Estados Unidos convierte las elecciones en un plebiscito al “America first”

Los norteamericanos votan hoy si aprueban las políticas nacionalistas de Trump. Los sondeos otorgan una amplia ventaja a Biden pero nadie descarta una sorpresa como la de 2016 con la palanca del voto blanco y obrero

Donald Trump y Joe Biden afrontan unas elecciones que operan como plebiscito a una gestión en claroscuro y, de paso, a una personalidad arrolladora. Las encuestas dicen que Biden mantiene una ventaja importante, pero nadie descarta la sorpresa, en una repetición de lo vivido en 2016. En cuanto a las ingentes cifras del voto por correo y la altísima participación, cuesta adivinar a quién beneficiarán más. La otra gran batalla, la del control del Senado, menos mediática pero igualmente decisiva, subraya la importancia de una noche que merece, como pocas, el calificativo de histórica. En la hora de los análisis sólo caben los ditirambos para los partidarios del presidente. Más allá de sus evidentes excesos retóricos, que consideran epidérmicos, superficiales, inocentes o al menos inocuos, sostienen que Trump protagonizó una historia inaudita. La del empresario ajeno al «pantano» de Washington. Alguien que gobierna enfrentado a las llamadas elites globalistas, contra el bombardeo mediático de unos «mass media» vendidos al enemigo y sin ceder un milímetro frente a los grandes gigantes de internet. Entre sus grandes logros citan las deslumbrantes cifras macroeconómicas de sus primeros tres años, que atribuyen a unas políticas fiscales virtuosas y al levantamiento de muchas de las restricciones impuestas por los gobiernos anteriores. Trump, en efecto, ha laminado bastantes de las trabas para la salvaguarda del medioambiente y ha liquidado buena parte de las regulaciones bancarias y limitaciones al capital de riesgo posteriores a la gran crisis económica de 2008. En el terreno internacional los seguidores y defensores de Trump piensan que fueron muchos más los éxitos que las sombras. Y no sólo porque bajo su gobierno EE UU no se implicó en ninguna guerra y a reducido de forma masiva la presencia militar en avisperos como Siria e Irán. También citan éxitos tan resonantes como el acuerdo de paz suscrito por Israel y Emiratos Árabes Unidos, mientras que el asesinato del general Soleimani pondría en solfa las políticas agresivamente imperialistas y las sinergias con el terrorismo de un Teherán cada vez más aislado; en el apartamiento de Irán también habría influido la ruptura del Acuerdo Nuclear firmado bajo los auspicios de Obama. En cuanto a China, tan exitosa en lo económico como brutal en la represión de la disidencia y la ausencia completa de libertades, celebran que Trump haya confrontado las políticas económicas del gigante asiático y que incluso esté dispuesto a llevar a cabo una guerra comercial con tal de reforzar la posición de la industria estadounidense. China, al fin, está considerada como uno de los principales riesgos para un multilateralismo basado en los consensos básicos de la democracia liberal. Aunque Trump tardó más de un año en reaccionar a los sucesos terribles de Hong Kong, se da por bien empleado el tiempo perdido. Por supuesto la renovación de los acuerdos económicos con Canadá, México y Corea del Sur también suelen citarse como fructíferos ejemplos. Pero estos tratados encajan mal con el relato de una presidencia que iba a poner coto a los males globalizadores. Y nada demuestra que en estos cuatro años la Casa Blanca haya logrado coagular la sangría de la clase trabajadora. Los obreros de las oxidadas factorías de Michigan siguen compitiendo en condiciones muy desiguales en el mercado internacional. La desigualdad en favor de las élites formadas en la Ivy League ha seguido aumentando.

Para sus críticos, el interregno del rubio presentador de televisión, en cambio, fue catastrófico. Consideran que ha destruido las viejas alianzas con los socios de la OTAN, que ha dilapidado el prestigio acumulado por EE.UU. desde los días de la II Guerra Mundial y que ha renunciado al papel del país como presencia benéfica y garante de la democracia. «The Washington Post» han llevado la cuenta de las mentiras y medias verdades que ha pronunciado en estos años, más de 20.000, anotadas y comprobadas una a una. No parece baladí en un país que siempre se ha vanagloriado de castigar los embustes. Estados Unidos estuvo a punto de defenestrar a un presidente, Bill Clinton, por mentir a la nación, y derribó a otro, Richard Nixon, por cargos similares. Sus continuos insultos a otros rivales políticos, instituciones, organismos y etc. (casi 600 según la última cuenta del New York Times) sus ataques a los jueces que sentenciaron en contra de sus decretos ley, lo convertirían en un caso acabado de populista con ribetes autoritarios que estaría mucho más allá de la habitual disputa ideológica. Cuesta recordar otro presidente de Estados Unidos tan aficionado a tachar a los medios no afines de «enemigos del pueblo», y eso sin contar todas las veces con las que Trump amenazó con demandar a periodistas díscolos e, incluso, con impulsar un cambio de la Constitución capaz de erosionar hasta el tuétano la libertad de prensa. En cuanto a la ciencia son innumerables sus desprecios a muchas de las principales instituciones científicas del país y, claro está, sus choques con los principales asesores y expertos en la lucha contra la pandemia del coronavirus. Y éste puede ser, finalmente, su gran problema irresoluble: la gestión de la crisis sanitaria y económica, por ejemplo su empeño en culpar a los gobernantes locales, así como sus burlas de científicos como Anthony Fauci, pesan en el ánimo de unos electores que asisten aterrados a la consolidación de una tercera ola vírica. Un tsunami que amenaza con obligar de nuevo a cerrar la economía, todavía maltrecha por el golpe brutal sufrido en primavera. Los contagios diarios diagnosticados oscilan entre los 70.000 y los 100.000 y se espera que la cifra de muertos diaria supere las 2.000 personas en dos semanas. Otros dirán que no fue posible hacer más, pero Trump lleva su penitencia en el afán por cultivar la idea cesarista del hombre necesario.

Era un comandante en jefe imbuido de unos atributos carismáticos que hacían soluble en su disruptivo carisma cualquiera otra consideración. Desde su uso de una cuenta personal en Twitter, ajeno a las convenciones más generales sobre qué puede y qué no puede hacer un presidente, y hasta la jibarización del partido republicano, la defenestración de decenas de altos cargos, todo en la administración Trump giró entorno a esas cinco letras. Imposible no personalizar los éxitos pero también los fracasos. Mucho más que las discusiones sobre el respeto al demoliberalismo o su compromiso con la razón, podría llevárselo por delante.