Historia

Estados Unidos

Y se hizo el milagro económico

Hace medio siglo que Kennedy viajóal Berlín dividido para recordar a los alemanes que no estaban solos frente al enemigo comunista

Colas para pedir el permiso para cruzar el Muro
Colas para pedir el permiso para cruzar el Murolarazon

Hace medio sigloque Kennedy viajóal Berlín dividido para recordar a los alemanes que no estaban solos frente al enemigo comunista

«Todos los hombres libres, donde quiera que vivan, son ciudadanos de Berlín y por tanto, como un hombre libre, me enorgullezco de decir ''Ich bin ein Berliner'' [yo soy un berlinés]». Así concluía el 26 de junio de 1963 el presidente John F. Kennedy su histórico discurso ante el ayuntamiento del distrito de Schöneberg de Berlín occidental ante una enfervorizada multitud. La Segunda Guerra Mundial aún estaba muy presente y la amenaza comunista era una realidad cotidiana para los berlineses, que dos años antes habían visto cómo su amada ciudad había quedado dividida por un muro. Y es que los jerarcas de la República Democrática Alemana (RDA) querían acabar a toda costa con el éxodo de su población. Hasta el 13 de agosto de 1961, unos cuatro millones de «ossies» (alemanes orientales) huyeron a Occidente en busca de libertad.

Icono para una sociedad que quería cambiar el mundo, JFK fue recibido entre flores, arroz y serpentinas por una población que aún recordaba la ayuda prestada por Estados Unidos en 1948, durante el bloqueo de Berlín impuesto por Stalin, que junto con el resto de vencedores de la guerra se habían repartido el país derrotado en cuatro sectores. Francia, Reino Unido y Estados Unidos unificaron sus áreas para constituir la República Federal de Alemania, pero Moscú tenía otros planes para la suya. En declaraciones a LA RAZÓN, Holm-Detlev Köhler, sociólogo y profesor de la Universidad de Oviedo, explica que «la visita y el entusiasmo del pueblo berlinés simbolizan la integración de Alemania en Occidente en el marco de la Guerra Fría». «Para los berlineses, rodeados por la amenaza comunista, fue particularmente importante sentir el apoyo y la seguridad», añade. Para Michael Haltzel, experto del Centro para las Relaciones Transatlánticas de Washington, «fue un estallido de júbilo increíble, fue absolutamente brilllante. No recuerdo ninguna otra visita de un presidente estadounidense que tuviese ese tipo de impacto emocional inmediato. Fue fantástico».

Erigido como líder del mundo libre, Kennedy invitó a visitar Berlín a aquellos que aún sentían cierta benevolencia por el sistema comunista. «Hay mucha gente en el mundo que realmente no comprende, o dice que no comprende, cuál es la gran diferencia entre el mundo libre y el mundo comunista. Dejad que vengan a Berlín. Hay algunos que dicen que el comunismo es el movimiento del futuro. Dejad que vengan a Berlín. Y hay algunos pocos que dicen que es verdad que el comunismo es un sistema maligno, pero que permite nuestro progreso económico. "Lasst sie nach Berlin kommen"[Dejad que vengan a Berlín]». «El berlinés era el más agradecido porque sabía que su seguridad dependía de Estados Unidos», explica a este diario Hildegard Stausberg, corresponsal diplomática del rotativo «Die Welt». De ahí que tras morir asesinado en noviembre en Dallas, la Rudolph Wilde fuera rebautizada como John F. Kennedy Platz en su memoria.

Pero el compromiso de Washington con la RFA no se circunscribió exclusivamente a la seguridad. Stausberg recuerda que Estados Unidos patrocinó el nacimiento del marco alemán en 1958 y del Bundesbank, inspirado en la Reserva Federal (FED). Un auténtico regaló sobre el que se basó el milagro económico alemán.

A caballo de este milagro económico («Wirtschaftswunder»), Alemania reconstruyó su economía e inició de la mano de Francia el proceso de integración europea. La reconciliación de los dos eternos enemigos, que se habían enfrentado en el campo de batalla tres veces en 75 años, constituía la única garantía para perpetuar la paz en el Viejo Continente. Durante más de treinta años, Bonn y París se repartieron los papeles. Mientras que Alemania se concentraba en ser la locomotora económica, Francia llevaba la riendas políticas.

Sin embargo, todo comenzó a cambiar tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la reunificación de Alemania en 1990. Según Köhler, «la nueva República de Berlín es otra Alemania, aunque todavía no se sabe cuál. Resurge el peligro de un país demasiado fuerte con ambición de liderazgo político. Alemania es un buen líder económico, pero un mal líder político».

En este sentido, Stausberg considera que Berlín no tiene ninguna ambición hegemónica. «Nuestra fuerza económica nos obliga a tomar decisiones. A Alemania no le interesa humillar a nadie, pero la gente está desorientada con los Gobiernos débiles de otros países como Grecia o Italia».