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La Razón
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No corren en España buenos tiempos para la Iglesia Católica, que sufre los ataques que no hace tanto servían para minar el prestigio de las Fuerzas Armadas, que sólo se libraron de la infantil ofensiva de ciertos sectores de la izquierda cuando, por un extraño y silencioso consenso, se convino que los militares constituían un obediente grupo pacifista y que el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea servían para demostrarle al mundo que existe al sur de Europa un país en el que las armas sólo se considera que son útiles para no entregarse al enemigo con la manos vacías.


En la publicidad televisiva del Ministerio de Defensa se nos presentan unas Fuerzas Armadas cordiales, afectuosas y didácticas, capaces de desplegar con generosidad a miles de kilómetros su solidaridad, su catering y su misericordia, evitando que el anuncio deje traslucir la menor sensación de ímpetu, de coraje o de fuerza, para que quienes decidan engancharse a ellas lo hagan con la idea de enrolarse en algo que tiene el carácter civil y festivo de la tuna de Farmacia. Esa visión benefactora y misionera de las Fuerzas Armadas constituye sin duda un símbolo de la indefensión en la que podríamos encontrarnos si algún día algo o alguien amenazase nuestra integridad y solo dispusiésemos a mano de unos cuantos miles de soldados, aviadores y marinos en apariencia entrenados para predicar la ecología, para ordenar el tráfico y, llegado el caso, para rendirse en bata de casa y sin perder la compostura. Desde luego, nada de eso ocurría en mis tiempos de marinero en la Armada, cuando la única anestesia era el dolor e incluso el capellán castrense sabía por experiencia que el crucifijo resultaría más útil si se aprovechase el hierro del Cristo para hacer una bayoneta. Ahora es distinto y una operación combinada de los tres ejércitos solo tendría alguna posibilidad de triunfar haciéndole los coros a Rosa en Eurovisión.