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Final suicida de «Unabomber»

Mark A. Conditt, de 23 años, es quien sembró el terror en Austin (Texas) con una serie de paquetes bomba. Al quedar acorralado por la Policía, detonó un artefacto en su coche y voló por los aires.

Mark A. Conditt, de 23 años, es quien sembró el terror en Austin (Texas) con una serie de paquetes bomba. Al quedar acorralado por la Policía, detonó un artefacto en su coche y voló por los aires.

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Mark Anthony Conditt, blanco, 23 años, residente de Pflugerville, un suburbio de Austin (Texas). Éstas son las señas del moderno «Unabomber», que aterrorizó la región durante 20 días. Un total de siete bombas y seis explosiones, que acabaron con la vida de tres personas, incluida el presunto asesino, que voló por los aires antes de que los equipos de operaciones especiales de la Policía lograran neutralizarle. Las fuerzas del orden lo habían localizado en un motel de Round Rock, a 32 kilómetros al norte de Austin. Cercado en su coche, Conditt, del que apenas han trascendido detalles, detonó su último artefacto. La deflagración hirió a uno de los agentes de los SWAT.

No hacía ni 24 horas que la Policía de Austin y la división local de fugitivos de los Marshal habían filtrado una serie de fotografías tomadas por las cámaras de seguridad de la oficina de FedEx en Brodien Lane, Austin. Vestido con guantes, una camiseta de color verde, una gorra y posiblemente una peluca rubia, Conditt entregó al empleado de la mensajería dos paquetes bomba. Uno de ellos explotaría poco después en otra oficina de FedEx. El segundo, según informó News 4 de San Antonio, «fue interceptado en una instalación cerca del aeropuerto de Austin». La información respecto al operativo que logró cercar a Conditt fue proporcionada en una multitudinaria rueda de prensa por el jefe de Policía de Austin, Brian Manley, el hombre encargado de coordinar durante tres semanas, a un equipo de cientos de policías.

Los atentados habían acabado con la vida de Anthony House, de 39 años, muerto cuando abría el primero de los paquetes. La siguiente víctima mortal, Draylen Mason, un joven estudiante de contrabajo de 17 años, que falleció en su domicilio tras recibir el segundo de los paquetes bomba. Tanto House como Mason eran afroamericanos. Una coincidencia que hizo sospechar que los crímenes podrían tener una motivación racial. Poco después de que explotara el artefacto que mató a Manson, la Policía recibió el aviso de una tercera explosión en el sureste de Austin, que hirió gravemente a una mujer hispana de 75 años. Una cuarta detonación hirió a dos jóvenes el domingo, los dos de raza blanca, con lo que se tambaleaba, al menos en parte, la hipótesis del móvil racista. Para entonces, los artificieros habían concluido que el sospechoso era capaz de construir bombas trampa, demostrando, según el jefe Manley, que poseía «un nivel de sofisticación más alto de lo habitual».

Entonces las autoridades subieron a 115.000 euros la recompensa para quien ofreciera información que llevara hasta el terrorista. Convencido de que existía un nexo lógico detrás de cada uno de los atentados, Manley explicó que «la persona o personas capaces de entender ese supuesto mensaje es/son responsables de construir y entregar los dispositivos». Con su alocución pretendía llamar la atención del delincuente. «Lo sucedido en Austin ha captado la atención mundial», añadió, dirigiéndose al asesino, «le aseguramos que estamos escuchando. Queremos entender qué lo trajo a este punto y escucharlo». Un mensaje que parecía diseñado ad hoc por los expertos de Quantico en penetrar el perfil psicológico de los psicópatas.

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«El sospechoso de colocar las bombas en Austin está muerto», tuiteó Donald Trump. «¡Gran trabajo de las fuerzas del orden y el resto de implicados!». Mientras tanto, un vecino de los padres de Conditt, Jeff Reeb, alabó frente en la CNN a la familia del joven, buena gente, dijo, buenos vecinos, y devotos feligreses. «Es todo extremadamente confuso. No tiene sentido [pero] supongo que este tipo de cosas nunca lo tiene». Igualmente horrorizada y perpleja se mostró la abuela de Conditt, Mary, que explicó que el chico había estudiado en casa y que ahora trataba de averiguar lo mismo que el resto de los chicos, qué hacer con su vida, mientras visitan a su familia y tratan de estar cerca de ella. «Una familia», añadió, «que ha trabajado muy duro para educar a sus hijos correctamente».

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