El Gobierno noruego violó los derechos humanos de Breivik

La Justicia condena al Estado por el régimen de aislamiento del terrorista

Fotografía fechada el 18 de marzo de 2016 que muestra al ultraderechista Anders Behring Breivik durante su cuarto y último día de juicio en la prisión de Skien (Noruega)
Fotografía fechada el 18 de marzo de 2016 que muestra al ultraderechista Anders Behring Breivik durante su cuarto y último día de juicio en la prisión de Skien (Noruega)

La Justicia condena al Estado por el régimen de aislamiento del terrorista.

La Justicia noruega da la razón a Anders Behring Breivik, el autor de la masacre de Utoya en el proceso abierto contra el Estado por haber recibido un «trato inhumano» en prisión que viola el artículo 3 de la Convención Europea de Derechos Humanos. Según un juzgado de primera instancia de Oslo, los derechos humanos del terrorista han sido vulnerados desde que ingresó en la cárcel hace casi cinco años, un tiempo en el que ha permanecido en régimen de aislamiento al ser considerado «extremadamente peligroso».

«La prohibición de un tratamiento inhumano y degradante representa un valor fundamental en una sociedad democrática. Esto se aplica sin distinciones, también para terroristas y asesinos», afirmó ayer la jueza Helen Andenaes Sekulic. La sentencia destaca que todas sus visitas (excepto la de su madre, que murió en 2013) son de profesionales, y siempre a través de un muro de cristal, «medida de seguridad totalmente exagerada». Breivik vive “en una cárcel dentro de la cárcel”, en “un mundo cerrado” entre 22 y 23 horas al día, y su condición de terrorista no justifica que se le exponga “a una carga mayor de la necesaria”, sostiene el tribunal.

No obstante, la Justicia falló en contra de que las autoridades hayan violado el artículo 8 de la convención, relativa al derecho a la intimidad del preso al vigilar su correspondencia privada, algo permitido si está motivado por la lucha contra el terrorismo o su prevención. El fallo coincide en que el Estado tiene un “interés fuerte” en que Breivik no mantenga ningún contacto con simpatizantes, a los que podría radicalizar e, incluso, formar con ellos una red terrorista. Pese a todo, la jueza condenó al Estado a pagar las costas del proceso, 330.000 coronas (unos 36.000 euros).

Breivik ocupa tres celdas (una para vivir, otra para estudiar y otra para realizar ejercicios físicos) y dispone de una consola de videojuegos, una televisión y un ordenador sin acceso a internet, condiciones que afectan negativamente a su salud, según declaró su letrado durante el juicio. Sólo puede entrar en contacto con los vigilantes y los profesionales que le visitan en la prisión de máxima seguridad de Skien, a 130 kilómetros de Oslo.

Haciéndose eco del fallo, Oystein Storrvik, abogado del asesino de Utoya, señaló que no apelará, ya que cree que ha «ganado en lo más importante», aunque instó a las autoridades penitenciarias a suspender el régimen de aislamiento. “En primer lugar, se le debe permitir [a Breivik] estar en contacto con otra gente”, aseguró Storrik, que no quiso comentar a la Prensa cómo había recibido su cliente el fallo.

La sentencia supone un golpe para el Gobierno noruego, que ha negado cualquier trato inhumano contra Breivik, al que califica de “narcisista alterado ideológicamente”. Marius Emberland, uno de los dos fiscales, admitió ayer estar “sorprendido”, pero no aclaró si el Estado recurrirá el fallo. En un intento para no dar más publicidad al terrorista de extrema derecha, el ministro de Justicia, Anders Anunds, se limitó a subrayar a la televisión pública NRK que entendía el malestar de los noruegos por el veredicto, “pero es importante que también este caso sea manejado de forma normal por nuestro sistema judicial”.

Breivik fue condenado en 2012 a 21 años de cárcel prorrogables tras matar a 77 personas y herir a casi un centenar en un atentado sin precedentes en Noruega. Armado hasta los dientes, el 22 de julio de 2011, este ultraderechista de 37 años hizo explotar una bomba cerca de la sede del Gobierno en Oslo matando a ocho personas, para dirigirse a continuación a la isla de Utoya, donde mató a 69 adolescentes de las Juventudes Socialdemócratas que participaban en un campamento de verano que, según él, «fomentaba el multiculturalismo».

El proceso ha generado consternación entre los noruegos, sorprendidos por las quejas del criminal sobre el café frío y las comidas recalentadas en microondas, que, en su opinión, son «peores que el ahogamiento simulado». Durante las vistas, celebradas en el gimnasio de la prisión entre el 15 y el 18 de marzo, Breivik aprovechó para hacer proselitismo de sus ideas xenófobas y no dudó en entrar en la sala haciendo el saludo nazi. En su alegato, aseguró haber abandonado la violencia y llegó a compararse con Nelson Mandela.

«Personalmente, me parece ridículo, y tanto yo como muchas personas del grupo de supervivientes no deseamos volver a ser el centro de atención de los medios de comunicación. Desearíamos que nos olvidaran», asegura Dag Andre Anderssen. Su testimonio resume a la perfección el deseo de una población que quiere pasar página de unos hechos que pusieron en el punto de mira su modelo de sociedad abierta y democrática.