Europa

El plan de Valls desafía a una izquierda en erupción

El Parlamento votará este martes el programa de austeridad del primer ministro galo, torpedeado dentro de su partido

Manuel Valls y François Hollande, en el Elíseo el pasado día 23
Manuel Valls y François Hollande, en el Elíseo el pasado día 23

Nada se está cumpliendo como estaba previsto. François Hollande ha perdido el control de su calendario, aunque el presidente francés sigue encomendándose a su eterna buena estrella para salir airoso del atolladero y culminar triunfal su quinquenio.

La debacle electoral en los últimos comicios municipales no sólo certificó el divorcio entre la izquierda que le aupó al poder sino que impuso una remodelación gubernamental que no entraba en los planes del Jefe del Estado. Ni por las fechas ni por el cartel de la misma.

En el esquema de Hollande, su segundo Primer ministro debía ser quien aplicara el bálsamo después de una severa cura de austeridad. El que redistribuyera, en nombre de la tan patrocinada justicia social, a las clases medias y bajas, las que siempre tienen que ajustarse el cinturón.

François Hollande, que no contaba con Manuel Valls para ese puesto, ha tenido que rendirse a la evidencia y asumir sus errados cálculos políticos. No ha tenido más elección que adelantar la crisis de Gobierno y designar a su popular ministro de Interior para aplicar una segunda mano de rigor y austeridad, y aportar una credibilidad que en Europa empezaban a cuestionar.

El presidente socialista, que cada mes bate los records de impopularidad cosechados por sí mismo, necesita del carisma de Manuel Valls, de su notoriedad en la opinión pública – más en el centro-derecha que en la izquierda – y, sobre todo, de su inquebrantable determinación. La del que no se arruga ante la dificultad ni se doblega fácilmente. Pero los 50.000 millones de euros de recortes, encomendados por Hollande, son una píldora difícil de hacer tragar a los votantes y electores de 2012. Y en cuestiones económicas los franceses empiezan a dudar de él. Un 64% no confía en el Primer ministro para mejorar su diezmado poder adquisitivo.

No obstante, el mandatario galo sabe que Valls es su última oportunidad y que le ha lanzado a bailar descalzo sobre las llamas del imparable desempleo, de la perentoria reducción del déficit y los drásticos ajustes presupuestarios, de una mayoría parlamentaria dubitativa además de una izquierda soliviantada y que amenaza sublevación.

"Comienza la segunda etapa, no habrá otras más. Tenéis la experiencia necesaria. Pero no podéis equivocaros", lanzaba Hollande a su nuevo gabinete durante el primer consejo de ministros. Una manera de significar la ausencia de red, de amortiguador, también para él como número uno del Estado. Los franceses esperan resultados. Por eso la consigna es clara: "hay que ir más rápido y más lejos".

Pero avanzar se antoja complicado cuando el flamante jefe del Ejecutivo se enfrenta a unas tropas que se desmandan. Desde que los socios Verdes salieron del Gobierno dando un portazo tras el nombramiento de Valls, sus votos en el Parlamento se canjean muy caros. Y ya han advertido que no votarán, tal cual, el programa de estabilidad el próximo martes. Al igual que los sectores más radicales del Partido Socialista, consideran que esta nueva tanda de recortes millonarios "asfixiará la economía"e impedirá la "recuperación del empleo".

La izquierda del PS ha entrado en erupción. Un volcán que a falta de poder apagar, Manuel Valls tendrá que contener su actividad y sus accesos de violencia. De momento, los "gestos"prometidos y destinados a proteger las pensiones más bajas de su congelación, no parecen calmar sus rugidos.

Se estima que podrían ser una veintena los socialistas díscolos que se abstendrán de dar su aprobación al bautizado ya como "plan Valls", pero anunciado por Hollande hace más de seis meses. Si al final resultaran más numerosos, la falta de apoyos podría poner dejar al Ejecutivo en minoría, a menos que el puñado de diputados del centro y la derecha (UMP) que han prometido su voto sirva para sacar adelante una votación de carácter consultivo pero de alto valor simbólico para el poder.

Así las cosas, la aprobación de cualquier texto de cariz económico va camino de convertirse en una constante moción de confianza al Gobierno. Pero el riesgo no asusta a Manuel Valls. Lo asume y lo toma. Como suele decir el propio Hollande, ha sido nombrado para "arriesgar". Porque en el seno de ese ejecutivo bicéfalo, de ese tándem que ambos forman, el Primer ministro es el único capaz de poder hacerlo. Su palabra pesa ahora más que la de un Jefe del Estado casi transparente. Entre los electores de izquierdas, ha perdido incluso esa etiqueta política. El 56% de los simpatizantes considera que François Hollande no es "suficientemente de izquierdas"y citan como ejemplo las ayudas fiscales a las empresas o los mastodónticos recortes previstos.

La desconfianza hacia el inquilino del Elíseo es tal que en el propio PS se sugiere en voz baja la convocatoria de primarias para 2017, cerrando la puerta a una candidatura automática de Hollande. Como todos los presidentes en ejercicio, el socialista aspira a su reelección para un segundo mandato aunque ha insinuado que no habrá "segundo round"si pierde la batalla del empleo. "Si el paro no baja de aquí a 2017, no tengo razón alguna para ser candidato o ninguna posibilidad de ser elegido", sentenció hace unas semanas.

Entre tanto, la estrategia de Valls va a consistir en apagar incendios sin quemarse y, llegado el caso, en hacerse con el poder supremo desde dentro. La estrategia del "putsch"interno, dicen los abanderados de la política-ficción. Lo único cierto es que Hollande ha iniciado una caída libre difícil de parar.