El sufrimiento oculto de Lourdes Montes

La procesión va por dentro. Lourdes Montes respeta el trabajo de su marido, pero no puede disimular la preocupación y el temor que le produce su vuelta a los ruedos. La fecha, cada vez más cerca: el 7 de febrero, en México

El regreso de Fran Rivera a los ruedos, el próximo 7 de febrero en La Monumental de México, es una fecha que su mujer asume con resignación.

Lourdes Montes sufre cuando piensa que su marido, Francisco Rivera, retomará su carrera como matador de toros el próximo día 7 en la Monumental mexicana. No protesta. Se limita a bajar la cabeza, preocupada, con sólo imaginarse que a Fran le pueda ocurrir un percance tan serio en la plaza como el que casi le retiró de la profesión,y de la vida, en Huesca, en agosto de 2015. Intenta demostrar entereza, pero todavía le cuesta creerse mujer de torero. La procesión va por dentro, por mucho que su esposo diga que «Lourdes me conoció toreando y respeta mi trabajo». Respeta, sí, pero desde el sufrimiento. En este sentido, es sumisa, nada que ver con Eugenia Martínez de Irujo, hija de la Duquesa de Alba y primera mujer del diestro, cuyo carácter chocaba con el del hijo de la fallecida Carmina Ordóñez. Dos temperamentos fuertes, en constante ebullición. Ella jamás habría permitido que Fran presentara públicamente una foto toreando con su hija en brazos. Todavía se recuerda cuando Rivera dio la vuelta al ruedo en Ronda, acompañado de la hija de ambos, lo que no gustó nada a su madre. Cayetana dentro de dos años, cuando cumpla los 18 y, con ello, la mayoría de edad, podría dejar la casa materna para irse a vivir con su padre. Los dos se entienden a la perfección, son muy cómplices. La adolescente es más Rivera que Martínez de Irujo. Els boato de los Alba no van con ella. Y eso que su madre es la más bohemia de la Casa.

Miguel R. pertenece a la alta sociedad sevillana. Ha conocido y compartido momentos muy especiales tanto con la Duquesa de Alba como con los Montes. Conoce bien a ambas familias y, por tanto, a Eugenia y Lourdes. Hablamos en el transcurso de un viaje en AVE hacia Sevilla, y nos descubre que «Eugenia es muy pasota. Los toros le dan igual, no así los toreros. Nunca le gustó que su marido se llevara a Cayetana a las plazas. Lourdes es distinta, hace siempre lo que le dicta su marido, es de una familia sevillana amante de las tradiciones religiosas, de las corridas de toros, de la Feria de Abril... Estaba a punto de casarse con un hombre del entorno familiar al que abandonó para irse con Fran, algo que todavía no le ha perdonado algún miembro de su familia más cercana. Pero ella quedó «atrapada» por el torero: era pura pasión, una atracción física y sexual.

Nuestro confidente está convencido de que «este segundo matrimonio será para siempre, porque Lourdes ha llegado a la vida de su marido en el momento oportuno. A Fran siempre le gusta dominar a su pareja y con Eugenia le salió el tiro por la culata». Piensa que el torero, «más que un seductor, es un depredador. Arrasa en el terreno sentimental. En su matrimonio con Eugenia era imposible controlarle. Era un tigre al acecho. Y eso le apartó de su mujer. Los flirteos y los rumores de tonteos con otras acabaron con aquella unión. Ahora, al lado de Lourdes, parece haber recobrado la calma y la fidelidad».

Eugenia, prosigue Miguel, «tiene el mismo mal carácter que tenía su madre. No tiene nada que ver con Lourdes, que es una niña discreta, tranquila, nada bohemia». Aun así, nos recuerda que «a Francisco, las que más le han gustado siempre, son las mujeres mayores que él. Hay una conocida presentadora de televisión, separada y con una hija guapísima, por la que el torero ha suspirado siempre».

Una de las cosas que más lamenta Francisco es no haber vivido de cerca el crecimiento de Cayetana, porque, tras su ruptura matrimonial con Eugenia, dejó el domicilio conyugal y tuvo que atenerse a un estricto régimen de visitas. Con la pequeña Carmen, su segunda hija, todo es distinto. Disfruta de ella como no ha podido hacerlo con Cayetana, y, quizá por ello, quiere que participe desde su más tierna infancia en lo que más ama en este mundo, el toreo. A sus cinco meses, la niña no se ha dado cuenta de la trascendencia mediática de su «debut» taurino, pero, al igual que su hermana mayor, seguro que compartirá la afición de sus padre hacia un universo que conjuga las alegrías con los peligros.

Lourdes y Caye se llevan muy bien y la segunda está como loca con su hermana pequeña. «Se considera una segunda madre para ella –nos cuenta un allegado a la familia–. La cuida con mimo, puede pasarse horas jugando con ella». Carmen es la «estrella» de los Rivera Montes y Fran ya piensa en «aumentar la familia. Quiero ser padre de nuevo. Mis hijas son el motor de mi vida, mi mayor tesoro... junto a Lourdes, y me encantaría tener familia numerosa. Disfruto mucho en casa con Carmen, le cambio los pañales, la baño, he recuperado la ilusión del padre primerizo». Es posible que una infancia destrozada por la muerte de Paquirri, su padre, le haya marcado tanto que busca el máximo disfrute de la figura paterna. No olvida que se quedó huérfano a edad muy temprana, que su padre pasaba más tiempo fuera de casa que con ellos, y no quiere repetir aquel error. Tiene claro que «vuelvo a los toros para probar mis fuerzas. Estaré en activo está temporada. ¿Después? No lo sé. Lourdes no lo pasa bien cuando toreo, sufre lo suyo, pero está feliz al ver que nuestra hija Carmen sigue la tradición de salir en brazos de su padre al ruedo, al igual que lo hice yo en los brazos del mío, y él en los de su padre. Ahora se vendrá conmigo a México. Torear en La Monumental es impresionante. Espero que todo vaya bien y que no haya percances en este regreso a una profesión que tanto amo».