«Son gente fuerte, pero no olvidarán esta tragedia»

Los vecinos asimilan el peor atentado en más de una década y se vuelcan con las víctimas

Gemma Batey y su hija Ella, y Rachekl Crowcroft con su hija Ellie, estuvieron en el concierto de Manchester
Gemma Batey y su hija Ella, y Rachekl Crowcroft con su hija Ellie, estuvieron en el concierto de Manchester

El Manchester Arena amanecía ayer cerrado y escoltado por prensa de todo el mundo. La imagen nada tenía que ver con la que ofrecía el lunes por la tarde, cuando miles de jóvenes se metían ilusionados en el recinto.

La artista Ariana Grande acababa de terminar la última canción de un concierto, cuya entrada había supuesto para muchos adolescentes su mejor regalo de cumpleaños. Las luces se habían encendido y 18.000 asistentes del «show» se dirigían poco a poco hacia la salida. Y, de repente, una gran explosión. Silencio por unos segundos y luego el caos más absoluto con mareas de gente que separaban cual tsunami a grupos de amigos, familias, padres e hijos.

El Manchester Arena amanecía ayer cerrado y escoltado por prensa de todo el mundo. La imagen nada tenía que ver con la que ofrecía el lunes por la tarde, cuando miles de jóvenes se metían ilusionados en el recinto. Nada hacía presagiar entonces que iban a vivir el peor ataque terrorista registrado en suelo británico en más de una década.

Tras el ataque para muchos empezaban luego las largas horas, horas que no terminan, que no dejan empezar el duelo, que confunden tus sentidos y te engañan, que te meten en la tripa una esperanza que te arrastra a pensar que aún le vas a ver con vida. Horas que agotan, que vuelven loco. Horas en las que uno no asimila, porque no se puede asimilar, que su hijo ha sido asesinado en un atentado.

El Ethiad Stadium, donde juega el Manchester City, está alejado del centro de la ciudad. Pero no era la distancia lo que explicaba el horrible silencio que reinaba ayer a su alrededor. Más de 24 horas después del ataque, había familias que aún seguían sin tener noticias de los suyos. Y 24 horas pasan muy lento, una tortura sin recompensa porque al final sólo queda reconocer un cuerpo.

John Morris, responsable del equipo de la Cruz Roja que ayer se encontraba en el estadio para dar apoyo psicológico a estas familias, aseguraba que «nadie puede imaginarse todas las emociones que se viven ahí dentro». «Pasan por muchas fases, están agotados y sólo quieren terminar de una vez con esto. Pero al mismo tiempo, la incertidumbre les hace a muchos cogerse a un fino hilo de esperanza. Y es muy duro porque tú sabes que si han pasado tantas horas, el final que les depara no es bueno», explica a este periódico.

«Nosotros trabajamos en muchos episodios trágicos, pero cuando hay niños involucrados es todo aún más complicado. Algunas víctimas sólo tenían ocho años», señala.

Las medidas de seguridad impiden a la Prensa acercarse a la puerta, pero a través de los grandes ventanales, uno es testigo de caras con miradas perdidas, de lentos paseos pegados a un móvil, de abrazos.

Cojo un taxi camino al centro. Su conductor, Kaluh, es originario de la India. Si hay una palabra que defina la ciudad de Manchester es diversidad. «Cuando escuché lo que estaba pasando por la radio, me acerqué corriendo al Manchester Arena. Es algo que te sale natural. Sabes que tienes que ir allí. Había muchas chicas con ataques de ansiedad. Llevé a un grupo al hospital. Una tenía la pierna ensangrentada. Estaban preocupadas porque no tenían dinero para pagarme, pero eso es en lo último que piensas. Las dejé en el hospital y fui a recoger a más gente», matiza. «Los británicos son gente fuerte. Se sobrepondrán, pero no olvidarán esto», añade.

Uno de los héroes de la dura jornada del lunes fue un sin techo de 33 años. Chris Parker estaba en la zona del estadio, donde normalmente pide. «Escuché un bang, vi una luz blanca, después humo y luego escuché a la gente gritar». Entonces, en lugar de correr, el instinto de Parker le dijo «que volviera e intentar ayudar». Había gente por el suelo en todas partes. «Vi a una niña pequeña, sin piernas que había perdido a su madre», y le retiró la metralla de su cara. También ayudó a una señora de 60 años que murió en sus brazos.

Johana no puede reprimir las lágrimas cuando pregunto si conocía alguien afectado. «Mi amiga estaba allí con sus sobrinas de 14 y 15 años. Están bien, salieron unos minutos antes... pero hay muchas personas que han muerto. Y esos niños, ¿qué culpa tienen de nada?». Su marido la abraza mientras se guarda un minuto de silencio en Albert Square, donde ayer se celebró una vigilia. Tras recordar a las víctimas, centenares de personas empezaron a corear «Manchester, Manchester, Manchester. Aquí seguimos unidos».