Los que no se enfadan nunca

Vigilen a dónde se dirige su agresividad que ni se crea ni se destruye, se transforma…

Conocí a un hombre increíble que se llamaba Pablo y nunca se enfadaba; esto me lo han contado los que le conocieron profundamente aunque la verdad es que yo no tuve ocasión de comprobarlo lo primero porque no le di motivos y lo segundo porque no llegamos a estrechar la relación lo suficiente. Por mi parte, he pasado los últimos veinte años pensando que el enfado y la confrontación estaban destinados exclusivamente a las relaciones íntimas, yo diría que a convivientes, que son las únicas relaciones por las que merece la pena una firme puesta en común de los acontecimientos y, ojo, en pequeñas dosis.. Si las personas con las que uno vive se conducen de una manera que nos agrede o nos incomoda, será necesario hacer valer nuestra opinión y nuestros derechos por el bien de la relación o en dado caso para pactar las circunstancias de su final.

Cuestionar al resto de la gente, mostrar enfado e ira en condiciones distintas a la más estricta intimidad siempre me pareció grotesco, primitivo y poco inteligente. Aún me lo parece, yo siempre he sido de enfadarme en casa y siempre me ha parecido un error elemental y muy pueril el discutir. Me refiero a defender una postura airadamente ante otras personas airadas también o no, desde la agresividad y la paranoia, a contender, a acalorarse porque una o más personas no piensen del mismo modo que nosotros en uno o varios asuntos. Vigilen a dónde se dirige su agresividad que ni se crea ni se destruye, se transforma… El debate nos enriquece a todos, la batalla nos empobrece y nos aleja.

Sin embargo, desde la marcha de mi admirado Pablo* este verano (estoy segura de que ahora se encuentra en un lugar mejor) y su pacifismo radical, no dejo de darle vueltas a este asunto, que me resulta profundísimo, y he llegado a convencerme de que el verdadero sabio es manso. ¿Y si enfadarse en general, en casa o en el parque de atracciones, es una redomada pérdida de tiempo, una majadería y una falta de amor hacia uno mismo y hacia quien sea?

Enfadarse denota poca tolerancia, poca paciencia y poca humildad, pero algo mucho más importante, falta de dominio propio… Desgraciadamente para la mayoría del género humano es más fácil dominar a los demás que dominarse a uno mismo e incluso conquistar ciudades ¡imperios! (lo decía Alejandro Magno) que conquistarse uno. Y luego, que no hay nada que interrumpa tanto la felicidad de los demás, pero sobre todo la propia como enfadarnos por lo que no sólo es una heteroagresión sino que es autolítico.

¿Saben? El protocolo, las buenas maneras, la cortesía y la sofisticación formal discurren paralelas y muy cercanas a los preceptos cristianos, no es posible ser elegante desconsiderando a los demás. Hacer sentir bien a los que nos rodean, o no hacerles sentir mal (algo muy parecido a la caridad) es un principio básico en lo que entendemos por corrección. La delicadeza de una sociedad es un indicador de su evolución intelectual y moral. Así como el buen estilo de una persona habla inequívocamente de su entendimiento y su sensibilidad…

Por lo visto la palabra bíblica para mansedumbre no es fácil de traducir al español, por lo que muchas traducciones comunican cierta debilidad que no se encuentra en el original. La verdadera mansedumbre es una fuerza interior inmensa y muy difícil de adquirir, pero entrenable. El manso no se mueve por arrebatos ni pequeñas pasiones porque sabe gestionar sus emociones y controlarlas. La conducta de una persona madura, educada (y por supuesto la de un creyente) debe mostrar entereza y carácter para controlar los impulsos.

La mansedumbre, en psicología asertividad, no nos lleva a la pasividad ni mucho menos a callar ante lo que está mal sino que nos ayuda a interponer nuestra postura mostrando respeto aun cuando no estemos de acuerdo con los demás. La mansedumbre nos lleva a tratar a los demás como deseamos ser tratados: con ternura, respeto y dignidad.

En la Biblia, ser manso no significa ser débil, muy al contrario, el manso tiene un evidente control sobre sus pensamientos y sus sentimientos, lo que le permite poner sus reacciones, y más que eso, su voluntad (porque no se trata de un asunto cosmético, ni de fachada) bajo la total confianza. El manso acepta y descubre que siempre aprenderemos algo de nuestras experiencias vitales porque no hemos venido a estar cómodo sino a elevarnos, hasta el último día, a transformarnos. Esta actitud, que además es infinitamente más divertida y estética que el enfado, protege su corazón de la amargura. Al que espere comodidad de esta vida le auguro incontables y divertidísimos enfados dignos del respetable público.

El manso, no se deja llevar ni reacciona como un animal hambriento bajo las circunstancias. ¿Pero quién es capaz de recordar esto en todo momento? ¿Conocen a muchas personas así? Yo conocí a Pablo y me gustaría parecerme más a él. D.E.P.