Estados Unidos, ante una transición convulsa

La Administración republicana retiene la carta oficial que permite iniciar el traspaso de poderes para no reconocer la derrota, mientras Biden activa su agenda de gobierno con el coronavirus como prioridad

El presidente electo, Joe Biden, saluda a los reporteros después de su reunión sobre coronavirus, ayerJONATHAN ERNSTREUTERS

En las horas en las que Pfizer, el gigante farmacéutico con sede en Nueva York, anunciaba al mundo el desarrollo de una vacuna, el equipo de Joe Biden da los primeros pasos de su futuro gobierno. Nada urgía más que poner en pie la anunciada comisión de expertos. Diseñada para asesorar al próximo Gobierno demócrata en mitad de la pandemia. Hoy por hoy la gran preocupación de los estadounidenses junto con la economía, que no deja de estar íntimamente relacionada. En especial mientras los positivos no dejan de crecer y batir récords. El país ha superado ya el total de 10 millones de casos, el último millón en apenas diez días, con subidas especialmente virulentas en estados como Oklahoma o Texas.

Como primer gran gesto los hombres de Joe Biden anunciaron que sumarían a su casa a Rick Bright. Considerado uno de los más reputados expertos en vacunas a nivel nacional Bright fue destituido por la Casa Blanca de su cargo como director de la Autoridad de Investigación y Desarrollo Avanzado Biomédico. El despido, que tuvo lugar a finales de mayo, llegó después de que Bright hubiera denunciado algunos de los tratamientos promocionados por el presidente, Donald Trump.

Bright anunció entonces que planeaba denunciar su defenestración ante la Oficina de Asesoría Especial. Aseguró haber sido objeto de represalias tras «plantear las apropiadas precauciones, basadas en la ciencia, sobre la insistencia de la Casa Blanca entre determinados tratamientos y vacunas relacionadas con la pandemia de covid-19».

Según sus abogados, fue destituido por resistirse «a los esfuerzos para proporcionar acceso sin restricciones a drogas potencialmente peligrosas, incluida la cloroquina». Ese maldito virus, cuentan en un reportaje de Político que dijo el presidente a sus colaboradores cuando a mediados de febrero le informaron de que el virus y sólo el virus tenía el potencial de acabar con su presidencia.

Los meses siguientes fueron caóticos. Estados Unidos vivió horrorizado unos índices de mortandad sólo superados por países como España mientras el presidente bromeaba sobre la necesidad de llevar mascarillas, ironizaba con la teórica debilidad de su oponente, al que caricaturizaba encerrado en el baño, faltaba al respeto a sus propios asesores científicos, a los que no dudaba en contradecir y humillar en público, y proponía terapias tan pintorescas como el lejía en vena. Su posterior contagio destrozó la trabajada imagen de invulnerabilidad al tiempo que reivindicó la apuesta de la campaña de Biden por un perfil mucho más cauto.

Ahora el equipo del nuevo presidente electo se afana por poner en pie una estrategia mucho más contundente, mucho más activa y robusta. Pero tiene las manos esposadas a la espalda. Porque para arrancar la transición de una administración a la siguiente hay que seguir el protocolo. Antes de que el nuevo presidente tome posesión y establezca un plan y proceda a ocupar los puestos clave, a nombrar colaboradores y decidir quién sigue y quién sale, necesita, entre otras cosas, recibir una carta. La tiene que emitir la Administración de Servicios Generales que está encabezada por Emily Murphy. Todavía no la ha publicado pues hacerlo supone reconocer de facto la victoria demócrata. La carta opera como salvoconducto para arrancar un proceso sumamente complejo, sujeto a numerosos controles, y con un precio no inferior a 8,3 millones de euros. Con el documento oficial de la Administración, el equipo de transición puede acceder a edificios, funcionarios, información y fondos públicos. El dinero no será problema: la campaña de Biden, inundada de dinero, especialmente tras el nombramiento de Kamala Harris como nominada a la vicepresidencia y después de la muerte de la juez Ruth Bader Ginsburg, tendría asegurados los fondos necesarios.

Lo que no tiene es el placet del Gobierno Donald Trump que se resiste a reconocer los resultados electorales. Doblemente urgente dada la permanente incapacidad de esta Administración, o su falta de voluntad, a la hora de afrontar nombramientos esenciales. Muchas agencias gubernamentales han funcionado con directores interinos y con ausencias decisivas en puestos de gran responsabilidad. Nada de esto puede suceder, ni la transición ni la plasmación de las líneas principales del nuevo gobierno, si el presidente saliente, encastillado en Despacho Oval, permanentemente conectado a Twitter, no reconoce los números de su derrota. Y por mucho que desde los mentideros en Washington afirman que el yerno de Trump, Jared Kushner, trataría de convencer a suegro para que abandone, no parece que esté teniendo éxito.

Nada indica que el todavía presidente haya escuchado sus recomendaciones. Tampoco las de su esposa, Melania Trump, más y más reivindicada como figura cordial en una Casa Blanca permanentemente al borde del ataque de nervios. Los hijos de Trump, por contra, le estarían presionando para que siga en la lucha. El Partido Republicano, entre tanto, se debate entre el horror de una transición inaudita, con un presidente abiertamente dispuesto a no ceder en sus vindicaciones, y esos 71 millones de votantes que apoyaron a Trump y cuyo juicio todos temen más nada en el mundo.

Cualquier duda podría interpretarse como una traición y los consejos legales llevan la marca de Caín cosida al lomo. Algunos colaboradores de Trump insisten en la idea de preparar varios mítines y usarlos para presentar las supuestas pruebas del fraude masivo. En lo que de momento Trump ha vuelto a brillar ha sido en el uso de las redes sociales: el todavía presidente anunció que acaba de despedir al secretario de Defensa, Mark Esper.

«Mark Esper ha sido liquidado», escribió. Biden, entre tanto, ha urgido a los estadounidenses que no dejen de llevar su mascarilla y ha prometido seguir adelante con la creación de la fuerza de 13 notables para ayudarle en la gestión de la crisis sanitaria. Hablando de las máscarillas dijo que «tal vez le salvamos la vida a una persona que almacena el estante en su supermercado local. Tal vez le salve la vida a un miembro de su lugar de culto. Tal vez le salve la vida a uno de los maestros de sus hijos. Tal vez le salve la vida. Así que por favor, le imploro, use una máscara. Hazlo por ti mismo. Hazlo por tu vecino».