La crisis atrapa a la clase VIP

UN LAMBORGHINI A MITAD DE PRECIO, yates casi regalados y mansiones que urge vender en internet. El mito de que los ricos están a salvo de la crisis se ha derrumbado: también ellos se aprietan el cinturón

La crisis atrapa a la clase VIP
La crisis atrapa a la clase VIP

Fuera máscaras. Abajo hipocresías. Ya no hace falta disimular más: saber que los ricos han empezado a malvender en Internet sus ferraris, sus yates y sus mansiones con vistas al Mediterráneo no va a provocar una ola de compasión y solidaridad hacia sus desdichas. Habrá quien incluso esboce una mueca de insana envidia satisfecha cuando lea el titular de esta noticia. Pero lo cierto es que los ricos también sufren. Y sus apuros con el fin de mes arrastrarán a unas cuantas empresas a la quiebra y a un buen puñado de empleados a la cola del paro. El mito de que la clase VIP está a salvo de la crisis ha terminado. Luis Miguel Llanos, gerente de Deluxe Automotive, una empresa dedicada a la compra-venta de vehículos de alta gama, puede dar fe de ello. Cuando hace poco más de un año vendió a un pudiente constructor un precioso Lamborghini no podía imaginar que doce meses después se encontraría de vuelta a este empresario, sin nada en los bolsillos, suplicándole que le «colocara» a toda costa su precioso bólido en el mercado de segunda mano. El cartel de «Urge vender» dio resultado y el automóvil cambió de dueño por 75.000 euros, menos de la mitad de los 155.000 euros que su propietario había pagado el otoño anterior. Vendo Porsche por internet Otro síntoma: el pasado mes de noviembre, en España no se vendieron ni un solo Lamborghini, Rolls Royce, Lotus o Morgan. Y lo peor -o mejor, según se mire- es que internet se ha llenado de vehículos de alto standing a la espera de un comprador que no llega. Según la plataforma europea de venta de vehículos AutoScout24, la oferta en la red se ha disparado un 31%. La presencia de algunos modelos, como el Porsche Cayenne, se ha triplicado, y no hay marca, por muy señorial que sea, que se libre de compartir hueco en la red con los anuncios en busca de teleoperador o empleada del hogar por horas. «El que se ha arruinado tiene que desprenderse de gastos, y lo primero es el cochazo. Se está inundando el mercado de ferraris en venta, y eso hace que se desplomen los precios», explica el responsable de Deluxe. El último de ellos, hace apenas unas semanas, fue vendido por 65.000 euros. Su dueño lo había comprado, ya de segunda mano, por 125.000. Otro tanto ocurre en los concesionarios. Por el de C. de Salamanca de Málaga se pasaban hasta hace bien poco, con relativa frecuencia, los nuevos ricos de la Costa del Sol en busca de su Jaguar. Y a estrenar, por supuesto. Teniendo en cuenta que el coche más barato no baja de los 70.000 euros, el ritmo de ventas no estaba nada mal: cuatro o cinco vehículos al mes, seis cuando la cosa salía redonda. Ahora, Juan García, encargado del taller, necesita tomarse su tiempo para recordar cuándo vendieron el último. «Hace un mes y medio... o dos, dos meses quizás. Ahora sólo vienen a por coches de ocasión -reconoce-. Desde que empezó 2008 la bajada ha sido brutal. Al principio se vendía uno al mes, pero es que ahora ni eso. Ni siquiera los traen al taller». Futbolistas y multimillonarios Los atajos que han llevado a este pozo a muchos son evidentes. Primero fue el ladrillo, luego el parón financiero y ahora los Madoff y compañía. «El coche de marca era una señal de estatus social, y cualquier constructor que se preciara de serlo tenía su Ferrari Módena de segunda mano por 110.000 euros, que ahora no puede mantener -explica Luis Miguel Llanos-. Cuando más se notó fue con el euro. Venían fontaneros con el mono de obra a llevarse los Mercedes, y los socios de las empresas compraban los coches de dos en dos». Y no sólo ellos. «Con el constructor vienen el cerrajero, el de los yesos... todos esos han desaparecido del mercado. Los únicos que siguen fieles son los deportistas. Nunca fallan». Aquí viene la primera precisión importante: a algunos ni siquiera esta crisis les roza los talones. Son los asquerosamente ricos, los millonarios «de rancio abolengo» y los que se dedican a dar pataditas a un balón. Estos últimos ayudan a paliar la crisis del sector gracias, entre otras cosas, al encomiable empeño del presidente del Real Madrid, Ramón Calderón, y esa manía tan suya de fichar a un futuro conductor de Porsche cada 15 días. En cuanto a los ricos de cuna, en ellos confían los fabricantes de yates de superlujo y coches como Rolls Royce para capear el temporal. «Aunque esto no es Inglaterra y no hay tanta aristocracia, se seguirán vendiendo Rolls Royce y Bentley, ya que no son las típicas marcas que compra el constructor nuevo rico», explica Luis Javier Castañeda, jefe de ventas de estos dos fabricantes. Aún así, nadie está a salvo de las vacas flacas, y tanto la facturación de Rolls (en España se venden una docena al año, a 500.000 euros) como de Bentley (de 120 en 2007 a 60 unidades este año) han bajado. Sin yate en el embarcadero Con todo, el coche es sólo un agujero más para la hebilla del cinturón de los ricos, ahora más prieto que nunca. Lo primero fue la mansión. Luego el barquito. Y después los artículos de lujo. Lo resume José María Monjó, importador en España de Jauneau, la marca líder de yates: «Durante estos años, muchos se compraron un buen chalé, luego coches para los hijos, después una segunda casa, una tercera, y cuando ya tenían todo eso sólo les faltaba el embarcadero y el yate. Ahora es de eso de lo primero que prescinden». Las ventas de embarcaciones, según Monjó, han caído un 25%, y algunos expertos calculan que en 2009 bajarán un 60%. La peor parte se la han llevado los yates más «asequibles», barquitos de hasta 40.000 euros que durante años sedujeron a promotores de tierra adentro y chequera fácil, y de los que ahora sólo se venden la mitad que hace un año. «De los constructores de la costa andaluza y el Levante, que crecieron con el ``boom¿¿ del ladrillo, no queda ni rastro -admite Monjó-. Sin embargo, los del norte permanecen más fieles. Son aquellos que no se compraron yates por el simple hecho de hacer cuatro edificios». Este desplome en las ventas pondrá en aprietos a más de uno, pero no a Gerardo Seeliger, ex importador en España de los yates Swan (los «ferraris» de la náutica), y que ha huido del tsunami justo antes de que la ola levantara. En el año 2000 ya le dio de lleno el «crash» de las «punto.com» y ahora, con la lección aprendida, contempla la marejada a resguardo desde su despacho de profesor universitario. «Nadie esperaba una cosa así. Desde el otoño está todo parado, y eso que parecía que el sector estaba blindado», afirma. Una vez más, la peor parte se la llevarán los equilibristas del quiero y no puedo y no los ricos «de toda la vida» acostumbrados a gastar 750.000 euros en un yate fabricado a mano en Finlandia por artistas que cobran 100 euros la hora. «Estas inversiones se encargan con dos o tres años de antelación. Como mucho, los fabricantes tendrán que seguir construyendo aunque cobren más tarde», concluye. Vendo casa; me quedan cinco Otra cosa son los príncipes destronados del ladrillo, aquellos tan arruinados como para no poder pagarse ni su casa. Tanto Gonzalo López Van Dam, director comercial de Promora, como Fernando Soto, de Puertomarinaonline.com, coinciden en que las viviendas de lujo han caído un 35% y que el mercado se ha llenado de gangas. Soto asegura que el negocio empezó a torcerse ya en 2007, y que ahora los promotores extranjeros se han marchado a Europa del Este en busca de negocio y los locales no consiguen arrancar un euro a sus bancos. «Lo más fácil es vender tu casa, que es lo que más cuesta, pero algunos acabarán vendiendo la lavadora», advierte. López Van Dam, dedicado a vender mansiones en las zonas más exclusivas de Madrid, tiene ahora dos operaciones entre manos: un chalé en La Moraleja que su dueño, promotor inmobiliario, vende por 2 millones de euros (vale 2,6) y una exclusiva mansión en Somosaguas por 5 (un millón de rebaja). Su dueño tiene otras cinco casas en stock. El comprador la quiere como capricho de recién casado. Diluvia, pero no para todos.