Diplomacia silenciosa de la Iglesia

La muerte de Castro augura tiempos mejores para la institución, pero no serán inmediatos. La Iglesia continuará abogando por la reconciliación

En 1902, Cuba alcanzó la independencia. Atrás quedaba la guerra libertadora contra España (1898) y los tres años de ocupación militar estadounidense (1899-1902). La república nacía con la aspiración de ser un país «para todos y por el bien de todos», según dijo José Martí. También los católicos, que eran mayoría. Esto no significa que fuera una nación «católica» como México o Argentina: la evangelización siempre fue mucho más superficial que en esos países.

La primera mitad del siglo XX fue un tiempo propicio para el catolicismo. Pese a la influencia política de la masonería –tan unida a las luchas independentistas–, la constitución de 1901 garantizaba la libertad religiosa. La Iglesia pudo abrir nuevos colegios, hospitales y asilos. Su presencia creció, si bien concentrada en las áreas urbanas y con las clases media y alta. El clero nativo era escaso, y sólo la presencia de órdenes religiosas extranjeras permitieron sostener las obras apostólicas. Los jesuitas, franciscanos, agustinos o maristas poblaron la geografía cubana y formaron a los dirigentes del país. Sin embargo, las diferencias sociales no se reducían, y el proletariado campesino se pasaba muchos meses sin trabajo por el carácter estacional de la zafra azucarera.

Una nueva constitución, la de 1940, modernizó las estructuras políticas, que se inclinaron hacia la socialdemocracia. Pero en 1952 todo cambió con el golpe de Estado del general Batista, ex presidente democrático entre 1940 y 1944. El mulato Batista procedía de clase baja y respetaba a la Jerarquía católica, con la que mantuvo unas relaciones cordiales. En 1953, sin embargo, la historia de Cuba dio un giro definitivo con el asalto al cuartel Moncada liderado por Fidel Castro, abogado de 26 años perteneciente a la clase alta rural. Educado con los jesuitas y yerno de un ministro de Batista, Castro estuvo a punto de morir, pero pidió ayuda al arzobispo de Santiago de Cuba, el gallego Enrique Pérez Serantes, que evitó que muriera fusilado.

Nueve años más tarde, en 1959, ambos se encontraron de nuevo en Santiago, proclamada capital provisional tras la victoria del Movimiento 26 de Julio, una guerrilla con combatientes que iban desde la democracia cristiana al comunismo. El 1 de enero de 1959, Castro pidió a Pérez Serantes que le acompañará en su primer discurso a la nación. Frente a ellos, una muchedumbre de cubanos, y, un poco más allá la catedral santiaguera, con las puertas abiertas y la custodia del Santísimo sobre el altar, a la vista de todos.

A partir de entonces nada discurrió como se esperaba. Castro ordenó nacionalizar la enseñanza, despojando a la Iglesia de sus colegios, sus escuelas técnicas y de la Universidad de Santo Tomás (agustina). Se sucedieron los enfrentamientos: expulsiones de sacerdotes, ilegalización de todas las ramas de la Acción Católica, exilio de miles de familias... En diciembre de 1960 Castro declaró que siempre había sido comunista. La invasión de Bahía de Cochinos de 1961 hizo el resto, ya que se convirtió en la excusa para aplastar a cualquier movimiento opositor interno.

La década de los 60 ha pasado a la historia de la Iglesia como una época de silencio y miedo. El régimen estaba en su frenesí político y los católicos pertenecían al pasado reaccionario. Castro incluso intentó formar una iglesia nacional cubana alrededor de un movimiento político-religioso llamado «Con la Cruz y con la Patria».

Durante casi tres décadas la Iglesia sobrevivió como pudo. Una iglesia de catacumbas donde se prohibió que los católicos accedieran a la universidad y se hostigó a los que asistían a misa. El hundimiento de la URSS en 1991 obligó al régimen a una tibia apertura económica y diplomática. En ese contexto se gestó el viaje de Juan Pablo II en 1998.

Sin duda, existe un antes y un después de la llegada de Karol Wojtyla a Cuba. A partir de entonces, la Iglesia ganó espacios de libertad: volvió a ser festivo el 25 de diciembre, se permitió la entrada de sacerdotes en el país, se autorizó la pastoral penitenciaria y las parroquias vivieron un renacimiento que se consolidó. La Iglesia pudo construir un edificio religioso por primera vez en medio siglo (el seminario de La Habana, en 2010, a cuya inauguración asistió el mismísimo Raúl Castro) y mediar en la excarcelación de medio centenar de presos.

Desde entonces, muchas cosas han cambiado: dos Papas más viajaron a Cuba, Raúl Castro asumió el mando del país y EE UU apostó por el deshielo político. Nada de ello es comparable con la muerte de Fidel Castro, el gran patrón de Cuba. Su fallecimiento augura tiempos mejores, pero que no serán inmediatos. La Iglesia continuará su labor callada, y a veces incomprendida, en pro de la reconciliación de todos los cubanos. Queda un arduo camino por delante, pero el cambio de protagonistas sin duda beneficiará la transición a una democracia que traerá la ansiada libertad religiosa.