Ojos más pequeños

La Razón
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Al atleta que lleva un largo trecho recorrido y está al límite de sus fuerzas siempre parece que le merezca la pena el siguiente paso, la próxima zancada, incluso a sabiendas de que ya no quedará nadie en la recta de tribuna cuando él llegue por fin a la meta. Sólo cuando se detiene es consciente del cansancio y sabe que ni siquiera le quedarán las fueras necesarias para caerse al suelo por su propia iniciativa. Ocurre lo mismo si uno ha vivido buena parte de su vida al límite de sus posibilidades físicas, al borde de perder los modales y la noción del tiempo, en ese punto de extremo nihilismo en el que un hombre llega a persuadirse de que su talento no tiene en absoluto más valor que sus heces y sólo va a necesitar la dignidad para el sincero esfuerzo de echarla definitivamente a perder. En ese límite entre la realidad y la locura, un hombre, cualquier hombre, tú mismo, sabe que puede resultar luminosa la ceguera, rentable la miseria y analgésico el dolor. Luego pasa el tiempo, intuye con espanto su inminente destrucción y se detiene a pensar, no porque se lo pida su conciencia, sino porque a sus pies sin rumbo se les ha roto sin remedio el calzado. Y ocurre lo que me ha sucedido a mí, que me di cuenta de que al menos necesitaba hacer algunas averiguaciones para saber por qué diablos tenía tantas jodidas ganas de llorar. Por desgracia se trata a menudo de asuntos irreparables, cuentas que uno jamás saldó en el pasado, errores que ya no admiten enmienda, horribles y clorhídricas náuseas en ayunas, y es como si uno se diese cuenta de que tiene pendiente la lista de la compra y resulta que para cuando quisiste darte cuenta lo cierto es que ya cambiaron los precios y modificaron los escaparates, si es que para entonces no cerraron también las tiendas. ¿Y qué hacer ahora? ¿Parar y lamentarse o seguir corriendo con la esperanza de que aún quede esperando por ti algún aplauso en la recta de tribunas? ¿Admitir que tu vida sólo fue un inmenso error o armarte de valor y convertir en una proeza tus jodidos fracasos? Nunca supe qué contestarme cada vez que me pregunto esas cosas. A veces intento desesperadamente saber que fue de mi vida y parece algo tan difícil, y tan absurdo, como para un cerdo hambriento lo sería comerse a bocados su propia cabeza. Hasta podría ser que el cansancio me impidiese darme cuenta del agotamiento. En realidad creo que solo sé que para no llorar demasiado por culpa de tantos malditos remordimientos, al menos tendría que haber nacido con los ojos más pequeños.