Europa y el futuro

La icónica estatua de Churchill en Westminster con el Big Ben al fondo
La icónica estatua de Churchill en Westminster con el Big Ben al fondo

«El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad». Esta frase se debe a Víctor Hugo. De su pluma salió también un término –los Estados Unidos de Europa– que sintetiza aquello a lo que muchos europeos de mi generación hemos dedicado nuestra vida y nuestro quehacer político.

Hoy, justo después del terremoto del Brexit, cuando todo son cábalas sobre el futuro de la construcción europea, no encuentro mejor modo de rendir homenaje a Europa –sus valores, sus principios, sus ideales– que empezar mi reflexión por esta frase.

No nos engañemos: la salida de Reino Unido de la Unión Europea es un golpe durísimo. Se trata de la segunda economía de la UE, un gran país con el que mantenemos excelentes relaciones bilaterales y un socio estratégico de incalculable valor. Y debe seguir siéndolo. Por el bien de los ciudadanos británicos y los de la UE. Tenemos que encontrar un marco mutuamente beneficioso para articular nuestras relaciones.

¿Y después, qué? Nos toca remendar los rotos y restañar las heridas. El debate sobre el Brexit deja un paisaje de incertidumbre y la confrontación. Es un terreno difícil para que arraigue un relato ilusionante, un nuevo faro en esta carta sin mapas que es hacer Europa. Y eso es, precisamente, lo que necesitamos. He aquí tres ideas que pueden ayudarnos a encontrarlo.

La primera es mirar hacia delante. La Europa que salga del Brexit no debe ser la del miedo y la parálisis, sino la del movimiento y la iniciativa. La construcción europea tiene que seguir siendo una obra constantemente inacabada, un «work in process»: sólo así podrá dar respuesta a las demandas de los ciudadanos en cada momento histórico.

La segunda idea es escuchar a las voces críticas. El referéndum se ha celebrado en un contexto de gran desafección. Ha cundido –azuzada por la crisis– la impresión de que la UE vivía de espaldas a los ciudadanos. Ello se ha traducido –en el mejor de los casos– en desencanto y en frustración, y –en el peor– en movimientos radicales y populistas.

Quienes hemos pasado muchos años en los escaños del Parlamento Europeo –en mi humilde caso, diecisiete– sabemos que la Unión no es distinta ni ajena a la ciudadanía. Europa somos los europeos. Sucede, sin embargo, que la UE –al igual que sus Estados miembros– ha afrontado una crisis sin precedentes. Y hemos capeado el temporal con las herramientas que teníamos, las que consagraban los Tratados.

Lo primero que evidenció la crisis fueron las grietas en la arquitectura de la Unión Económica y Monetaria. La lentitud de los procedimientos y las respuestas tardías y titubeantes arrojaron dudas sobre la viabilidad del Estado del bienestar y la capacidad de Bruselas de asegurarlo.

También ha habido una importante crisis de seguridad: el terrorismo ha golpeado en varios Estados miembros y nuestro entorno más inmediato. La percepción de inseguridad –amparada en la barbarie de los atentados– ha hecho revivir el miedo al otro, lo ajeno, lo diferente. Es el caldo de cultivo ideal para movimientos xenófobos y racistas, patéticos recordatorios de lo peor de nuestra historia.

Y, en paralelo, la crisis migratoria. Las instituciones se han centrado en soluciones que, además de no arrojar los resultados esperados, han generado división entre socios y en la propia opinión pública. Esas fallas llegaron, incluso, a poner en riesgo uno de los mayores logros de la Europa Unida: el espacio Schengen.

Estas tres crisis –económica, de seguridad y migratoria– se dan en un trasfondo mucho más indefinible, que afecta al mismo tiempo al conjunto de los europeos y también, en singular, a cada uno de ellos: una crisis de identidad, de seguridad, de confianza: ¿se habrá convertido la Europa creativa de Shumann y Monnet, la del himno a la Alegría de Beetoven, en una «vieja Europa» incapaz de seguir el ritmo de la globalización?

Y es aquí donde, como antídoto para derrotistas, viene mi tercera idea: para nuestros grandes desafíos, busquemos respuestas concretas. La Unión no se enfrenta a un problema de legitimidad teórica, sino de legitimidad práctica. Para recuperar la confianza, los europeos tienen que percibir la utilidad de sus instituciones. Y para eso sólo hay una receta posible: más Europa.

En el capítulo económico, debemos avanzar en la construcción de una auténtica Unión Económica y Monetaria, al servicio de la actividad económica, el empleo y la competitividad, aspirando al objetivo último de lograr una Unión Fiscal plena con una autoridad y un presupuesto comunes con función estabilizadora y capacidad de emisión de deuda.

En el ámbito de la seguridad, debemos reforzar la colaboración de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de los Estados miembros y reforzar los instrumentos del Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia.

En relación con la crisis migratoria, se impone –como España viene reclamando por su propia experiencia– una política europea que aborde de forma integral todos los aspectos relacionados con los flujos migratorios e incida en las causas profundas de las migraciones: la pobreza extrema, la desigualdad y la falta de oportunidades en los países de origen.

En definitiva, doblado el cabo del Brexit, la UE afronta una mar todavía más recia. Para navegarla tenemos que ser capaces de devolver la ilusión al proyecto europeo, reforzar las instituciones y poner proa a ese horizonte –ideal, y a la vez posible– del que nos hablaba Víctor Hugo: los Estados Unidos de Europa. Así que todo avante: no puede haber otro rumbo.