Gallardón: «Triunfó Doña Cuaresma pero su victoria es pasajera»

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MADRID- Nunca un discurso de Carnaval dio tanto pie a dobles interpretaciones como el que pronunció ayer el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, antes de proceder al entierro de la sardina que puso fin a estas fiestas en la capital. Sus palabras hicieron pensar a muchos en sus últimos avatares políticos desde que se hiciera pública la decisión de Mariano Rajoy de no incluir al primer edil en la lista del PP al Congreso.
«Sí, amigos: ha triunfado Doña Cuaresma, la del gesto agrio y estricta conducta, y no queda más remedio que plegarse al triste designio que a los alegres y buen-humorados nos depara. Pero no os déis a la melancolía: sabemos que su victoria es pasajera, porque, en el peor de los casos, representa sólo la mitad de la vida», fue una de las «píldoras» más señaladas del primer edil. Unas palabras que, además, coincidieron con su último encuentro público con su rival política y presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.
Durante su «catarsis» carnavalesca el alcalde señaló que «hecha la limpieza y ventiladas las estancias del alma, toca entrar en un tiempo de entereza y contemplación». Entre risas, el alcalde exclamó que «hay otra vida», y animó a los cofrades a enterrar con la sardina «todas nuestras zozobras y quebrantos», porque, añadió, «no hay mal que por bien no venga».
Gallardón también quiso hacer un símil entre su vida y la de la sardina: «No somos nadie ha llevado –por el animal al que después quemarían– toda una existencia de discreción y estrechez para terminar ahora apenas acompañada de unos pocos fieles». «Fugacidad de la política... ¡Cuántas vueltas da la vida, y qué imprevisibles son, en medio de la mudanza, los sentimientos, capaces de regalarnos un destello de ilusión en un momento difícil o de refrenar el optimismo con un punto de inquietud!», reflexionó Gallarón para concluir.
Antes de estas palabras el alcalde coincidió con Aguirre en la multitudinaria inauguración de un intercambiador de transportes. Allí, tras un gélido saludo y las peticiones de los periodistas de que los «enemigos» se besasen, Aguirre preguntó no sin cierta ironía: «¿Tengo que besar al alcalde de Madrid o puede ser al de Alcobendas?».