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Dime cómo cocina y te diré como ama

¿Tiene alguna relación nuestra manera de preparar la comida con la forma de besar o de comportarnos en la cama?

¿Tiene alguna relación nuestra manera de preparar la comida con la forma de besar o de comportarnos en la cama?

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La primera vez que mi marido me invitó a su casa a comer y cocinó para mí supe exactamente cómo sería en la intimidad, amigos.

Estaba cocinando mexicano y recuerdo con qué cariño, con qué paciencia y generosidad escogía cada pimiento rojo, cómo lo lavaba, lo secaba y observaba por dónde partirlo; entonces lo seccionaba con la precisión pero sobre todo con el cuidado que pondría un cirujano incidiendo con su bisturí sobre el abdomen de una niña de diez años para extirparle el apéndice.

Una vez abierto, lo analizaba y le quitaba con distintos cuchillos y artilugios las membranas blancas adheridas a las paredes interiores.

Cuando el pimiento estaba perfectamente aplanado y limpio de hebras indigestas por ambos lados lo picaba en juliana tan finamente que el resultado consistía en filamentos, cabellos, todos iguales, todos simétricos en un ritual tan perfeccionista y obsesivo y tan tan paulatino que me desesperaba. Y eso sólo con un pimiento, con el primer pimiento...

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En mi ansiedad, y mientras degustaba un delicioso vino que me había servido como cariñoso y gentil anfitrión (aunque no es lo más indicado para una cena mexicana y menos de tacos), pensé en mi impetuosa forma de cocinar: les aseguro que lo que Felipe estaba haciendo en treinta o cuarenta minutos yo lo hubiera dado por resuelto en cuatro.

Cojo una tabla, pongo encima el pimiento, presiono el rabito hasta que se desprende, lo saco con todas las pepitas; tomo el cuerpo del pimiento, lo parto en dos con un cuchillo filoso, y luego en 4 y luego en 8 y si fuera necesario en 16 aunque no necesito que las tiras del pimiento que después voy a cocinar con carne e introducir en tortillas de maíz sean muy finas ¡Listo!

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Llegó el turno de preparar los filetes con los que Felipe iba a hacer las fajitas. Con ayuda de otro cuchillo los estiraba en otra tabla y los iba partiendo en rectas tan paralelas que aunque esos filetes tuvieran 25 kilómetros cada uno de ellos, las tiras nunca se encontrarían en el tiempo y en el espacio. Desechaba un porcentaje muy alto de la ternera puesto que la examinaba y se limitaba a partir en tiras sólo los pedazos con mayor prestancia.

Pensé que yo hubiera cortado los filetes al completo (detesto el desperdicio) con unas tijeras, desde un principio, y que mientras se doraban ya tendría los pimientos y las cebollas en juliana listos para echarlos a la sartén y que en lo que se hacían, metería las tortillas al micro, las llevaría a la mesa junto con dos micheladas y ya estaríamos cenando.

Tomé un sorbo del vino y encendí un cigarrillo, el humo se trasladó por la estancia hasta Felipe, que aún no había encendido el fuego y pelaba con meticulosidad unos tomates. Yo nunca he pelado, que recuerde, unos tomates, siempre procuro consumir las verduras y las frutas de piel fina con su fibra. Hubiera tomado cada uno de esos pequeños tomates y los hubiera partido en 4 trozos que hubiera volcado en la sartén.

Felipe quitó la piel de cada uno de ellos y después con la ayuda de un instrumento diabólico similar a lo que cabe esperar cuando a uno le van a practicar una endodoncia, comenzó a vaciar por dentro los tomates de sus correspondientes semillitas hasta dejar no sé qué parte estrictamente del tomate que era muy pequeña y que procedería a separar.

Encendí otro cigarro, el vino había hecho que la ansiedad por su lentitud desapareciera por completo y comencé a observar sus quehaceres de hormiguita bajo una luz distinta.

Felipe vaciaba esmeradamente en la sartén encendida cada uno de los ingredientes de las fajitas, pelados, cortados, mimados, escuchados y casi besados; me asaltó una duda mientras lo imaginaba acariciando una cebolla:

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¿Tiene alguna relación nuestra manera de preparar la comida con la forma de besar o de comportarnos en la cama?

¿Y si así fuera? La verdad es que no tenía mucha experiencia al respecto, soy mujer de pocas y muy largas relaciones; mi ex y padre de mis dos hijos jamás cocinaba.

Felipe volteaba con suavidad los pedacitos de carne y verdura para que se doraran regularmente a fuego mínimo.

Se acercó a mí y rellenó mi copa. Yo le devolví una sonrisa mientras pensaba... en aquellos que cocinan con tanta parsimonia, sin reloj, sin prisa, sin otro objetivo que disfrutar del camino y de cada uno de los procesos... sin ser presa de la recompensa inmediata, ni el estímulo fácil.

Apuesto a que en la cama la fórmula es la misma: meticulosidad, entrega, desprendimiento, buen hacer, experiencia contrastada, información, eficacia y perfeccionismo. Es decir, una apuesta segura.

Embriagada por el vino, por los deliciosos aromas de la comida y por mis pensamientos perdí completamente la noción del tiempo.

¿Y si lo había planeado todo? Emborracharme y vencerme por cansancio, además de por el estómago...

Señora, la cena está servida.

En el salón de su pequeña casa de soltero en Velázquez me senté frente a él y antes de comenzar a cenar le dije desde la total ingenuidad y literalidad:

_Me gusta que seas tan metódico.

_Soy un gran meto-dico, Carlita_respondió riéndose y colocándose las servilleta sobre las rodillas.