Las guerras sucias de Obama

La CIA ha dejado de lado el espionaje para priorizar su programa de ataques selectivos en países remotos bajo la dirección de la Casa Blanca

Obama con su equipo de asesores en materia de seguridad el pasado 31 de diciembre en la Situation room, en la  Casa Blanca, para analizar la posibilidad de un ataque sobre Siria
Obama con su equipo de asesores en materia de seguridad el pasado 31 de diciembre en la Situation room, en la Casa Blanca, para analizar la posibilidad de un ataque sobre Siria

«La CIA obtiene lo que quiere». El presidente Obama zanjó con esta frase una discusión entre altos mandos militares en 2009 después de que el entonces director de la agencia de Inteligencia, Leon Panetta, solicitara a la Casa Blanca una autorización para aumentar la flota de drones (aviones sin piloto) en Pakistán.

Un año después de su llegada a la Casa Blanca, Obama –galardonado en octubre de ese año con el premio Nobel de la Paz–, había impulsado hasta límites insospechados las guerras clandestinas esbozadas en tiempos de George W. Bush tras el 11-S, una ofensiva basada en operaciones selectivas con soldados de élite y drones para asesinar a supuestos terroristas en países lejanos con los que Estados Unidos no está en guerra.

–¿Puede decirme por qué estamos creando una segunda fuerza aérea?–, objetó en varias ocasiones durante ese encuentro el general James Cartwright, segundo jefe del Estado Mayor Conjunto.

Esta escena, recreada por el periodista Mark Mazzetti en su libro «La guerra en las sombras» (Editorial Crítica), revela la influencia que ha ganado la CIA en la Casa Blanca en los últimos años, pero también las suspicacias y tensiones que ha generado dentro de las fuerzas militares estadounidenses el imparable ascenso de esta nueva CIA, donde toda una promoción de agentes se ha adaptado a la guerra. En lugar de centrar su actividad en espiar y analizar la información para prevenir nuevas amenazas, la agencia –creada en 1947– se ha convertido en una fuerza paramilitar, más pequeña y secreta que el Pentágono, que actúa bajo la dirección de la Casa Blanca, explica Mazzetti.

Una máquina de matar

Richard Clarke, responsable de antiterrorismo en los tiempos de Clinton y George W. Bush, fue uno de los arquitectos del programa de asesinatos selectivos ejecutado con drones. En 1999 trató de convencer a los más escépticos de la CIA sobre la idoneidad de estos aparatos: «Si el Predator es derribado –le dijo a un alto mando de la agencia–, el piloto vuelve a casa y se folla a su mujer. Está bien. No hay riesgo de que haya prisioneros de guerra».

Tras el 11-S, George W. Bush firmó un documento que autorizaba a la CIA a matar, rompiendo así la prohibición que había establecido el presidente Gerald Ford en 1976. Lo que empezó siendo «un experimento de laboratorio» tras el atentado contra las Torres Gemelas ha derivado en una práctica institucionalizada, aunque los detalles de las operaciones se ocultan bajo la etiqueta de información clasificada. «La CIA se ha convertido en una máquina de matar, se ha volcado en la caza del hombre, y ése no es el objetivo para el que fue creada», asegura en una entrevista con LA RAZÓN Mazzetti, especialista en seguridad nacional de «The New York Times». En palabras del actual director de la CIA y ex asesor de antiterrorismo de Obama, John Brenan, Estados Unidos no depende ahora del «martillo» sino del «escalpelo».

Cuando Bush declaró «la guerra contra el terror» en 2001, Estados Unidos disponía de una flota de unos 50 aviones no tripulados. A finales de 2012 ascendía a 7.500 aeronaves. El programa de asesinatos ha dejado al menos 4.700 muertos, incluidos civiles, según datos revelados por el senador republicano Lindsey Graham en enero. «A veces se mata a inocentes, y es algo que odio, pero estamos en guerra», explicó el legislador sobre los ataques con aviones no tripulados.

La Comisión del 11-S recomendó en 2004 que la CIA abandonara las acciones paramilitares para no duplicar el trabajo que ya hace el Pentágono. El presidente Bush hizo caso omiso y hoy tanto la agencia como el Mando Conjunto de Operaciones especiales (JSOC, en sus siglas en inglés) actúan en paralelo en países como Yemen, mientras que en otras zonas se reparten el trabajo: Libia, para el Pentágono, y Pakistán, para la CIA.

Luz verde para asesinar

Pakistán es precisamente el país más bombardeado con drones norteamericanos. Desde 2004 se han registrado 376 ataques y entre 2.500 y 3.600 muertos, según las cifras publicadas por la organización británica Bureau of Investigative Journalism.

Los abogados de la Casa Blanca han escrito memorandos para justificar que los asesinatos en terceros países por parte de la CIA y del Mando Conjunto de Operaciones Especiales no violan la prohibición del presidente Ford. «Igual que Bush redefinió el concepto de tortura, los asesores de Obama dieron luz verde a la CIA para asesinar a personas a miles de kilómetros de distancia», explica Mazzetti.

Durante la etapa de Panetta como director de la CIA, Estados Unidos protagonizó más operaciones encubiertas que en ningún otro momento de su historia. Panetta fue más lejos que cualquiera de sus antecesores en Langley al poner en la lista de objetivos a un ciudadano norteamericano, el clérigo Anwar al-Awlaki, abatido en Yemen en 2011 con una bomba lanzada desde un dron. El periodista Jeremy Scahill, que ha investigado a fondo este caso en su libro «Guerras sucias», asegura que no existía ningún cargo criminal contra Aulaki.

EE UU tampoco ha tenido reparos en externalizar la guerra en países en los que no tenía muy claro cómo actuar frente al avance del terrorismo islamista. Es el caso de Somalia, donde confió el trabajo de Inteligencia a una rica heredera de Virginia que tenía una empresa de seguridad dedicada a matar terroristas de Al Qaeda en el Cuerno de África. Michelle Ballarin, conocida por los piratas somalíes como «Amira» («Princesa»), logró convencer a los oficiales del Pentágono para llevar a cabo operaciones encubiertas de la Inteligencia norteamericana en este país. Ballarin quería «reconstruir» Somalia y poner en marcha nuevos negocios, estableciendo para ello alianzas con los señores de la guerra, líderes tribales y políticos bendecidos por Occidente. Un caso que demuestra el caos que impera en la zona, como se ha visto recientemente en la operación de los marines estadounidenses para capturar a un islamista de Al Shabaab.

Descolocados

Los efectos de este nuevo juego de la CIA se vieron durante la Primavera Árabe. Centrada en la caza del hombre, la agencia –dice Mazzetti– no tenía suficientes agentes espiando, ni oficiales de caso sobre el terreno cuando comenzaron a sucederse las revueltas en 2011 por todo Oriente Próximo, desde Túnez a Egipto pasando por Libia. Además, está el dilema que planteó Donald Rumsfeld en 2002, sobre si esta estrategia estaba generando más terroristas de los que estaban matando.

El programa secreto de asesinatos ha sido denunciado por organizaciones de derechos humanos. El pasado mes de enero, el responsable de Naciones Unidas para Contraterrorismo y Derechos Humanos, Ben Emmerson, anunció la apertura de una investigación sobre los ataques norteamericanos en Pakistán y Yemen, especialmente de aquellos en los que murieron civiles. En su declaracion, la ONU recordaba que EE UU combate al terrorismo en una guerra asimétrica sin fronteras y sin ejércitos regulares y advertía de que eso no le exime de cumplir las leyes internacionales. Salga lo que salga de la ONU, esta nueva forma de hacer la guerra parece tener un gran futuro. Hasta 70 países tienen en su poder «drones» armados, por tanto ya no es monopolio de Estados Unidos. Mazzetti alerta de que cada vez más naciones usarán el mismo pretexto que Washington para llevar a cabo operaciones militares secretas en terceros países.