China redobla sus esfuerzos en Xinjiang

Nuestro columnista visita fábricas acusadas de realizar trabajo forzoso

The EconomistLa Razón

Con una gran extensión cubierta por dunas de arena, junto a ruinas erosionadas por el viento de las ciudades perdidas de la Ruta de la Seda, el desierto de Taklamakan es un buen lugar para esconder un secreto vergonzoso. A simple vista, la vergüenza supone una explicación plausible de un mini boom de la construcción que está produciéndose en este remoto rincón de Xinjiang. Porque los extranjeros están cada vez más conmocionados por la política del Gobierno chino en esta región noroccidental, donde millones de uigures, una minoría étnica, soportan una vigilancia opresiva de alta tecnología y el temor constante a ser detenidos por presunto extremismo islámico.

Durante los últimos años, grupos de derechos humanos e investigadores en el extranjero han utilizado imágenes de satélite y documentos del Gobierno chino para rastrear docenas de fábricas que se levantan en el extremo sur de Taklamakan en el condado de Lop, una zona pobre y casi en su totalidad uigur. Las fábricas se alinean en las calles recién construidas de un polígono industrial patrocinado por la ciudad de Pekín, 4.000 kilómetros al este. De manera más alarmante, las imágenes de satélite y la propia propaganda del Gobierno de Xinjiang sugieren que mientras el polígono se levantaba de las arenas del desierto, al menos un campamento de reeducación política se podía ver en medio de las fábricas.

En todo Xinjiang, más de un millón de uigures han pasado por esos campos en los últimos años. Los funcionarios finalmente admitieron la existencia de los campos en 2018. Señalando los ataques terroristas de musulmanes de Xinjiang, dijeron que China había establecido centros de formación profesional para curar mentes infectadas con el extremismo religioso. En octubre de 2018, la Televisión Central de China realizó un reportaje en un campamento en Hotan, una antigua ciudad oasis. Mostró a los detenidos en clases de mandarín, estudiando las leyes chinas y aprendiendo habilidades como la costura, antes de agradecer a las autoridades por salvarlos. En contraste, los críticos califican la campaña de brutal en sus métodos y horriblemente arbitraria en su aplicación. Los archivos gubernamentales filtrados registran a los uigures internados por actos “sospechosos” como dejarse crecer la barba, solicitar un pasaporte o utilizar servicios de mensajería extranjeros como Skype. Los ex detenidos han acusado al personal del campo de palizas y violaciones.

Ahora, este gigantesco proyecto de ingeniería social está evolucionando. A fines de 2019, los funcionarios dijeron que todos los detenidos se habían graduado en los estudios obligatorios. En un fin de semana reciente, Chaguan, nuestro reportero, acudió al campamento de la ciudad de Hotan visitado por la televisión estatal y lo encontró aparentemente abandonado, con la única presencia de un grupo de camellos y lugareños que cavaban en busca de jade blanco en el lecho de un río seco. El cierre de sitios altamente visibles indica un cambio de táctica, no un cambio de opinión.

China está combinando el trabajo contra el terrorismo en Xinjiang con campañas a nivel nacional para asimilar a las minorías étnicas y empujar a los pobres de las zonas rurales hacia un empleo formal, en nombre del desarrollo y la estabilidad social. Un libro blanco del Consejo de Estado de septiembre, que detalla las campañas de capacitación y colocación laboral en Xinjiang, encontró 2,6 millones de “trabajadores rurales excedentes” en la región, en particular uigures con “ideas obsoletas”.

Abundan los indicios de problemas. El libro blanco culpa a “terroristas, separatistas y extremistas religiosos” por incitar a los lugareños a “negarse a mejorar sus habilidades profesionales”. Las empresas globales que auditan las cadenas de suministro multinacionales para detectar abusos laborales se niegan cada vez más a operar en Xinjiang, culpando a las autoridades de obstruir su trabajo.

A principios de este año, el Gobierno estadounidense dijo que sospecha que varias empresas en el condado de Lop utilizan trabajo forzoso, específicamente empresas que comercian con cabello humano. Los funcionarios de aduanas estadounidenses incautaron toneladas de pelucas y postizos en junio, y luego prohibieron todas las importaciones de cabello del Pológono Industrial de Productos para el Cabello del Condado de Lop, una zona dentro del Polígono Industrial de Pekín. Los portavoces del Gobierno chino y los medios estatales descartan hablar sobre trabajo forzoso porque consideran que se trata de una difamación por parte de los occidentales empeñados en hundir a China.

Para un optimista, negaciones tan estridentes podrían sugerir que las sanciones son duras. Xinjiang tiene mucho que perder: suministra casi una quinta parte del algodón del mundo, entre otros productos básicos. Nuestro columnista, que generalmente no es optimista, se dirigió al condado de Lop para echar un vistazo en persona. Chaguan viajó con un reportero de otro periódico occidental.

Como sucede en Xinjiang, la Policía ya estaba esperando a los periodistas extranjeros en Hotan, el aeropuerto más cercano al condado de Lop. Una hora después, matones bloquearon un camino de acceso al polígono industrial, haciendo que el taxi de Chaguan se alejara. Él y su colega finalmente llegaron a pie después de una larga caminata por el desierto alrededor del límite del polígono, una cerca de metal coronada con cuatro cables de alambre electrificado.

Desafío en el desierto

Las sanciones estadounidenses aún tienen que paralizar las fábricas del condado de Lop, como se puede observar. En una fría pero soleada mañana de fin de semana, la entrada a la fábrica de productos para el cabello estaba llena de tráfico. Cerca de allí, los obreros de la construcción trabajaban en los nuevos edificios. La llegada de reporteros extranjeros desencadenó episodios de empujones y agarres del brazo por parte de hombres no identificados empeñados en impedir que los occidentales siguieran avanzando, uno de los cuales se llamó a sí mismo “el responsable del polígono”.

Tratando de apoderarse de los teléfonos móviles de los periodistas, exigieron la eliminación de fotografías de su zona industrial y de lo que parece ser una instalación de entrenamiento en el extremo sur del polígono, que se asemeja a un internado seguro, con adultos jóvenes alineados en filas en un campo de juego.

Las preguntas fueron recibidas con evasivas. “Realmente no tenemos tratos con el mundo exterior”, respondió uno de los hombres cuando se le preguntó sobre las sanciones estadounidenses. Al afirmar inicialmente que su empresa solo vende en los mercados nacionales, luego afirmó que no produce nada en absoluto y que “todavía se está montando”.

Los hombres protagonizaron una confrontación física más cuando un enorme complejo parecido a una prisión con altas paredes grises y torres de vigilancia apareció a la vista. Al no poder evitar que los extranjeros vieran la prisión, se centraron en evitar la fotografía.

Aun así, la destrucción de pruebas no es un signo de mala conciencia. Los fragmentos del polígono diseñados para ser vistos desde el suelo por los lugareños no se parecen querer disculparse. Los carteles gigantes de la azotea en las instalaciones de entrenamiento muestran lemas como: “El trabajo es glorioso” y “Sirva a la economía”. Un cartel junto a la puerta principal muestra al presidente Xi Jinping rodeado de niños uigures sonrientes. El régimen de China es reservado porque no tiene paciencia para debatir sus políticas con los extranjeros. Está orgulloso de su dominio férreo en Xinjiang y no está a punto de cambiar.

© 2020 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos están reservados. Desde The Economist, traducido por Jesús Buitrago bajo licencia. El artículo original en inglés puede encontrarse en www.economist.com