El corte de mangas de Cayetana de Alba

Resulta entrañable descubrir otra historia de España cuando rememoro el perfil humano de Cayetana de Alba y su segundo marido, Jesús Aguirre. Incluso recuerdo al detalle cómo una vez coincidimos en Venecia para una regata a la que no faltó Don Juan Carlos, que también competía. Los duques de Alba y menda coincidimos en la plaza del Duomo, ellos enfilaban hacia la catedral. Cuando Cayetana me vio de frente hizo un inesperado corte de mangas impropio de una señora que tal se considera. Aguirre se puso a aplaudir jaleándola. Así era ella de castiza y espontánea.

Años más tarde, en alguna sobremesa de la Expo, cuando la familia Puig presentó el perfume «Agua de luna» en los jardines de palacio de Dueñas, le recordé aquel nada señorial pero retratador momento. Se extrañó, aunque me dijo que lo habría hecho «porque te habrías metido conmigo». Fue su manera de disculparse en ese momento, pero tal evidencia vino a coincidir con sus declaraciones en una portada del «cuore» asegurando que «Aguirre y yo jodemos todas las noches». Una revelación que causó estupor, manos a la cabeza y también cierta simpatía a su flamenquería. Aunque ahora no dejan de sorprenderme las descalificadoras palabras de Eugenia Martínez de Irujo porque recuerdo cómo Aguirre cuidó personalmente, echándole tiempo, finura y ojo, la decoración floral del altar mayor catedralicio de Sevilla para la boda de la benjamina con Fran Rivera. Eso sí, una cosa no quita la otra. Ella dice que cuando su madre «se casó con Aguirre fue pésimo para nosotros. Era muy culto, pero cero humano. Era muy malo», y su hermano Cayetano, aunque todavía les duraba el enfado porque ella no hubiera acudido al funeral por el cuarto aniversario de su madre, ha ratificado sus palabras al ciento por ciento: «Aguirre fue nefasto. Supuso una época terrible para todos los hermanos y mi hermana lo pasó muy mal». No lo contó antes por respeto a su madre, pero ahora, recién cumplidos los 50, Eugenia está dispuesta a despojarse de todo el encorsetamiento familiar.

Tal castiza aristocrática, que algunos compararon con Isabel II, hizo historia por sus matrimonios y parecidas actitudes muy chocantes entre los que frecuentaban palacio. Ella fue lo más rompedor de una época de enamorada, con una devoción marital que compensaba las depresiones de Aguirre, hijo de padre desconocido que no logró superar su niñez santanderina, con tantos claroscuros como aquella hermosa costa montañesa. Nunca lo olvidó ni aún llegando a Grande de España y cuando sus excentricidades animaban los salones. Lo consideraban no solo un trepa, sino cursi, atildado, amanerado y cultísimo. Casi era un personaje valleinclanesco que dividía las opiniones.