Internacional

Brexit: fumata blanca, fumata gris

Reino Unido y la UE sellan un pacto justo y equilibrado tras una negociación maratoniana que debe superar mañana el bloqueo de Westminster.

Reino Unido y la UE sellan un pacto justo y equilibrado tras una negociación maratoniana que debe superar mañana el bloqueo de Westminster.

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Los esfuerzos titánicos han surtido efecto. Ayer Bruselas y Londres llegaron a un acuerdo sobre el Brexit tras días de interminables negociaciones y una paciencia a prueba de bombas por parte de los negociadores comunitarios definida incluso como «zen» por un alto cargo europeo. El pacto fue posible después de que los Veintisiete abjurasen de algunos de los dogmas que habían guiado las negociaciones en estos tres procelosos años. El momento de inflexión se produjo después de que el primer ministro irlandés, Leo Varadkar, levantase el veto a perder el control sobre la situación de Irlanda del Norte. Ese cambio de guión imprevisto fue el detonante que hizo posible el acuerdo de ayer, que contiene algunos puntos impensables hace tan sólo unas semanas. A pesar de ciertas importantes cesiones, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, definió después este pacto como «justo y equilibrado». De manera paradójica, esta propuesta parte de la idea inicialmente propuesta por los Veintisiete a Theresa May, pero el veto de los unionistas británicos no permitió entonces que se desarrollara. Boris Johnson, sin embargo, ha optado por perseverar. Debido a la importancia de Dublín en las negociaciones, que ha sido informada en todo momento, el primer ministro irlandés, Leo Varadkar, compareció en la rueda de prensa de la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno junto al presidente de la Comisión, Jean-Claude Junker y el del Consejo, Donald Tusk.

En su intervención de ayer, Varadkar agradeció la solidaridad mostrada por los socios europeos y consideró que esta unidad puede ser «una lección para el futuro» que guíe a los Veintisiete en sus negociaciones con Londres sobre la relación futura, pero también con otras potencias como China con EE UU. Este vuelco en la posición negociadora irlandesa se produjo el jueves en la reunión entre Varadkar y el primer minitro británico, Boris Johnson. Un día después, ante los buenos augurios, las capitales permitieron al negociador jefe europeo, Michel Barnier, que se adentrase en el denominado «túnel» por el que las dos delegaciones tienen potestad para realizar ofertas y contraofertas sin que el negociador europeo tenga que facilitar información a las capitales. Tras constantes titubeos en los últimos días, el pacto llegó casi por sorpresa, después de que los socios de Gobierno de Boris Johnson, los unionistas del Ulster, hubiesen rechazado el acuerdo pocas horas antes.

Pero Johnson decidió ayer jugarse el todo por el todo y seguir adelante sin el apoyo de sus socios, consciente de que el tiempo se le estaba echando encima y de que cualquier prórroga –incluso meramente técnica y de unas pocas semanas– hubiese sido un sonoro fracaso. Tras la fumata blanca y en una comparecencia conjunta con Jean-Claude Juncker en Bruselas, el primer ministro se vanaglorió de que Reino Unido saldrá del bloque comunitario el 31 de octubre, tal y como él había prometido una y otra vez. Sólo Westminster puede hacer añicos este pacto y Jonhson confía en que su capacidad para alcanzar una acuerdo con las cancillerías sea premiada de una u otra forma.

Ante al posibilidad de que Johnson tropiece en la misma piedra que May, nadie en Bruselas quería oír hablar de posibles prórrogas. Al menos, no en público. Juncker incluso llegó a descartar esta posibilidad, ante la amenaza del Brexit caótico el próximo 31 de octubre. «En ningún caso habrá otra prolongación», aseguró el político luxemburgues, para quien «hemos concluido un acuerdo y no hay razones para otro retraso, tiene que ser hecho ahora». A pesar de la dureza de estas palabras, fuera de micrófono son interpretadas como una maniobra de presión dirigida al simpre impredecible Parlamento británico. Nadie cree que en este escenario, las cancillerías europeas, que deben conceder una prórroga por unanimidad, se atrevan a negarse. Tal y como resume un algo cargo comunitario, «si los problemas vienen de Londres la solución no puede venir de Bruselas»

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Desde la capital británica la respuesta ante la fumata blanca del pacto no fue optimista. Todo lo contrario. Los norirlandeses del DUP –socios del Gobierno de Boris Johnson– mostraron su rechazo al texto y esto complica mucho las cosas al líder «tory», ya que cualquier convenio debe ser ratificado en última instancia en el Parlamento británico. Por lo tanto, aún es pronto para cantar victoria. Sin el apoyo de los norirlandeses del DUP, el escenario es sumamente complejo para el actual inquilino de Downing Street. Es cierto que entre el núcleo duro de los «tories» euroescépticos, los mismos que jamás confiaron en May, el primer ministro goza de más simpatías.

En cualquier caso, es más necesario que nunca el apoyo de la oposición. Solo cinco laboristas votaron en su día por el pacto de May, por lo que conseguir ahora alrededor de una docena no va a ser fácil. Entre otras cosas porque el líder laborista, Jeremy Corbyn, se apresuró a señalar que no va a votar por el convenio y apostó por un segundo referéndum para acabar con la peor crisis institucional por la que atraviesa Reino Unido, que lleva tres años con el resto de ministerios prácticamente paralizados. Westminster celebrará el sábado una sesión extraordinaria, la primera en fin de semana desde la Guerra de las Malvinas en 1982.

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En caso de que no se ratifique el acuerdo, la llamada «Ley Benn» obliga al primer ministro a solicitar una nueva extensión de plazos a Bruselas a fin de evitar el temido divorcio caótico para el 31 de octubre, cuando termina la prórroga actual concedida por los Veintisiete.