Peronismo cleptócrata

Desde que llegaron a la provincia de Santa Cruz, los Kirchner sólo han hecho que cumplir con un plan milimétrico para alcanzar la cima del peronismo. La presidenta es ahora todo, pero puede acabar en nada

Amor e intereses. La pareja Kirchner nunca ha diferenciado sus intereses políticos de los personales y, ni mucho menos, de los patrimoniales
Amor e intereses. La pareja Kirchner nunca ha diferenciado sus intereses políticos de los personales y, ni mucho menos, de los patrimoniales

En 1983, el teniente general Bignone (hoy encausado por robo de bebés) encabezaba la que sabía última Junta Militar argentina: derrota en Malvinas, estanflación, repulsa internacional y desempolvamiento de las urnas de madera para dar paso a los civiles. La chusma que trabajó la represión de los milicos, orilleros, la Triple A, soplones, malvivientes, nazifascistas, la patota (la pesada) de la ultraderecha sindical, canas (policías), aún campaban por las noches porteñas en «Ford Falcon» de color verde sin chapas chupando viandantes escogidos. Marta Oyanarte de Sivak, una amiga judía de la clase alta porteña, me visitaba explicando sus insólitos calvarios. Los sicarios del Ejército habían pasado a mano de obra desocupada y tenían un horizonte judicial. Un grupo de tareas secuestró al financista Jorge Sivak, que fue liberado por la Policía Federal, pero tras haber pagado un millón de dólares de rescate. El matrimonio sopesó exiliarse, primando el sentido común de que no se iba a repetir la jugada, que estaban vacunados. Los mismos federales que le habían localizado volvieron a secuestrarle, cobraron esta vez cinco millones de dólares y le dieron un piadoso disparo en la nuca. El hermano de Sivak, hundido en una tristeza maligna, se suicidó tirándose desde la azotea de sus oficinas. Este es un exordio de lo que pasaba y ocurre en Argentina, donde la corrupción de la sangre y el dinero no forman parte del paisaje sino que son el bosque que lo conforma. El texto del contexto.

Los Kirchner, clase media baja, cursaron Derecho en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. A él le arruinó la adolescencia un ojo exageradamente extraviado que nunca quiso operar. Ella, hija de un autobusero, se dejó carcomer por el estéril rencor social (muy de Evita Perón) y ambos se acercaron a los montoneros y a su extravagante proyecto revolucionario de socialperonismo a través de la guerrilla urbana pergeñado por los iluminados Mario Eduardo Firmenich y Vaca Narvaja, que desataron la matanza y la observaron desde Cuba. La pareja no se implicó en nada ni nadie los persiguió, pero pusieron miles de kilómetros por medio bajando hasta el fin de la Patagonia, a la provincia de Santa Cruz, lindera ya con Tierra de Fuego. Abrieron un bufete para actividad tan revolucionaria como escrachar a los morosos como unos cobradores del frac, y descubrieron Calafate. Entre glaciares, junto al rumoroso Perito Moreno, compraron y vendieron terrenos revalorizados como espuma y allí levantaron la casa matriz, el cuartel familiar con bóveda acorazada incluida.

Restablecida la democracia, Ernesto Kirchner con un populismo montonero ya sin riesgos se alzó con la Intendencia (alcaldía) de Santa Cruz y después con la gobernaduría de la provincia, mientras la esposa se hacía con un acta peronista en el Congreso de la Nación. Siempre él como maquinador, la pareja tenía un plan milimétrico para controlar el peronismo, hacerse con la Presidencia de la República y forjar la mayor fortuna de Hispanoamérica. El Pingüino (Santa Cruz es la mayor pingüinera continental de magallánicos) carecía de inhibiciones con el erario hasta el punto de que la caja provincial y los fondos federales los depositó en un Banco de Miami, suceso inédito en la administración pública. El marido llegó a la Casa Rosada con el 23 por ciento de los votos, pero manejó el país como patroncito de estancia y a los argentinos como a gauchos analfabetos. Tras su segundo mandato, instauró una monarquía con la mujer, Cristina Fernández, y los llamaron los Reyes Católicos del Río de la Plata.

La cleptocracia matrimonial ni siquiera era difícil: coimas (soborno-cohecho), porcentajes en la obra pública, el petróleo y el juego, jueces y políticos venales, más la máxima de corromperse corrompiendo. A la postre, los peronistas coreaban en su día: «Putero y ladrón, queremos a Perón». La hoy presidenta gobierna con La Cámpora (el que fuera efímero presidente para retornar a Perón), alegre muchachada, gavilla de indignados, unos 11-M empotrados en los Ministerios, que transmutan el peronismo en chavismo y que han conseguido tener que suplicar petróleo a Venezuela a precio de amigos después de echar a Repsol y desistir del gigantesco yacimiento de Vaca Muerta, en la cordillera. Que la red de corrupción gubernamental esté lavando dinero en Barcelona no será del principal y, además, la presidenta es tan hispanófoba que celebra en sus discursos la crisis española.

¿Cuándo se jodió Argentina?

El grueso de la plata está en Miami, donde siempre han trabajado los Pingüinos. Doña Cristina pretende blindarse enmendando la Constitución para acceder a más mandatos (otra vez Chávez) y suprimir la elección interna de jueces de la Sala del Crimen para designarlos desde el Legislativo. Si logra destruir «Clarín» (la mayor circulación en español) y «La Nación», habrá cerrado el circuito.

Nada nuevo bajo los vientos constantes de las Pampas. Hay una continuidad dispareja entre la viuda Marta Oyhanarte de Sivak y la viuda Cristina Fernández de Kirchner. Un personaje de Mario Vargas Llosa pregunta a otro: «¿Y cuándo se jodió el Perú?». Argentina se jodió cuando en 1931 el general Uriburu dio un cuartelazo contra el presidente democrático Hipólito Solari Yrigoyen. Caudillo de la Unión Cívica Radical (krausistas), «El Peludo» abandonó con lo puesto la Casa Rosada para acogerse a su hija, junto a la que murió pobre y leyendo.