¿Qué lecciones pueden aprender Italia y la eurozona de la crisis del coronavirus?

Anna Nalyvayko y Eoin Drea, investigadores del Centro de Estudios Europeos Wilfred Martens

Coronavirus in Italy
Patrulla policial en Roma/EFEMASSIMO PERCOSSIEFE

Supermercados vacíos, mascarillas agotadas, y el precio del desinfectante de manos alcanzando precios absurdos. Ésta es la imagen que se ha retratado de Italia en las últimas semanas. Ayer, 28.400 personas en Italia habían contraído COVID-19, más conocido como coronavirus, con la mayoría de los casos concentrados en el norte del país. Después de cerrar colegios, universidades, museos y cancelar eventos públicos (incluso los partidos de la Serie A), el Gobierno tomó medidas más estrictas al emitir un decreto la noche del 7 de marzo. Esta medida conllevaba el aislamiento de la región de Lombardía y de 14 provincias en Emilia Romaña, Véneto y Piamonte. El decreto prohibía toda la circulación en la denominada “zona roja” con excepciones únicamente para situaciones de emergencia o laborales. Ésta incluía, por supuesto, el cierre de escuelas y universidades. Estás medidas estarían en vigor hasta el 3 de abril. Durante una rueda de prensa en la noche del 9 de marzo, el Gobierno italiano hacía extensas las medidas a todas las regiones. En efecto, dejar a Italia bajo un bloqueo total.

El motivo subyacente detrás de una decisión tan drástica del Gobierno, además obviamente de contener el brote del virus, era prevenir el contagio de las regiones del sur de Italia. El sistema de salud italiano, sustentado sobre el acceso universal, ha sido puesto bajo una inmensa presión con una cantidad cada vez mayor de pacientes contrayendo la enfermedad. La tasa de mortalidad entre las personas infectadas no es extremadamente alta y la edad media de fallecidos es de 81 años, sin embargo, un número continuamente creciente de personas está requiriendo cuidados intensivos. Tener una ola enorme de contagio en regiones como Apulia, Campania o Sicilia puede desembocar en el colapso de unas ya débiles instalaciones sanitarias del sur de Italia en caso de que el virus continúa propagándose.

El impacto en la salud de la población, o en la cotidianeidad de las interacciones sociales, no son los únicos impactos del Covid-19 en Italia. Las repercusiones en la frágil economía serán masivas. El cerrozajo en Lombardía, que representa por sí misma el 46% de la inversión extranjera en Italia, tendrá repercusiones económicas significativas para la economía italiana. Consecuencias que están impactando ahora en cada una de las regiones de Italia.

Incluso antes de la llegada del COVID-19, la economía italiana experimentó un significativo retroceso a finales de 2019. En febrero de este año, la Comisión Europea redujo sus previsiones respecto al crecimiento de Italia un 0,3% para el año que viene y un déficit de presupuesto de aproximadamente el 2,2% del PIB. Los acontecimientos sucedidos desde entonces –que ahora se han elevado hasta un cierre indefinido de la gran mayoría de la economía italiana– llevarán a una recesión en los próximos meses. También traerán como consecuencia un gran deterioro en las finanzas públicas (en términos de menores ingresos fiscales y mayores gastos en sanidad y seguridad social).

Aunque el Gobierno italiano ha anunciado ya medidas estimulantes por un valor de aproximadamente 4 billones de euros (o un incremento del 0,2% en el déficit del Gobierno), estas medidas no tendrán el impacto suficiente para contrarrestar los efectos económicos a largo plazo. Esto se debe a tres principales factores.

En primer lugar, la economía italiana –particularmente en el norte– está integrada en las cadenas de suministro europeas y mundiales. Por lo tanto, está doblemente expuesta a la situación de contención actual en China y la venidera restricción de la economía europea debido a la propagación del virus. En segundo lugar, el turismo en Italia aporta aproximadamente el 15% del total del empleo en el país. Al entrar en el inicio de la temporada turística en Italia es probable que se produzca una reducción drástica de las visitas turísticas a Italia, por lo menos en los próximos tres a seis meses, aunque posiblemente este periodo se extienda. El organismo italiano que representa el turismo ha previsto según sus estimaciones que alrededor de 22 millones menos de turistas viajarán a Italia, lo que representa pérdidas económicas por valor de 2.700 millones de euros. En tercer lugar, la economía italiana se estaba estancando antes de que llegara el Covid-19. Por lo tanto, la magnitud de la recesión será aún más profunda (y posiblemente más duradera) de lo que muchos predicen ahora.

En este contexto, es probable que Italia requiera de un gasto adicional de al menos el 1 o el 1,5% del PIB para contrarrestar de forma efectiva la recesión que se está produciendo actualmente. Esta no es una situación únicamente adjudicable a Italia. Por ejemplo, las actuales medidas de mitigación anunciadas en Irlanda probablemente representen el 0,7% del PIB irlandés a corto plazo. Desafortunadamente, un importante retroceso económico –con graves implicaciones sociales– se está llevando a cabo en estos momentos en Europa. Esto implica también un destacado nivel de riesgo para la futura estabilidad de la Eurozona. Lo que está claro es que un enfoque europeo que dé prioridad a la aplicación de las normas presupuestarias vigentes sobre la mitigación de los peores impactos de la próxima recesión que se avecina, dará lugar a un mayor deterioro de las condiciones económicas y sociales.

Lo que se precisa ahora –para Italia y en breve para la Eurozona– es la comprensión de la naturaleza excepcional de las circunstancias actuales. Esto debería reflejarse en la aplicación de normas presupuestarias altamente flexibles en la Eurozona hasta que finalice la crisis. También debería estimular un renovado impulso para cambios mucho más fundamentales en la forma en que se construye y gestiona la Eurozona. No más retoques, la reforma real ya no puede estar sujeta a la inacción política. La unidad bancaria y el fin del “bucle catastrófico” deben ser las prioridades tanto para gobiernos como para bancos. El trabajo debería comenzar inmediatamente para volver a colocar a los capitales nacionales como eje central de la Eurozona. Y por lo tanto incluir una mayor flexibilidad fiscal.

Sería fácil ahora -en un estado de malestar social- recurrir al pensamiento clásico de Bruselas sobre cómo los impactos económicos del coronavirus deberían conducir a una mayor centralización, a funciones más comunes en la zona euro. Esto sería un error. La economía italiana, en gran parte sin reformar y desequilibrada, es un ejemplo de todos los desequilibrios contra los que la zona euro fue diseñada para protegerse. El Covid-19 debería ser el punto de partida para la eurozona 2.0. La única alternativa es la fragmentación y el colapso final.

*Este texto de opinión fue originalmente publicado en inglés en el blog del Centro Wilfried Martens para Estudios Europeos, la fundación política del PPE, de la cual Antonio López Isturiz White es secretario-tesorero. Puede consultar el texto original en Could Coronavirus save Italy and the Eurozone? | Martens Centre