Internacional

La metamorfosis de la ultra Le Pen para conquistar a los franceses y llegar al Elíseo

La líder de extrema derecha suaviza su imagen para mostrarse más humana y cercana al ciudadano mientras renuncia a las medidas más radicales de su programa como el abandono de la Unión Europea

Le Pen se dedicó a recorrer Francia de punta a punta transitando aquellos mercados populares en los que Chirac basó su popularidad
Le Pen se dedicó a recorrer Francia de punta a punta transitando aquellos mercados populares en los que Chirac basó su popularidad FOTO: Joan Mateu Parra AP

El fallecido Jacques Chirac pasó a la historia como el presidente campechano, el que iba a los mercados de la Francia de provincia al encuentro ciudadano, a escuchar los problemas de los agricultores o incluso a compartir un vino con ellos. Esto le permitió gobernar desde el Elíseo sin una identificación elitista. Acabó su mandato en 2007, y fue ahí cuando empezó el proceso de desconexión presidencial con una parte importante del país, primero con Sarkozy, luego con Hollande y ahora con Macron.

Ese recelo de la Francia olvidada que ha ido en aumento con los años y acabó de explotar en el quinquenio de Macron con el reflejo de movimientos como los «chalecos amarillos» y que ha ido en paralelo al recorte de servicios sociales y de líneas de transporte en esos rincones del país donde para el Estado ya no eran rentables. En este contexto, el acierto de la campaña de la ultraderecha ha consistido en lo que algunos analistas denominan en Francia la «chiraquización» de Le Pen. La líder del Reagrupamiento Nacional ha hecho una buena lectura de la coyuntura actual y supo adaptar su campaña cuando estalló la guerra de Ucrania y se consolidó el poder adquisitivo como la gran preocupación de los franceses con el miedo a la inflación y la subida de los precios del carburante.

Mientras el presidente proyectaba una imagen de interlocutor incansable entre Putin y Zelenski, Le Pen se dedicó a recorrer Francia de punta a punta transitando aquellos mercados populares en los que Chirac basó su popularidad y relegando a segundo plano sus otros temas eje como la migración o el encaje del islam en Francia. Le Pen supo adaptar su campaña y su programa, del que desaparecieron de la noche a la mañana menciones como la asociación estratégica con Rusia. La candidata del Reagrupamiento Nacional, en esta campaña que ahora inicia su segunda etapa, promete bajar el coste de la gasolina y mantener en 62 años la edad de jubilación o rebajarla, mientras que Macron pretende subirla hasta los 65 años y tacha de populista el programa económico de Le Pen.

La desdiabolización de Le Pen viene de atrás pero la de esta campaña quizás haya sido su punto cumbre ya que la coyuntura internacional le ha permitido hablar a los franceses de su bolsillo y esquivar las propuestas más antipáticas y fáciles de identificar con la tradición y la retórica ultra. Ha renunciado al «Frexit» y su retórica más euroescéptica aunque su discurso sigue siendo nacional populista. Ha dulcificado también su imagen personal por múltiples vías. Una de las más comentadas en redes sociales fue cuando decidió hace unos meses sacarse el diploma de cuidadora de gatos. Sus edulcoradas y tiernas instantáneas con gatos inundaron las redes sociales y fueron objeto de múltiples burlas, pero al mismo tiempo eso contribuyó de forma exponencial a mostrar una Le Pen humanizada, cariñosa y próxima. Le Pen protectora y campechana emulando al último presidente francés que contó con esos credenciales, Chirac.

El auge de la candidata de ultraderecha se explica también por la ausencia de Macron en la primera parte de la campaña. Casi sin actos, como si no se dignase a bajar al fango electoral, o como si los grandes asuntos de Estado, en estas semanas, la guerra de Ucrania, no se lo hubiesen permitido. Consciente de ello, Macron se ha puesto manos a la obra. Después de resistirse durante semanas a meterse de lleno en la campaña, el presidente francés iniciaba el lunes su campaña para la segunda vuelta en territorio hostil: las viejas tierras industriales y mineras del norte de Francia entregadas a Le Pen, todo un símbolo. El presidente es consciente de que en los cinco años de su mandato no ha sabido contener el avance de las ideas ultraderechistas ni apagar el malestar social.