Argentina teme un duro ajuste tras las elecciones

La elevada inflación, la caída de los precios de las materias primas y el alto coste de los subsidios sociales amenazan la economía.

A juzgar por el ambiente dominical en las calles del barrio bonaerense de Villa Crespo, Argentina no está en crisis. Las tiendas «outlet» de ropa y zapatos de marca rebosan de clientes durante los fines de semana de la incipiente primavera, mientras a las puertas de restaurantes y cafés las familias esperan horas para sentarse a una mesa. La imagen –que se repite en otras áreas de Buenos Aires– acaso sea un espejismo. O, como mínimo, los estertores del actual estancamiento económico, antes de que –como pronostican buena parte de los economistas independientes– las elecciones deflagren un nuevo escenario mucho menos halagüeño para Argentina, país que padece los efectos de una inflación descontrolada que supera ya el 30%.

Lo que parece avecinarse ahora es una inevitable devaluación del peso, la moneda argentina, una ardua pero ineludible decisión para el nuevo inquilino de la Casa Rosada que generará mayor inflación y tendrá reverberaciones en el desempleo.

El kirchnerismo, que se despide tras doce años de mandato, niega que deje el país con una economía en estado precario, aunque el Fondo Monetario Internacional (FMI) pronostica que Argentina apenas crecerá un 0,4% este año, antes de dejar paso a una recesión del 1% en 2016 que amenaza con ser aún mayor si el gigante brasileño se hunde todavía más en la crisis económica. «Gradualmente vamos a ir reduciendo la inflación, sin tener que caer en los ajustes ni en las grandes devaluaciones, ni las recetas ortodoxas que están libradas al mercado», aseguró ayer el candidato oficialista, Daniel Scioli, que rechazó que vaya a llevar a cabo, si llega al poder, una devaluación ante la escasez de reservas en moneda extranjera. «No va a haber ningún problema de falta de dólares. Al contrario, yo vengo desarrollando una agenda que tiene que ver acuerdos con otros países para aumentar las reservas».

Políticas populistas

Siempre compleja de entender, por imprevisible, la economía argentina está estancada como consecuencia del intervencionismo político y del aumento del peso del Estado, unos tics que los empresarios atribuyen a Cristina Fernández de Kirchner. En los últimos doce años, el aparato público ha duplicado su gasto respecto al Producto Interior Bruto (PIB), mientras las decisiones económicas populistas como la negativa al pago de la deuda internacional o la expropiación de empresas como YPF a la española Repsol han agravado la desconfianza de los inversores extranjeros, en un marco ya desfavorable por la caída de los precios de las materias primas.

La presidenta Kirchner «impulsó políticas de consumo, subida de las pensiones, paritarias [ajustes salariales por ley] y subsidios para contribuir a crear ese clima de bienestar que dé votos al oficialismo», explica Juan Pablo Paladini, jefe de investigaciones de la consultora económica Ecolatina, que advierte de que la situación es insostenible por el déficit fiscal del 6% del PIB.

«Necesitamos un Estado fuerte y ágil, pero no omnipresente. Un Estado que tenga los recursos para llevar adelante sus funciones, pero que no ahogue ni pretenda reemplazar a la actividad privada», estimó, por su parte, Ignacio Stegmann, ejecutivo que presidió la semana pasada un coloquio empresarial en el que participaron los principales candidatos presidenciales y que congregó a los grupos económicos más importantes del país.

Incertidumbre política

A cuatro días de que se celebre la primera vuelta de los comicios presidenciales, el discurso de los candidatos a la Casa Rosada se ha endurecido en la pelea por cada voto, mientras emergen rumores sobre un posible juego sucio del Gobierno por medio de escuchas telefónicas e interceptación de datos de los candidatos opositores y de jueces críticos con el Gobierno. «Pueden hablar tranquilos. Nadie los está escuchando», aseguró ayer el jefe de la Agencia Federal de Inteligencia, Óscar Parrilli.

Los sondeos no logran anticipar el escenario tras la votación. Sigue la incertidumbre respecto a si Argentina elegirá el domingo seguir con el oficialismo kirchnerista que representa el ex deportista de lanchas fueraborda Scioli, o si abrirá la puerta a un cambio por medio de una segunda ronda, que daría opciones al opositor conservador Mauricio Macri. Dos sondeos publicados el domingo daban a Scioli la victoria con cerca del 40% de los votos, por apenas el 28% de Macri. El margen de error de las encuestas –de dos puntos– impide saber si el candidato de Cristina Kirchner obtendrá el 40% de los sufragios y le sacará diez puntos a su rival, condiciones imprescindibles para proclamarse presidente el día 25. De lo contrario, habrá una segunda vuelta, el llamado «ballottage» en Argentina, un escenario inédito –nunca hubo segunda vuelta en las presidenciales argentinas–que provoca inquietud en las filas del gobernante Frente para la Victoria (FPV).

El oficialismo quiere rematar la contienda electoral en esta primera vuelta, porque una segunda votación supondría un nuevo reparto de cartas entre los actores políticos. Una oportunidad para Macri, en quien convergiría la totalidad del voto opositor, ahora dividido y disperso.