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¿Qué ocurre en República Centroafricana?

El obispo Juan José Aguirre, la voz española en República Centroafricana, explica “el auténtico calvario” que se vive en el país, en el que la violencia marca el día a día debido a una “guerra de intereses económicos”

  • Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, en una imagen de archivo
    Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, en una imagen de archivo

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22 de mayo de 2019. 18:25h

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El asesinato de la española Inés Nieves Sancho en República Centroafricana ha conmocionado a toda la comunidad de misioneros. De momento, se descartan los motivos políticos detrás de la atroz muerte de la misionera de Burgos. Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, lleva 38 años en República Centroafricana, un país al que llegó con tan solo 27 años como misionero comboniano. “Al principio, los primeros 33 años, fueron muy tranquilos. Los últimos han sido una miseria”. Aguirre, al frente de la diócesis de Bangassou, reconoce que la llegada de la milicia Seleka, desde el norte, financiados por Arabia Saudí y otros países musulmanes, así como grupos paramilitares de Sudán, Chad, Níger, “nos han producido un auténtico calvario”. El obispo, nacido en Córdoba, asevera que quisieron “presentar la situación como una lucha entre musulmanes y no musulmanes, pero venían con una agenda muy marcada: las materias primas como el oro, manganeso, coltán, los diamantes, el petróleo si lo hubiera, cabezas de ganado...”. Reconoce que claro que había discusiones entre musulmanes y no musulmanes, pero “esto es una guerra de intereses económicos”. “Tras su llegada al poder, lo hicieron tan mal, que generaron un montón de resentimiento, sobre todo entre los no musulmanes. Así nació la milicia Antibalaka, que luego se comportaron de manera criminal, incluso peor que ellos”. En suma, “Seleka y antibalaka siguen en disputa. Los Seleka controlan el 60% del país a través de unos señores de la guerra, fundamentalistas islámicos. Todos localizados donde hay minas de oro y de diamantes”. Los Antibalaka, que esperamos que se vayan disolviendo y apagando (son jóvenes mal armados y mal encarados), con ayuda de las misiones de la ONU aquí. Nosotros también estamos trabajando con ellos, con aquellos que tienen shock postraumático, que tienen sangre en las manos... Mujeres violadas”. La situación está mucho peor que antes, explica Juan José Aguirre a LA RAZÓN en una de sus últimas visitas a España, en la que participó en una de las actividades organizadas por Encuentro Madrid.

“Asimismo, en 2018 llegó Vladimir Putin. Los militares no llegaron como militares, sino a través de una agencia. Los mercenarios venían por su cuenta, pero con el respaldo del Gobierno ruso. Llegaron con sus Antonov, llenos de armas y empezaron a armar a los soldados centroafricanos (las Fuerzas Armadas Centroafricanas, FAC). Se saltó todos los embargos de armas. El presidente centroafricano viajó a Rusia y firmó acuerdos de explotación minera de diamantes. Y es que Putin no es ninguna hija de la caridad. Ahora también estamos en manos de Putin”.

“Estados Unidos también ha llegado con dinero para establecer campamentos militares, y con ellos llegaron los israelíes con sus armas; China ya aterrizó hace diez años en busca de oro... Cuando dos elefantes se pelean, la que más sufre es la hierba, que está bajo sus pies. Y estos “elefantes” luchan porque están buscando materias primas como depredadores. Además, Arabia Saudí, nos está haciendo llegar ahora gente huida de Siria, de Raqa, gente del Estado Islámico, que ya están llegando aquí, lo que también nos mete el miedo en el cuerpo”. El conflicto se ha internacionalizado. “Además, ahora las guerras ya no son de trincheras, son del terror. Se usa la violación, como arma de guerra, el hambre, como arma de guerra”.

El obispo confiesa que en mayo de 2017 vivieron uno de sus peores momentos en Bangassou. “Nos quedamos solos. Araba Saudí quería dividir el país en dos para que una parte mirase a la Meca. Vinieron a mi diócesis. Todas las ONG se fueron. Nos quedamos solos la misión católica. Muchas veces la Iglesia es la última que apaga la luz”. Confiesa. Y recuerda esos momentos de alta tensión cómo cuando en la mezquita de Bangassou había dos mil musulmanes a los que iban a matar a cuchillo. Los cascos azules tenían que protegerlos, los juntaron en la mezquita, y desaparecieron. Los dejaron delante de 300 francotiradores, que disparaban contra una mezquita llena sobre todo de mujeres y niños. Yo me fui con mis curas, frente a la mezquita para pedir que no disparasen. Tres días de calvario. Sacando muertos de la mezquita para que no estuvieran con los vivos. Haciendo fosas comunes. Al final, llegaron cascos azules, esta vez, profesionales portugueses, y ellos echaron a los francotiradores antibalaka. Pidieron a los musulmanes dónde querían ir y dijeron a la misión católica. Desde entonces están en el seminario menor, a cien metros de la catedral, 1.500 musulmanes”. En este sentido, muchos antibalakas, los no musulmanes, les acusan de ser “traidores” por dicha acogida.

Aguirre reconoce que es muy vulnerable. “Aguanto porque tenemos proyectos. Yo no les voy a abandonar. Tengo personas con demencia senil, enfermos terminales de Sida, más de 1.000 huérfanos... Yo no les voy a abandonar. El pueblo de Dios está allí y yo me quedo con ellos”. Aunque reconoce que a veces pasa miedo, y le rozan las balas, "tengo miedo. Pero no soy diferente. Quiero estar con mi pueblo y no huir en el momento en el que llega el lobo. Soy pastor de mi pueblo”, concluye el misionero.

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