Política

Rabia contra las élites

LA RAZÓN vivió ayer junto a varios «chalecos amarillos» una nueva jornada de movilización en el centro de París contra las políticas de Macron. «El hartazgo viene ya de la época de Hollande, pero al menos él era un poco más humilde», dice Richard, un joven del extrarradio de la capital que encarna la indignación de los sectores sociales que se sienten abandonados por el Gobierno.

LA RAZÓN vivió ayer junto a varios «chalecos amarillos» una nueva jornada de movilización en el centro de París contra las políticas de Macron. «El hartazgo viene ya de la época de Hollande, pero al menos él era un poco más humilde», dice Richard, un joven del extrarradio de la capital que encarna la indignación de los sectores sociales que se sienten abandonados por el Gobierno.

Gilles, un empleado de 48 años en una fábrica de cosmética de la región de Picardía, se ha levantado a las seis de la mañana para conducir hasta París con tres amigos de su localidad, Compiégne, a un centenar de kilómetros al norte de la capital. Querían estar a primera hora en la nueva jornada de movilización de los «chalecos amarillos», el movimiento de protesta sin líderes iniciado por clases medias y bajas contra la imposición de una ecotasa para pagar la transición energética.

Gilles y sus amigos madrugaron a sabiendas de que esta vez se encontrarían controles en las carreteras y en los accesos a París. «Nos han registrado cinco veces para llegar, nos han quitado hasta las botellas de agua. ¿De verdad tenemos pinta de vándalos?», nos pregunta retóricamente mientras nos pide nuestra tarjeta de prensa. «Lo siento pero desconfíamos de la prensa, estáis manipulando mucho el movimiento haciéndonos pasar por vándalos a todos», dice.

El grupo de Gilles viene a manifestarse a París desde una de las regiones más castigadas por la desindustrialización durante los últimos lustros en Francia. Un 18,2% de la población de esta región tiene que vivir con menos de mil euros mensuales, una cifra récord en el territorio francés. «Conozco a varias personas de mi entorno desesperadas que han acabado suicidándose, en la miseria», añade Gilles.

En una de las avenidas adyacentes al Arco del Triunfo, Kim y Richard, una pareja de «chalecos amarillos» treintañeros llegados del extrarradio de París, relatan otra realidad insertada en el movimiento: la de los funcionarios de los hospitales, que llevan meses protestando contra la reorganización que plantea una de las próximas reformas de Macron, y que ahora han confluido en este movimiento que ha puesto contra las cuerdas al presidente galo. «Hay un hartazgo colectivo de varios sectores. Nosotros, los agricultores, los estudiantes... y ahora con los chalecos sí podemos ejercer una verdadera presión sobre el Gobierno para que las cosas cambien», cuenta Richard, que afirma que si estallan actos violentos abandonará este perímetro de los Campos Elíseos, pero al mismo tiempo justifica que se produzcan: «Hemos llegado a un punto con Macron que puedo entender la desesperación y los brotes de violencia. El hartazgo viene ya de la época de Hollande, pero al menos él era un poco más humilde».

La imagen de Macron como presidente arrogante desconectado de esa Francia que no llega a fin de mes es quizás el denominador común de este movimiento tan heterogéneo. Pero a partir de ahí el análisis se vuelve más complejo porque a esta Francia que lo pasa mal también se suman populismos de diverso pelaje como analiza para LA RAZON el profesor de Sociología de la Universidad de Nanterre, Pedro José García, que lleva décadas observando los movimientos sociales que se producen en este país. «Hay padres de familia para los que la injusticia fiscal se ha vuelto insoportable, pero también profesionales de la pesca en río revuelto para los que la caricatura y la polarización se vuelven caldo de cultivo para sus proyectos políticos. El protagonismo de personajes como Mélenchon (el líder de la izquierda radical), el «chaleco amarillo» negacionista antisemita que hizo la última portada de la revista «Paris Match» y el presentador de noticias ruso que aprovecha para salir con un chaleco amarillo a su lado, es analíticamente pertinente». García subraya así toda forma de populismo que aprovecha la coyuntura para vestirse de amarillo fluorescente y reivindicar la heroicidad de la causa. «Lo de la Francia invisibilizada me parece un subterfugio para dotar de heroicidad un momento de la actualidad y construir una épica, dramatizarla con identidades fuertes, de las que el tiempo se encarga de demostrar su maleabilidad», señala.

Ejemplo de una joven que vive en esa Francia de provincias que viste de amarillo es Virginie. A sus 35 años trabaja como teleoperadora de una compañía de telefonía móvil y es madre de dos hijos. Gana el salario mínimo, 1.200 euros netos, y descontando alquiler y gastos fijos mensuales le quedan 300 para sobrevivir con sus hijos. Se adhirió al movimiento desde el principio y considera que las concesiones que ha hecho el Gobierno francés durante la última semana, como la supresión del aumento de las tasas de carburantes para 2019, llegan tarde y mal. «Lo que proponen para calmarnos es poco. Hay que revisar el salario mínimo y las pensiones y no dedicar sumas astronómicas al cambio de vajilla del Elíseo», se queja.

Desde hace semanas no son pocos los analistas que se esfuerzan por encontrar, con mayor o menor acierto, las conexiones entre el movimiento de los «chalecos amarillos» y otros acontecimientos revolucionarios del pasado en Francia. Desde mayo del 68 hasta la Revolución Francesa. Mathilde Larrère, historiadora y una de las máximas expertas en movimientos revolucionarios en Francia, explicaba esta semana en las páginas de «Le Monde» que a diferencia de otras movilizaciones de tipo obrero conectadas con resortes sindicales, la de los «chalecos amarillos» es una «movilización de consumidores», de personas que comparten una experiencia de no llegar a fin de mes porque han visto su poder adquisitivo disminuir año a año mientras los impuestos crecían. «En la Edad Media era el precio del pan, ahora es el de la gasolina, pero ese malestar de consumo es común», admite.

Tampoco faltan quienes tratan de estabelecer una relación entre los chalecos y el 15M español, aunque en este caso la mayoría de expertos coinciden en que sociológicamente no se trata de las mismas bases. Los indignados tenían mucho más peso entre los jóvenes urbanitas, diplomados preocupados por la falta de oportunidades. Los «chalecos», en cambio, representan a todos esos empleados precarios de la Francia de provincias que han experimentado de forma directa cómo las sucesivas administraciones han ido recortando las inversiones públicas en estas zonas, siendo Macron el máximo exponente de las élites de París.