputado), pero la de los sindicatos podría revelar la insatisfacción popular, fenómeno con el que, sumado a los «indignados» el nuevo inquilino de La Moncloa tendrá, seguro, que lidiar. Se avecina un otoño duro en múltiples sentidos, porque nadie sabe qué va a pasar con una crisis excesivamente larga y compleja en un mundo que mira hacia Asia con excesivos optimismos. No faltan contradicciones: hasta los más ricos quieren pagar más impuestos. Verlo para creerlo.