Agüero cambió el guión

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olpeó Agüero en la superficialidad del Barcelona con precisión de verdugo y bastaron cuatro zarpazos para fulminar la débil resistencia azulgrana. Sentó a Puyol y a Gabi Milito, centrales de España y Argentina, respectivamente; burló a Zambrotta, el último campeón del mundo italiano, y dejó helado al hiperactivo Eric Abidal, ébano francés con categoría «international». Lo que hace Agüero no es casualidad, ni aunque ocurra con el Atlético; es fútbol, jugadas preciosas que superan la dimensión rojiblanca, adormecida después de tantísimos proyectos vacuos.

Agüero es pura contradicción, encerrado en monosílabos cuando habla, torrente de imaginación cuando juega. Pero hasta en sus entrevistas monosilábicas expresa con claridad meridiana lo que desea y lo que no. «¿Jugaría en el Madrid?», le preguntaron al finalizar la «semana de las camisetas». «No», rotundo. No titubeó, respondió como cuando descubre un hueco en el marco contrario entre una nube de adversarios; regatea, vuelve a regatear, rompe cinturas y cuando el objetivo está a tiro, dispara; aunque enfrente Puyol, Milito, Abidal, Zambrotta, Edmilson y Valdés alcen la muralla.

Quizá el problema de Agüero sea el Atlético, o su suegro, Maradona, que le convenza para buscar nuevos horizontes en un equipo que no convierta cada partido en una ruleta rusa. Lo que desearía Maradona para el futuro esposo de Giannina es la ventaja que disfrutan Robinho y Ronaldinho en sus clubes: un lugar entre los primeros. ¡Ah!, Robinho ha vuelto, para desgracia del Barça, también Ronaldinho; aunque «Kun» descolgó de la pared su obra de arte para cambiar el guión de la Liga y entrar en el santoral el Madrid.