Hollande, el increíble hombre menguante

Llegó al Elíseo, con fama de solvente y «normal», pero Valérie Trierweiler ha desmontado su imagen. Su «otro yo» (cínico, mentiroso e infiel) comienza a ganarle la partida.

Suele suceder en el ciclo vital de los países que a un dirigente de personalidad arrolladora le siga uno, pongamos, de «perfil bajo». A Napoleón –un loco que se creía Napoleón– le relevó el mesurado y calculador Talleyrand; a Thatcher, la «dama de hierro», John Major; A Berlusconi, Prodi; a nuestro Suárez, aunque brevemente, Calvo Sotelo, un continuista calmo. De la hipertensión a la hipotensión...y vuelta a empezar.

En Francia, por ir al meollo, la llegada de François Hollande en la primavera de 2012 se vio como un regreso a la normalidad tras el lapso ubérrimo y excesivo del presidente Sarkozy, un tipo poliédrico e inasible para quien el poder y el narcisismo llegaron a caminar de la mano. Sus años de gobierno mantuvieron en constante tensión a la Prensa y la sociedad francesas: Sarkozy reinaba en los editoriales, las páginas salmón y el papel couché. En la primera página, aparecía retratado junto a Obama moviendo los hilos de la diplomacia; a vuelta de página, junto a Carla Bruni en cualquier destino de relax... Antológica llegó a ser la portada de «The Economist» que lo presentaba como Napoleón en Waterloo. Sarkozy comenzaba a ser un loco que se creía Sarkozy. Y Francia volvió la vista y se topó con Hollande.

Este semidesconocido llegó de «rebote» al Elíseo tras la caída en desgracia de Strauss-Khan. Una alineación de astros –materia hay para los conspiranoicos– lo llevó a la Presidencia casi como si él mismo renegara de la idea. Francia respiró aliviada al ver aparecer en el Elíseo a un tipo bajito, con gafas y trazas de empleado de banca dispuesto a desaflojar el cinturón de la austeridad que Sarkozy había ceñido sobre un pueblo amante de su autonomía. La Prensa internacional comenzó a hablar de un «señor normal» –él mismo se calificaba así– que hasta se esforzaba en presentarse como lo contrario al cesarismo de su predecesor: de familia de clase media, se movía en motocicleta, prometió bajarse un 30 por ciento el sueldo, aumentar el gasto público y dedicarse a resolver los problemas de su país en lugar de añadir los de su propia vida sentimental. Sólo dos puntos flacos se le conocían: su afición al pastel de chocolate y un padre que en su pasado militó en la extrema derecha contra la independencia argelina. Y entonces... llegó Gayet.

Aún hay que dilucidar si, como dice Valérie Trierweiler, «el poder deshumanizó a Hollande» o si por debajo del hombre tranquilo y normal viajaba ya la pulsión de la infidelidad, la mentira y el desorden. Lo único contrastado es que la portada de «Closer» dando fe de la relación con la joven actriz –la «Bruni» de Hollande– abrió la caja de los truenos, y el libro-venganza de Valérie sobre sus años junto al presidente, y especialmente los 18 meses vividos en el palacio del Elíseo, ha añadido más madera a la pira en la que, a estas horas, arde la reputación del que ya es el presidente francés más impopular de la V República.

El más impopular en 50 años

El crédito de Hollande venía ya mermado desde lejos antes de que Valérie reapareciera para reescribir la «leyenda del hombre normal». La crisis económica y gubernamental, la pérdida de poder y liderazgo internacional de Francia, los zarpazos dentro de su propio partido y el acoso electoral de la derecha y la extrema derecha de Marine Le Pen ya habían desmontado la varita de la solvencia que se arrogó a su llegada al Elíseo. Los escándalos sentimentales no han hecho sino apuntillar su fama de moderado, ecuánime, correcto y ordenado, haciendo de su incapacidad para reflotar la economía gala un hecho más grave e imperdonable.

Forzando muy mucho la Historia, podría decirse que una serie de desfalcos en su palacio de Trianon y un tubio asunto de joyas llevaron al paredón a María Antonieta y desencadenaron la Revolución francesa. Obviamente, por encima de ello, estaban la carestía, el desgobierno y el descontento. Juntos, hicieron que los «pecadillos» de la mujer del rey quedasen elevados a la categoría de afrenta nacional. A Hollande y al socialismo francés les puede suceder algo parecido: lo anecdótico acelera su ajusticiamiento político mientras las voces a favor de un adelanto electoral no hacen sino aumentar a cada nueva revelación.

A pesar de que Francia no es un país que se deje arrastrar por raptos de puritanismo –algo que, en cambio, en Estados Unidos forma parte de su ADN político–, el impacto del libro de Trierweiler en las presentes circunstancias es innegable. No ya por atentar directamente contra su modo de hacer política (Valérie no se mete en esas honduras), sino por el retrato descarnado de un dirigente deshumanizado, cínico y mentiroso, capaz de defender en los foros el reparto de la riqueza y, poco después, en una cena íntima bromear sobre los «sin dientes», los pobres, los menesterosos.

Reflejo en un cristal sucio

El «señor normal» no se enfrenta ya, en lo que queda de legislatura, a la UMP, al Frente Nacional, el paro o sus ministros, sino a sí mismo, a su doble reflejado en el cristal sucio que Valérie le ha colocado en el cabecero. Toda Francia sabe a estas horas que, el oscuro socialista que, se supone, llegó sin querer a lo más alto de la «Grandeur», hacía rápidos cálculos electorales, desnudo sobre la cama, el mismo día en que a Strauss-Khan se lo llevaba la Policía norteamericana; toda Francia conoce ya que, mientras su presidente conmemoraba el desembarco de Normandía, asaetaba a mensajes a su ex pareja, la mujer que agarró el tarro de los somníferos el día en que «Closer» destapó la infidelidad de su François. «¿Así que es cierto?», le dijo Valérie.

Mitterand murió convencido de que sus secretos –su agitada vida sexual, su perfecta doble vida– habían sido preservados del ojo público. Francia se escandalizó a destiempo... y se escandalizó poco, pues nunca ha sido mucho de mezclar churras con merinas y siempre ha tomado la política demasiado en serio. El «caso Hollande» es distinto: como en la fábula, el rey está desnudo. Y es el rey aún. Y todos lo ven desnudo. Y, lo peor: él sabe que está desnudo.

«50 sombras» ...de Gayet

En los últimos cinco años sólo un libro ha logrado un estreno tan apabullante en ventas en Francia como «Cincuenta sombras de Grey». Lo ha logrado «Gracias por ese momento», las memorias de Valérie Trierweiler, en las que describe la infidelidad de Hollande con la actriz Julie Gayet, así como otros detalles sobre su convivencia. Un total de 15.000 ejemplares se vendieron en la mañana del jueves, en las primeras horas de distribución. La tirada inicial es de 200.000 ejemplares, unas cifras que en Francia sólo se manejan para autores como Amelie Nothomb. Se estima que la ex pareja de Hollande podría embolsarse 600.000 euros por su «confesión».