Yihadismo

La nueva versión del terrorismo yihadista: unidos por el odio, el islam radical y acogidos en Europa

En menos de un mes Francia ha sufrido tres ataques extremistas por jóvenes islamistas

Soldados franceses patrullan en la iglesia de Saint-Etienne du Rouvray
Soldados franceses patrullan en la iglesia de Saint-Etienne du RouvrayTHOMAS COEX / POOLAgencia EFE

Tres atentados terroristas en poco más de un mes. Tres ataques a cuchillo que dejan un saldo mortífero: dos heridos graves en la antigua sede del semanario Charlie Hebdo, un profesor decapitado cerca de París, dos mujeres y un sacristán asesinados en una iglesia en Niza, además de varios heridos y todo un país en absoluta conmoción.

Este año, Francia llora el quinto aniversario de los atentados de Charlie Hebdo y el teatro Bataclan pero la ola terrorista está lejos de apagarse y vuelve a golpear con toda su fuerza. El gobierno francés ha decretado el estado de “Emergencia por Atentado”, cuyas medidas a nivel de defensa no son muy diferentes a las que ya se venían aplicando.

Todo se basa en el plan Vigipirate de custodia ciudadana, que consta de tres niveles: el primero apunta a mantener un estado de vigilancia permanente, el segundo se considera de “seguridad mejorada - riesgo de ataque”, un nivel intermedio que se venía aplicando hasta el viernes y que prevé una vigilancia especial de determinados lugares sensibles como aeropuertos y sitios icónicos como la Torre Eiffel y el Museo del Louvre que tienen una presencia militar constante.

Y por último, el nivel de “Emergencia Atentado”, que se declara generalmente después de producirse un ataque. En esta ocasión, Macron ha anunciado el aumento del número de efectivos de la Operación Centinela (creada en 2015), que pasa de 3.000 a 7.000 militares patrullando las calles en toda Francia.

Una medida que puede parecer espectacular a los ojos del mundo pero que en realidad hay que relativizar: estos 7.000 militares son pocos si se les compara con los 270.000 hombres de las fuerzas policiales que suelen trabajar en el terreno normalmente. Pero además, el margen de maniobra de los militares está muy limitado por ley.

No pueden en ningún caso sustituir a la policía, ya que no tienen prerrogativa administrativa o judicial, y sólo pueden ser defensivos en caso de ataque. Un triste ejemplo de esta restricción se vio precisamente durante los atentados del teatro Bataclan en 2015, cuando los soldados de la Operación Centinela estaban presentes en las inmediaciones del lugar pero no se les permitió intervenir.

El periodista francés Damien Houlès, especialista en temas de seguridad y defensa, desconfía de la eficacia de la Operación Centinela en este momento: “Claramente, los soldados de Centinela están ahí para tranquilizar a la población y velar por la seguridad de ciertos lugares sensibles al mostrar una presencia que -esperemos– sea disuasiva para los perpetradores. Pero, concretamente, no son estos militares los que lucharán eficazmente contra el terrorismo”.

Houlès opina que las únicas medidas eficaces son las labores de inteligencia y de vigilancia de los círculos fundamentalistas. Y efectivamente, Francia tiene una base legal suficientemente sólida para luchar contra la radicalización y las redes yihadistas. Basta tomar la decisión firme.

En ese sentido, el gobierno de Macron ha aplicado acciones concretas como el cierre de la mezquita de Pantin (al norte de París), desde donde se apoyaron los llamados a linchamiento contra el profesor Paty, y el reciente arresto de Abdelhakin Sefrioui, ferviente predicador del Islam cuyas posiciones pro-yihad fueron siempre abiertamente públicas y pocas veces castigadas.

Jóvenes, extranjeros y llenos de rabia

Si se observan los tres recientes ataques terroristas a cuchillo que se han producido en Francia en poco más de un mes, el patrón es evidente: los perpetradores son sumamente jóvenes, tienen entre 18 y 25 años y son nacidos en el extranjero, en Pakistán, Rusia y Túnez. Pero paradójicamente, han sido acogidos por Francia como inmigrantes, incluso con estatus de refugiado, como es el caso de Abdullah Anzorov, que llegó a territorio francés a los 6 años, pero que fue capaz de cortarle la cabeza al profesor Samuel Paty en plena calle.

La reciente llegada a Francia de dos de los atacantes, Zaheer Hassan Mehmood, declarado falsamente como “menor no acompañado proveniente de Pakistán en 2018” y Brahim A.- proveniente de Italia, a donde llegó por la isla de Lampedusa apenas en septiembre de 2020- complica enormemente la investigación pues su registro en los archivos franceses es escaso o prácticamente nulo.

Los perpetradores de actos terroristas de los años 2012 a 2017 eran conocidos por los servicios de inteligencia y tenían antecedentes policiales por delitos menores. Pero estos nuevos atacantes son totalmente desconocidos.

Una cosa sí es segura: todos son de confesión musulmana. De hecho, el tristemente célebre grito “Allah Akbar” (Alá es grande) fueron las últimas palabras que las víctimas escucharon antes de ser atacadas con cuchillo en cada uno de los episodios.

Pero el denominador común, además de la religión, es la rabia. Los mensajes de los atacantes destilan un odio profundo contra el presidente francés Emmanuel Macron, contra las caricaturas del profeta Mahoma publicadas por Charlie Hebdo y contra todo lo que huela a Francia.

El 16 de octubre, el joven Abdullah Anzorov, luego de decapitar al profesor Paty, escribió en Twitter: “De Abdullah, el siervo de Alá, a Macron, el líder de los infieles. Ejecuté a uno de tus perros del infierno que se atrevió a menospreciar a Mahoma. Calma a sus semejantes antes de que les apliquemos un duro castigo”.

En realidad, esta nueva ola terrorista contra Francia tiene una vieja causa: las caricaturas de Charlie Hebdo publicadas en 2015. El juicio a los presuntos cómplices de los atentados contra el semanario, que inició el pasado 2 de septiembre en París, volvió a remover las viejas heridas de las víctimas y familiares, pero también las viejas ofensas que los dibujos grotescos contra el profeta Mahoma generaron entre los musulmanes.

La publicación de los mismos dibujos en el marco del proceso judicial, seguida de todas las discusiones, la exposición mediática y los millares de comentarios que se postearon en redes sociales, formaron el caldo perfecto para atizar de nuevo un fuerte sentimiento anti-francés.

Un odio que ahora parece replicarse en varios países musulmanes como Bangladesh, Libia, Pakistán y territorios palestinos. Los retratos del presidente Macron son quemados en plena calle y el llamado al boicot de productos franceses (iniciado por Turquía) se ha concretado en diferentes tiendas y supermercados. Mensajes como “Tenemos lista la bomba atómica que vamos a lanzar para eliminar a todos los franceses” o “El embajador francés debe desaparecer ya. No es posible que siga tan tranquilo en su despacho” son parte de las manifestaciones anti-Francia que se han multiplicado en el mundo musulmán.

No en vano el canciller francés, Jean-Yves Le Drian, ha enviado un mensaje a los franceses en el exterior pidiéndoles ser prudentes ya que “la amenaza está en todas partes”.