La eterna Merkel y el orden liberal

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Después de la inauguración de Donald Trump, el Brexit, la decisión de François Hollande de no presentarse a la reelección y la dimisión de Matteo Renzi, a muchos les tienta proclamar que Angela Merkel es la única líder de Europa (o incluso del mundo libre) que queda. Pero puede que eso sea una sobrestimación tanto del estilo de Merkel como del peso de Alemania en la política europea o global.

En las elecciones federales que se celebrarán en terreno germano en septiembre, los democristianos de centro derecha de Merkel (CDU/CSU) se harán, probablemente, con la mayor parte de los votos, pero con menos del 41,5% que obtuvieron en 2013. Puede que el Partido Socialdemócrata (SPD), de centro izquierda, continúe siguiendo de forma renqueante a la formación de Merkel, más de diez puntos por debajo. Los partidos que forman la oposición, como Los Verdes o «Die Linke», esperan obtener alrededor de un 10% de apoyo cada uno. Con toda seguridad, la formación populista de extrema izquierda Alternativa para Alemania (AfD) entrará por primera vez en el Bundestag, quizás incluso como el tercer grupo con mayor representación. Una reentrada del partido liberal clásico, el Partido Democrático Libre (FDP), en el Parlamento, parece más probable de lo que era en 2013, pero no está asegurado que consigan superar la frontera del 5% de votos, el mínimo para tener representación. En el contexto de un Bundestag dividido entre cinco o seis formaciones, una continuación de la gran coalición existente será la opción más estable. Dado que una renovación de la coalición entre democristianos y liberales no conseguiría obtener una mayoría y que la AfD es considerada como una paria en el «establishment» político, un Ejecutivo de centro derecha no estará entre las opciones posibles de Gobierno. Angela Merkel tendrá que volver a mirar hacia SPD para que le ayuden a restablecer una mayoría cómoda.

Pero, ¿implica esto que Alemania se va a convertir en «el líder del mundo libre» o, más modestamente, en el de Europa? Merkel es una «superpotencia» como líder del partido (algo que consigue derrocando a rivales potenciales), una hábil estratega como líder del Ejecutivo alemán (apropiándose de las proposiciones de la oposición) y una jefa de Gobierno un tanto reluctante en Europa (tratando de mediar en los conflictos a la medida que estos surgen). El simple hecho de que su estilo político sea de un pragmatismo tan humilde, poco romántico y escéptico la cualifica para los tres tipos de liderazgo. Pero esto es también la razón de que ella tenga claro que el nivel de poder que uno ejerce disminuye a medida que se pasa de la esfera del interior del partido a la nacional y luego a la internacional.

Alemania es sólo uno de los 28 miembros de la UE y uno de los 19 de la Eurozona, donde el representante alemán suele perder las votaciones en el Banco Central Europeo (BCE). Con el Brexit, Alemania no se hará más poderosa, sino menos. Perderá a un gran aliado y su capacidad para evitar que una mayoría cualificada en el Consejo Europeo pueda aprobar transferencias financieras e intervenciones de mercado.

Alemania continuará siendo uno de los actores clave de la política europea, pero no se convertirá en la potencia económica que decida el futuro de Europa o que rivalice con Estados Unidos (EE UU) bajo Trump. En cuanto al Brexit, los negociadores principales serán un francés, Michel Barnier, de parte de la Comisión Europea, y un belga, Guy Verhofstadt, de lado del Parlamento Europeo. Alemania sólo puede tener la esperanza de que estas negociaciones permitan un «Brexit suave» y no una orgía de mutuo autodeterioro económico y político. Sobre el futuro del euro, las decisiones cruciales serán tomadas por el BCE, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Eurogrupo y los Gobiernos de Grecia e Italia. Los alemanes sólo pueden esperar que no tengan que pagar una parte demasiado grande de la factura, demasiado pronto. Sobre la crisis de los refugiados, Turquía y el resto de países en la ruta de los Balcanes tendrán la clave en lo que concierne al número de refugiados que entran y cruzan suelo europeo. A Alemania sólo la esperanza de que esta situación precaria no se deteriore. En cuanto a la seguridad en Europa del este y en Oriente Medio, Putin decidirá cuánta inestabilidad quiere crear y Trump, cuánta está dispuesto a tolerar. Alemania sólo puede esperar que su política de sanciones con respecto a Rusia sea defendida y muestre algún tipo de efecto, lo que parece poco probable. Alemania debería hacer primero sus deberes invirtiendo más en su capacidad militar. Ésta es, hasta ahora, la reacción germana más clara a la presidencia de Trump, que amenazó con reducir el compromiso de EE UU con la OTAN si los otros miembros no contribuían de manera justa. La lista de asuntos políticos en los que Alemania está bastante alejada de tener la voz cantante continúa. Este año, Alemania tendrá la presidencia del G20. La canciller Merkel será una anfitriona cautivadora en la reunión en Hamburgo en julio de 2017. Los medios de comunicación mostrarán imágenes de la reunión del año pasado, con líderes como Barack Obama, David Cameron, Francois Hollande, Matteo Renzi y otros que ya no están presentes, excepto por la «eterna» Merkel. Pero sólo mantenerse en el poder no la convierte en la «líder del mundo libre».