La heredera de Lula

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La suspensión de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil es el principio del fin de la primera mandataria al frente del gigante suramericano. Elegida por Luiz Inacio Lula da Silva como la sucesora que debía continuar su legado social tras sus dos mandatos, Rousseff podría ser la primera mandataria en caer por «impeachment» –Fernando Collor dimitió en 1992 antes de ser depuesto– si no logra convencer al Senado en las próximas semanas de que no es culpable de los delitos que le imputan. Economista de reconocida capacidad de trabajo, aunque inexperta en la negociación política entre bastidores, Rousseff fue incapaz de lidiar con un Congreso atomizado, de mayoría conservadora que exige contrapartidas –a veces personales– para apoyar sus políticas.

Anclada en los últimos meses en cotas históricamente bajas de popularidad que rondaban el 10%, la presidenta vio su aura política erosionada por los escándalos de corrupción en su Partido de los Trabajadores (PT) y por una recesión que sacó a millones de personas a las calles hasta en seis ocasiones desde que inició su segundo mandato. De temperamento firme, algunos sectores del PT siempre recelaron de su liderazgo, eclipsado por su mentor, Lula, quien la escogió como heredera en detrimento de Marina Silva, la ex senadora que quedó en tercera posición en la última elección presidencial y que ahora lidera las encuestas.

Debilitada por la falta de apoyos en el Congreso, la oposición supo utilizar la controvertida figura de Eduardo Cunha –presidente suspendido de la Cámara Baja e imputado por corrupción– para sacar adelante el proceso de juicio político. Lejos de bajar los brazos, Rousseff prometió «lucha» y, en las últimas semanas, ha tratado de reforzar su imagen de ex guerrillera, de joven marcada por el periodo de activismo político durante la dictadura militar.

Torturada por el régimen castrense con descargas eléctricas y palizas que le dañaron el útero y la dentadura, esta mujer de 68 años, divorciada y madre de una hija, recuerda a sus detractores que jamás fue acusada de lucrarse. Su legado está marcado por la extensión de los programas sociales impulsados por Lula, en especial el de vivienda para rentas bajas y el de Bolsa Familia, una pensión básica que llega a 46 millones de brasileños. Uno de sus grandes fracasos es la gestión de Petrobras, buque insignia de la emergencia de Brasil y cuyo consejo de administración dirigió antes de asumir la Presidencia. Azotada por el mayor escándalo de corrupción de la historia del país, la estatal brasileña está fuertemente endeudada y tiene su credibilidad internacional en jaque, pese a ser gestora de inmensas reservas de petróleo.