África

David Beriáin, un ejemplo de integridad

El reportero asesinado en Burkina Faso no se vendió al poder o al dinero, sino que mantuvo su compromiso con la verdad

Imagen de archivo de David Beriáin y Roberto Fraile de TVE
Imagen de archivo de David Beriáin y Roberto Fraile de TVETVE TVE

La mera idea de un compromiso de por vida se ha vuelto un cuerpo extraño en la sociedad moderna e ilustrada. Goethe lo anticipó hace dos siglos en unos versos clásicos: “¿No cambia todo en el mundo? ¿Por qué deberán mantenerse nuestras pasiones?” El vertiginoso cambio que caracteriza a la sociedad moderna –en positivo, se llama progreso- dificulta el mantenimiento de la propia identidad. La hegemonía de la ciencia refuerza esa tendencia: por definición, el conocimiento científico es hipotético y provisional.

El ideal es que las teorías científicas tengan una vigencia breve, para dejar paso a nuevas teorías con mayor alcance explicativo. Ese primado de la hipótesis coloniza también el mundo de la vida: no hay lugar para convicciones inamovibles, toda pasión se vuelve provisional, incluso efímera. Importa sentirse enamorado, y no cuenta tanto de quién: la calidad cede ante la cantidad. Milan Kundera ha descrito con agudeza el carácter meramente episódico de tantas relaciones sentimentales en nuestros días.

Esta disquisición sobre el compromiso viene a cuento de la trágica muerte de David Beriáin. Lo conocí en 1997 cuando fue mi alumno en la asignatura de Sociología. Enseguida destacó: más que interesado, apasionado por entender la realidad humana y social; dominado por una curiosidad insaciable; inconformista, reaccionaba ante la menor injusticia. Hicimos amistad enseguida, pues compartíamos intereses y afanes profundos (este es uno de los tesoros de la genuina vida universitaria).

El estudio de la sociedad constituye una piedra de toque para el talante ético de los alumnos: es fácil indignarse ante tantas injusticias. La protesta manifiesta sensibilidad moral, pero ante esas expresiones de rechazo no dejo de prevenir a los estudiantes: juzgan y condenan desde “fuera”, como simples observadores. Habrá que ver cómo se comportan una vez que abandonan la cómoda grada del aula y juegan su papel de adultos en el escenario de la sociedad real.

David Beriáin supo estar a la altura. Ya en su primer trabajo, en un periódico local del interior de Argentina, arriesgó su vida al investigar y denunciar una trama de corrupción (tuvo que regresar a España por indicación de la policía). Cuando tantos olvidan o incluso traicionan los ideales de juventud, David nos ha dado un ejemplo de integridad.

No se vendió al poder o al dinero, sino que mantuvo su compromiso con la verdad. La dignidad no era para él una causa abstracta o genérica, sino que se encarnaba en las personas concretas. Su pasión por desentrañar el misterio de la condición humana lo llevó a frecuentar ambientes extremos y peligrosos. No le movían el afán de sensacionalismo o la descarga de adrenalina: era muy prudente y no corría riesgos innecesarios, pero sabíamos –tanto él como nosotros- que el peligro acechaba. Aun así, su muerte nos ha sorprendido.

Dios se lleva a los mejores, a los que ya están preparados para el gran salto. Los mediocres seguimos aquí, haciendo méritos, y ejemplos como el de David nos ayudan a perseverar en el esfuerzo.

*Profesor de Sociología de la Universidad de Navarra