May mantiene a su núcleo duro en un año decisivo para el Brexit

La falta de autoridad de la «premier» le impide relevar a sus críticos en el Gobierno y nombra al eurófilo Lewis presidente de los «tories».

Theresa May posa con el nuevo presidente del Partido Conservador, Brandon Lewis (a su dcha.) y el vicepresidente, James Cleverly (izda.), junto a sus equipos a las puertas de Downing Street
Theresa May posa con el nuevo presidente del Partido Conservador, Brandon Lewis (a su dcha.) y el vicepresidente, James Cleverly (izda.), junto a sus equipos a las puertas de Downing Street

La falta de autoridad de la «premier» le impide relevar a sus críticos en el Gobierno y nombra al eurófilo Lewis presidente de los «tories».

La «premier» Theresa May prometió comenzar el año con cambios. Pero los cambios han sido relativos porque en la reestructuración que hizo ayer de su Gabinete se mantienen todos los pesos pesados. En definitiva, Amber Rudd, que hizo campaña por la permanencia en el bloque, continúa como titular de Interior, los euroescépticos Boris Johnson y David Davis, se quedan al frente de Exteriores y Brexit, e incluso el eurófilo Philip Hammond, sobre el que existían más dudas, permanece como responsable del Tesoro. En el que será un año decisivo en las negociaciones con la UE, la renovación no supone por tanto un gran cambio ante Bruselas.

Tras perder la mayoría absoluta en junio, May sigue sin autoridad en la formación para llevar a cabo grandes modificaciones. Pero, de alguna manera, la «premier» quiere dar un aire nuevo al partido y se espera que hoy se produzcan nombramientos de mujeres y minorías éticas para puestos menores. No en vano, las féminas solo ocupan actualmente seis de los 23 cargos del Gabinete.

La reestructuración del equipo era algo inevitable después de que, a finales de año, Damien Green, su «número dos», se viera obligado a dejar su cargo por la gran cantidad de material pornográfico encontrado en el ordenador de su despacho en la Cámara de los Comunes. Su salida marcó la tercera renuncia en el Gobierno en apenas mes y medio. El que fuera ministro de Defensa, Michael Fallon, dimitió en noviembre por el escándalo de abusos sexuales que asola Westminster y, pocos días después, Pitri Patel también renunció como responsable de Desarrollo Internacional por ocultar sus reuniones con altos cargos del Gobierno israelí. Con todo, la dimisión más significativa fue la de Green, al ser amigo personal de la «premier». Green era secretario de Estado para la Oficina del Gabinete y primer secretario de Estado, puesto que equivalía a viceprimer ministro. Tras el varapalo electoral, May necesitaba más que nunca a alguien de su máxima confianza.

Pero ahora no está previsto que la líder «tory» nombre a nadie para el puesto de «número dos» gubernamental porque David Lidington, antiguo secretario de Estado para Europa y ex líder en la Cámara de los Comunes, fue elegido ayer para sustituir a Green sólo como nuevo secretario de Estado para la Oficina del Gabinete.

Por otra parte, May nombró al eurófilo Brandon Lewis como nuevo presidente del Partido Conservador y ministro sin cartera. Como vicepresidente de la formación, estará el euroescéptico James Cleverly. En el que será un año clave para el Brexit, la «premier» intentó guardar en todo momento un equilibrio entre aquellos que apuestan por cortar radicalmente los lazos con Bruselas y los que prefieren mantener una relación lo más cercana posible. Con todo, las negociaciones con el bloque no se plantean como el único reto: la líder «tory» podría verse obligada a suspender la autonomía de Irlanda del Norte, donde no existe Gobierno desde enero de 2017 ante la incapacidad de los católicos del Sinn Fein y los protestantes del DUP de llegar a un acuerdo de coalición.

En este sentido, el nombramiento de Karen Bradley como nueva ministra de Irlanda del Norte, podría suponer un aire fresco a la provincia. Bradley sustituye a James Brokenshire, quien ayer presentó su dimisión al anunciar que será sometido a una operación de pulmón.

El Ejecutivo central ya se ha visto obligado a iniciar los trámites para imponer un presupuesto a Belfast. De esta manera, Westminster se acerca cada vez más a gobernar la provincia desde Londres, una situación que no sólo amenaza el acuerdo de paz de Viernes Santo de 1998, sino que incrementa la tensión que se vive en la región por la salida de la UE. La frontera entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda es la única frontera terrestre que quedará entre los británicos con los Veintisiete tras la salida de Reino Unido del bloque.

El Gobierno de May quiere evitar a toda costa tomar el control de la provincia. De hecho, ha ampliado en varias ocasiones el plazo para que las dos formaciones más votadas en las elecciones norirlandesas del pasado mes de marzo lleguen a un acuerdo. Pero, a día de hoy, éste singue sin producirse. Las demandas de los católicos del Sinn Fein para conseguir una legislación que otorgue un estatus oficial al idioma irlandés se han convertido en el principal escollo. Aunque las formaciones también están divididas ante el matrimonio homosexual –el DUP se opone a legalizarlo– y la financiación de nuevas investigaciones sobre los fallecidos en la época conocida como los «Troubles».