Historia

«Vivos se los llevaron, vivos los queremos»

Campesino de profesión, muestra una foto de su hijo, uno de los 43 estudiantes secuestrados. «Creo que Jhosivani está vivo», sostiene sin perder la esperanza.
Campesino de profesión, muestra una foto de su hijo, uno de los 43 estudiantes secuestrados. «Creo que Jhosivani está vivo», sostiene sin perder la esperanza.

Los padres de los 43 alumnos mexicanos desaparecidos mantienen la protesta y desconfían de la eficacia del Gobierno

Lágrimas en el rostro, desolación y desesperación invaden a cada uno de los familiares de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos el pasado 26 de septiembre en el estado mexicano de Guerrero. Historias son muchas, pero sólo una es la que los familiares esperan, la historia de la aparición y del regreso a casa de los alumnos. A pesar de que las esperanzas de verlos vivos se van agotando, lo único que les queda es la fe.

Margarito Guerrero, de oficio campesino, tiene 65 años. Su hijo Jhosivani Guerrero de la Cruz tiene 19 años y es originario de Omeapa, municipio de Tixtla; es el menor de siete hermanos de una pareja de campesinos, y antes de ser normalista –los normalistas son un colectivo de estudiantes con ideología socialista–quiso ser químico. Don Mago relata que él y su esposa, Martina de la Cruz, no se cansan de buscar a su vástago. El sábado 27 de septiembre, cuando se enteraron de la desaparición de los estudiantes, les dijeron que uno de los dos muertos que se produjeron en los incidentes con la Policía era su hijo.

Pero la esperanza regresó cuando al acudir al Servicio Médico Forense de Iguala, lugar de los hechos, tocaron el cuerpo sin rostro del que les habían dicho que era su hijo. De inmediato supieron que no era Jhosivani. «Este muchacho no es mi hijo», pensó Margarito cuando tocó las manos del cuerpo del joven desollado, que después identificaron como Julio César Mondragón. «Pienso que mi hijo está vivo», comenta mientras observa una fotografía de Joshivani el último día del bachillerato el pasado 2 de julio. Blanca Nava, madre de Jorge Álvarez Nava, otro de los estudiantes desaparecidos, pregunta con voz temblorosa y los ojos rojos: «Oiga, usted que anda en esto, ¿sabe algo?». Una dosis de esperanza invadió su rostro cuando se enteró que el pasado 30 de octubre apareció una narcomanta (mensaje de los cárteles del narco que dejan escrito en una manta o lona a la luz pública) del supuesto secuestrador de los normalistas, apodado «El Gil», quien acusa a varios alcaldes de Guerrero y pide al presidente Enrique Peña Nieto detener a la mayoría del grupo narcotraficante Guerreros Unidos para entregarse. El supuesto secuestrador concluía su mensaje diciendo que los estudiantes «están vivos». La madre asegura que últimamente su hijo solía leer en sus ratos libres. El 20 de septiembre, la última vez que le vio en casa, en Omeapa, recuerda que encontró cortada toda la hierba del corral de gallinas y puercos. Su hijo Jorge lo había hecho.

La madre de Jorge difunde fotos que se pegan por todo el país de «el Coreano», que se ganó el apodo por su delgadez, estatura media, piel clara, pelo lacio y ojos rasgados. En julio y agosto, Jorge planeó irse a Puebla a estudiar Biología, pero eso implicaba distancia y gasto. Entonces solicitó su admisión en la localidad de Ayotzinapa. Y ahí se quedó. Desde entonces sólo ha tenido que dosificar los 4.000 pesos de su última beca «Oportunidades» (que otorga el Gobierno federal) y pedir ayuda a sus hermanos.

Óscar, otro de los estudiantes normalistas, sostiene en las marchas de protesta una manta con las fotografías de sus compañeros. Es amigo de Marco Antonio Gómez Molina, al que los normalistas apodan «Tuntún». «Él es mi amigo –dice y llora por debajo de la manta–, me llevo muy bien con él. Lo conozco desde hace cinco años, compartimos conciertos de rock. Le gusta mucho Saratoga, Extravaganza, los Ángeles del Infierno. Él es de Tixtla y su papá no está, no existe, y su mamá es gente humilde, pero trabajadora». En su relato, Óscar cuenta que Marco Antonio es un chico «bien alegre, que siempre estaba haciendo travesuras, y yo por más que trataba de enojarme con él, no podía: siempre me hacía reír. Él es así, travieso, le gusta mucho bromear. Yo soy serio, pero con este compañero nunca me pude enojar, aunque él moliera», explica antes de que su voz se entrecorte mientas levanta la mirada al cielo para lanzar un grito de desesperación por no encontrar a su entrañable amigo.

Hace unos días los familiares de los 43 desaparecidos se reunieron con el presidente Enrique Peña Nieto durante más de siete horas en la casa presidencial de Los Pinos. Ahí estuvo Felipe García, que acaba de participar en una marcha en Acapulco donde se congregaron 5.000 personas. Su única frase concreta es: «No confiamos en el Estado». Felipe, cuyo hijo Abel García Hernández también está desaparecido, grita: «Vivos los queremos, vivos se los llevaron». Cuenta que durante su encuentro con Peña Nieto «le transmití mi indignación y que quiero que aparezca con vida mi hijo».

Edgar Andrés Vargas, de 19 años, es originario de San Francisco del Mar, en la zona del pueblo huave del Istmo de Tehuantepec, y está hospitalizado desde hace 34 días tras el ataque armado en contra de los normalistas de Ayotzinapa. El padre del joven, Nicolás Andrés Juan, señaló que su hijo recibió un balazo en la boca que le destrozó el maxilar superior y la base de su nariz, por lo que fue internado en el Hospital General de Iguala. El joven estaba en el grupo de estudiantes que fue a apoyar a sus compañeros atacados por la Policía en la ciudad de Iguala, «cuando un grupo armado les disparó en un segundo ataque que dejó herido a Edgar Andrés». Su hijo «casi muere con el balazo en la boca», por lo que pidió que lo trasladen a Ciudad de México para que reciba la atención médica que requiere, ahora que ya se encuentra estable después de la cirugía. También explica que en la escuela normalista rural de Ayotzinapa estudian alrededor de diez jóvenes de la zona huave, ya que representa una alternativa para las personas de muy bajos recursos económicos de la zona del Istmo.

Como ésta hay muchas historias que revelan el clamor de cientos de padres de familia, amigos y activistas que se han sumado a la lucha por los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, cuyo único error fue intentar recabar fondos para acudir a la marcha que se llevó a cabo el 2 de octubre para conmemorar la matanza de estudiantes de 1968 y pasar cerca del templete donde la entonces presidenta del sistema para Desarrollo Integral de la Familia (DIF) de Iguala, María de los Ángeles Pineda, estaba explicando su informe de actividades. Ella y su esposo, el ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca, continúan prófugos de la Justicia. Neupic