En qué creen los ateos

¿Y si lo verdaderamente acientífico y el verdadero acto de fe fuera la negación de Dios?

En qué creen los ateos.
En qué creen los ateos. FOTO: archivo

Hace poco me parecía impensable que una persona inteligente, formada y psíquicamente equilibrada pudiera remotamente creer.

Efectivamente, yo era atea, pero ahora creo, como dice Tangana, y lo hago porque un día me rebelé contra el sinsentido y la flojera intelectual, la posición más cómoda, discúlpenme, y, por ello, la más común actualmente en el mundo civilizado.

En mi caso, por si les interesa, el ateísmo se convirtió en una postura demasiado simple e indolente ¿o puede que negligente? para mis necesidades inmateriales (también para mi sed de conocimiento); paulatinamente comencé a asociar el descreimiento con flaqueza, docilidad y falsa modestia. Al fin y al cabo, ser ateo, agnóstico o creyente, no es garantía de tener un pensamiento más racional (ni científico). Lo que en todo caso nos define y nos sitúa son los motivos por los que lo somos y, desde luego, la solidez y la profundidad de nuestro camino y nuestro análisis porque la mayoría de las perspectivas en la vida espiritual (como en la política) son emocionales y no racionales.

Para una persona que estudia, y que abstrae, ni el ateísmo ni el teísmo son cuestiones elementales, ya que exigen de nosotros una toma de posición ante el enigma (muy pocas cosas de las que creemos puede ser demostradas).

Sin embargo, gran parte del planeta actualmente piensa que la fe es una especie de suicidio intelectual, que Dios no nos ha creado a nosotros, sino nosotros a él, que la ciencia y la religión no pueden ser reconciliadas. No es de extrañar, teniendo en cuenta que la mayoría de los creyentes (y los ateos) tienen una estructura filosófica, tan inmadura e inconsistente, que es, perdónenme, para suicidarse.

¿Y qué hay de las inclinaciones místicas de los ateos? Me divierte muchísimo que, pese a todo, tienen creencias sobrenaturales: la vida después de la muerte, la reencarnación, demonios, ángeles, fantasmas y espíritus, por no hablar del horóscopo… Incluso los que más confían en la ciencia (pero no tienen mucha idea, por supuesto, de epistemología*).

Por suerte algunos científicos de altísimo nivel lo ven de otra manera, el líder del Proyecto Genoma Humano y del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos durante más de una década, Francis Collins, viniendo del ateísmo llegó a la fe cristiana maravillado por sus descubrimientos, hasta el punto de escribir un libro que les recomiendo, “Cómo habla Dios” («El primer sorbo de un vaso de ciencia te hará ateo, pero, en el fondo del vaso, Dios te espera» Heisenberg, creyente y padre de la física cuántica).

Volviendo a Collins, su principal argumento es que el tránsito del ateísmo a la fe, llega precisamente de la mano de la razón y el progreso científico: “Ninguna hipótesis actual se acerca a explicar cómo en el espacio de apenas ciento cincuenta millones de años el ambiente prebiótico que había en la Tierra dio lugar a la vida”

Amigos, ¿Y si fuera al revés? ¿Y si lo verdaderamente acientífico y el verdadero acto de fe fuera la negación de Dios? Tanto en la fe (que no se parece en nada a la superstición) como en la ciencia, existe la confianza en revelaciones anteriores además de la razón y negar a Dios, sin conocer todos los datos (que es como lo hace esa mayoría) y desde un juicio superficial, nacido de la inercia y de la espiral del silencio, no es precisamente científico. No olvidemos que la ciencia nunca niega las posibilidades. ¿Por qué negar la posibilidad más trascendente de nuestra vida?

Robert Jastrow, premio nobel de física y agnóstico (se convirtió al cristianismo a la edad de sesenta años) reconoce que “no se puede negar la idea de diseño” y algunos científicos como Allan Rex Sandage, un conocido cosmólogo que recibió el equivalente al Nobel en su área científica considera “altamente improbable que un orden así proceda del caos, tiene que haber algún principio organizativo. Dios es la única explicación al milagro de la existencia, de por qué hay algo en lugar de la nada”.

¿Saben? Mi pastor Joel Maceiras, agudísimo, dice que tanto el cristianismo como el ateísmo tienen algo en común: falta de compromiso. Muchos cristianos nos comportamos, más veces de lo que nos gustaría, como ateos prácticos. Es imposible no pecar constantemente, pero eso lo hablaremos otro día.

Por su parte, algunos ateos también se precian de cristianos prácticos: “No creo que Jesús fuera Dios, pero era un tipo encomiable, un gran ejemplo y un pensador sobresaliente y bla bla.”. Lo interesante de este absurdo (si Nietzsche levantara la cabeza) es que, si Jesus no es Dios, no hubiera sido más que un despreciable lunático egocéntrico, vanidoso y megalómano: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” Juan 14.6.

Maceiras también dice, y no puedo estar más de acuerdo, que Nietzsche fue el mejor ateo (el más brillante y coherente) de la historia. El filósofo alemán, básicamente decía que, si matamos a Dios, sólo queda el principio del placer, porque el Bien y el Mal no existen, como realidades incuestionables, más allá de lo que a mí me viene bien o me viene mal. Y que eso de la ética y todo su complaciente cortejo no son más que cursiladas propias de cabezas desnutridas intelectualmente, en el mejor de los casos.

*Parte de la filosofía que estudia los principios, fundamentos, extensión y métodos del conocimiento humano