La grandeza de lo cotidiano

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Recientemente se ha inaugurado en Ávila una exposición que muestra la grandeza de lo cotidiano en la vida del escritor y periodista José Jiménez Lozano. Quieren sus amigos mostrar a la luz lo que suele cubrir la penumbra: la vida cotidiana. Buscan con su cámara digital al hombre como lo buscara en la antigua Atenas Diógenes el cínico con su linterna. Pero no buscan en la penumbra alguna presa de la luz, como suelen hacer cuantos compran la intimidad de los famosos para aliviar el aburrimiento de los anónimos lectores. Para consolarles con el pensamiento de que los famosos son, en su vida privada, tan anónimos, tan aburridos como ellos. Mal de muchos, consuelo de tontos. Los amigos del célebre escritor castellano no son seres hundidos en el tedio de una vida anónima. No buscan el estímulo de la curiosidad para salir del tedio. Buscan al hombre por el hombre. Y el hombre está por sí mismo en su vida cotidiana. Fuera de su vida cotidiana un hombre está siempre por alguien o por algo. Por alguien o por algo que le reclama desde fuera, que le saca afuera, a la luz pública. La luz pública es la luz de la escena y todo hombre, cuando pisa la escena, se convierte en actor. Se enajena. La luz de la tribuna enajena siempre porque hace aparecer el actor que todo hombre lleva dentro, al otro dentro de uno mismo, al personaje con el que la persona cubre su cara para no ser vista en la desnudez de su rostro verdadero. Pero si la vida cotidiana de un hombre como Jiménez Lozano puede ser mostrada a la luz es porque la desnudez de su rostro ha roto su máscara como rompe el fruto maduro su cobija cuando le llega la sazón. He aquí a un hombre..