Internacional

Si desaparece el euro, caerá Europa

Bruselas no deja de ser para EE UU sino una máquina de funcionarios que nada tienen que decir a lo que está en fase de conformarse como el nuevo orden mundial del siglo XXI.

Bruselas no deja de ser para EE UU sino una máquina de funcionarios que nada tienen que decir a lo que está en fase de conformarse como el nuevo orden mundial del siglo XXI.

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A mediados de 2010, la canciller Angela Merkel aseguró que «si colapsa el euro, la idea de la Unión Europea desaparece». Para Merkel, como para otros dignatarios, Europa es un concepto económico, lejos de los postulados de los llamados «padres de Europa», cuyo proyecto sustentaba la idea de una comunidad supranacional sin divisiones ni luchas sangrientas. Para lo cual era preciso mantener unos sólidos principios de solidaridad, libertad y entendimiento entre los distintos pueblos que la formaban, que pensaba alcanzarse con fondos estructurales para ayudar a los países con problemas.

Aunque fuera Churchill el primero en hablar de unos Estados Unidos de Europa, fue Schuman quien promovía la visión de una Europa unida políticamente, pero fundamentada en la responsabilidad de sus miembros y en crear un espacio de solidaridad común que él llamaba «el alma de Europa». Una idea más avanzada que simples acuerdos sustentados en una economía común. En realidad, con sus dificultades, sugería volver a las raíces de la civilización judeo-cristiana que se encuentran escondidas en el hecho europeo.

Hoy, sin embargo, todo se reduce al euro. Y Europa no vive sus mejores momentos. Lejos de ser esencial en el conflicto global que se organiza entre Estados Unidos y China, la UE nada tiene que decir ni aportar. Incluso la nueva Administración americana, con su presidente a la cabeza, ignora el papel de la Unión Europea y se presenta en Londres para ahondar aún más en la brecha del Brexit. Bruselas no deja de ser para EE UU sino una máquina de funcionarios que nada tienen que decir a lo que está en fase de conformarse como el nuevo orden mundial del siglo XXI; cuyo escenario, aparte de ser global, se manifestará en toda su crudeza en el Océano Índico y en el Pacífico; es decir, entre el Sureste Asiático y la geopolítica del permanente «arco de crisis» de Oriente Medio, con Irán y Rusia ocupando los espacios que puedan o les permitan.

Se cierne sobre el euro una nueva crisis de la mano de Italia, cuyo Gobierno hace caso omiso a las recomendaciones o «exigencias» que vienen de la Comisión Europea para que equilibre sus cuentas públicas. Una situación que habla de la precaria validez de los Acuerdos de Maastricht. ¿Piensa alguien que la Comisión pondría sanciones a Italia por no cumplir sus postulados? Si así fuera, debería hacer lo mismo con Francia, por poner un ejemplo. Y si al final se decidiera imponer unas sanciones, ¿alguien piensa que Italia las asumiría? El desafío entre la Comisión y los grandes países europeos, en este caso Italia, está servida. Sin embargo, el Banco Central Europeo (BCE), que actúa al margen de la Comisión, bien podría tomar otras decisiones, como, por ejemplo, lanzar un programa de compras de emisiones del Tesoro italiano, aunque estas deberían ser aprobadas dentro del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE). Una situación que podría abrir una confrontación entre Alemania y Francia frente a Italia. En cualquier caso, fueran aprobadas tales ayudas o fueran rechazadas, la Unión Europea y el euro entrarían en una grave crisis. De ahí las voces en Italia que, como amenaza, se lanzan para volver a la lira y salir de la moneda única. Una crisis latente de gran envergadura que, al parecer, a nadie, al menos en España, preocupa.

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Da la sensación, de que Europa se configura de una manera distinta a la que hemos visto en los últimos decenios. Con la solidaridad perdida, sin ese «alma vital» del que hablaba Schuman, surge la posibilidad cierta de que los países del centro (Alemania y Países Bajos, especialmente) caminen en una dirección, dejando a los ribereños del Mediterráneo ir por otro lado. Una Europa, no ya en dos velocidades, sino quizás de tres o cuatro. Con Reino Unido fuera del proyecto europeo, al lado de EE UU, o quizás también de China, con alemanes y holandeses cansados de mantener a los que vivimos en el sur, y con el este más cerca de los alemanes que de nosotros, surge la duda razonable de que Europa, poco a poco, se vaya separando de lo que fue un proyecto común. El euro en este caso sería poco para volver a una unión perdida. Una situación que podría llevarnos a la sorprendente realidad de ver aparecer de nuevo el florín holandés, el marco alemán, o la lira italiana que, con la libra inglesa, conformaran un nuevo espacio monetario sin ligazón con una Europa unida más allá de un comercio interno que debilitaría a los países más endeudados. Y es aquí, donde, en este nuevo escenario, aparecerían todas las debilidades de España, que entraría en una crisis sin precedentes: a la que el hundimiento económico añadiría su hundimiento como país. Esperemos que todo esto no suceda aunque allá por el horizonte parece que se perciba venir una bandada de cisnes negros.