La calle por Pedro Alberto Cruz Sánchez

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La calle no es ni buena ni mala –todo depende de cómo se la utilice. Tampoco el hecho de expresar una protesta en la calle otorga un plus de legitimidad democrática frente a otras formas de la crítica y el cuestionamiento. Me revientan los estereotipos, los maximalismos. Somos un país intelectualmente tan rácano, tan miserable en sus juicios y atrincheramientos ideológicos que, ante incidentes como los de Valencia, sólo hay dos alternativas: si apoyas la intervención policial, eres un fascista; si, por el contrario, le das la razón a los manifestantes, eres un ultra de izquierda. Patético. Un país que reduce cualquier situación de debate a términos de un maniqueísmo tal, es que está enfermo en lo sustancial.

Hemos llegado a un punto límite en el que se quitan las ganas de opinar sobre cualquier cosa. No se puede pretender decir un solo argumento equidistante y coherente en un panorama tan viciado y demencial. Sinceramente, no consiento ni que se me acuse de fascista ni de antisistema. Y creo en verdad que así deberían actuar las personas juiciosas de este país, que están hartas del olor a naftalina desprendido por las discusiones que nos desayunamos y cenamos todos los días.

Con todo ello, lo más preocupante de cuanto está sucediendo es que ya no se trata solamente de que los términos en que se debate en España estén impregnados de una estética en blanco y negro y de canciones para después de una guerra, sino que la propia acción social, en cualquiera de sus variantes y derivadas, se ha convertido en un cliché en sí misma. Existe un estereotipo del manifestante, una suerte de ortodoxia del buen activista, que ha dado lugar a toda una «estructura profesional» encargada de gestionar el conflicto. La degradación de la vida pública en España ha alcanzado tales e inimaginables cuotas que, a día de hoy, ni siquiera resulta creíble la «espontaneidad» de la protesta callejera. Tanto los que defienden estos movimientos como los que los atacan se han encargado ellos solitos de banalizar hasta el esperpento unas situaciones que, al segundo siguiente de su conocimiento, ya se encuentran instrumentalizadas y vaciadas de cualquier efectividad social real. Con el 15 – M sucedió lo mismo: los prejuicios y enquistamientos ideológicos se lo comieron a los días, convirtiéndolo en un arma cargada con balas de mentirijilla. Así nos vamos a ningún sitio –o mejor, al suicidio colectivo.

 

Pedro Alberto Cruz Sánchez
Consejero de Cultura y Turismo