El artículo de Lomana: Aquel «swing» londinense

Junto a Rossy de Palma y su hija, Luna
Junto a Rossy de Palma y su hija, Luna

No sé si Vds. han pensado alguna vez que las mejores cosas de su vida ya han ocurrido. A mi cabeza me está viniendo esta necia idea. Me parece reaccionario y una forma de rendirme a la vida o a las circunstancias. Soy de las que siempre, en un ataque, quizá un poco naif, creen que lo mejor está por venir. Me gustan los cambios y no tengo miedo a nada. La vida me ha hecho transitar por caminos de «gozos y sombras», de la mayor felicidad al mayor dolor, pero un tornado de malos auspicios me envuelve estos días por donde quiera que voy. Todos mis amigos de tertulias radiofónicas, columnistas y hasta mi frutero me advierten de lo que nos espera como forme gobierno este irresponsable obsesionado con ser presidente llamado Pedro Sánchez. Su alianza con Podemos y formaciones independentistas condiciona su investidura a conceder el derecho a decidir un nuevo estatus político sin ninguna subordinación a España de formaciones como el PNV, partido por otra parte al que tengo todo mi respeto por su impecable gestión en el País Vasco. Dicho esto, a ver cómo gobierna el Sr. Sánchez y se pone a legislar con sólo 90 escaños. Es muy difícil, por no decir imposible, intentar una reforma constitucional que le exigirán sus socios y topar con un Senado, en este caso controlado por la derecha que tanto odia. Nos esperan tiempos encanallados, llenos de odios ideológicos, de los que muchos aún no son conscientes por más que quieran suavizar con la palabra «progresista». Mientras tanto, Rajoy deshoja la margarita de si asiste o no a la investidura, cuando lo que debería hacer es marcharse y ofrecer al PP como base para formar gobierno con PSOE y Ciudadanos.

Otro de los acontecimientos que me han hecho pensar en los buenos tiempos pasados fue la muerte de David Bowie. Un referente en mi vida. Llegué a estudiar a Londres en los años 70 y recuerdo ese «swing» y ese encanto que tenía la ciudad abducida por el rock y un movimiento punky emergente en Fulham Road. Pero lo que más llamaba la atención era la cantidad de clónicos de Bowie, con su pelo tan personal, «make- up» y enormes plataformas con pantalón de elefante y chaleco. Me tenía fascinada. Junto a Angie, su mujer, formaban una pareja tan transgresora que llegaron tarde a su boda por disfrutar de un «ménage a trois». Nunca supimos quién era el tercero. Su música y su misterio me parecían fascinantes. Cenar en Parson, el lugar más «cool» del momento, era una experiencia. No he vuelto a ver los estilismos y los personajes tan estrambóticos que aterrizaban por allí. Todos los actores de «The Rocky Horror Show», al terminar la obra, pasaban por Parson, y eso para mí era algo sublime, la catarsis total de la modernidad.

En esa época lo habitual era ver a muchos hombres maquillados, ahora que tanto se comenta la transexualidad y el transformismo, allí era lo normal, unido al clasicismo inglés de la «city» conviviendo con naturalidad y elegancia sin histrionismos ni malas formas. Por eso cuando contemplo actualmente a muchos que van de progres sólo veo en sus atuendos dejadez y mal gusto, pudiendo pensar que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Bowie nos dejó como despedida y mensaje póstumo las canciones de sus dos últimos videoclips, «Blackstar» y «Lazarus». Él era la seducción, un polo magnético tras un relámpago maquillado o un parche pirata. Sube a tu estrella, de la que viniste a salvarnos y que tu luz nos guíe.