Joe Kennedy III: La nueva cara de una adorada saga política

Sobrino nieto de J.F.K., el congresista demócrata de 37 años fue el encargado de contestar a Trump tras el discurso del Estado de la Unión.

Joe y su esposa, Lauren Birchfield, tienen dos hijos pequeños. En la imagen, con uno de ellos
Joe y su esposa, Lauren Birchfield, tienen dos hijos pequeños. En la imagen, con uno de ellos

Sobrino nieto de J.F.K., el congresista demócrata de 37 años fue el encargado de contestar a Trump tras el discurso del Estado de la Unión.

No es sencillo responder al presidente Trump tras el discurso sobre el Estado de la Unión. La atención mediática rara vez sobrevuela al opositor. Pero el partido demócrata, convulsionado por la proximidad de unas elecciones legislativas claves, necesitaba a alguien capaz de contraprogramar el caos. Su urgencia tiene que ver, entre otras cosas, con la sospecha de que faltan candidatos, personajes capaces de ilusionar a las bases, príncipes y aspirantes con el músculo necesario para plantar cara. Y no, Oprah Winfrey no parece el recambio ideal al presidente Obama. Así que después de los experimentos, tanteos y globos sonda de los últimos meses, convencidos de que toca renunciar a la anhelada pero imposible Michelle Obama, y todavía sacudidos por el derrumbe de Hillary Clinton, llegó la hora de encontrar al mascarón de proa de la nueva política. Alguien lo suficientemente joven como para evitar las acusaciones de gerontocracia y, al mismo tiempo, que no fuera un perfecto desconocido. Todavía mejor si, a despecho de las políticas de raza y género abanderadas en los últimos años, daban con un candidato que resonara en el corazoncito de la vieja base electoral demócrata, masculina y blanca, para más señas.

El elegido fue un sobrino nieto de, quién si no, John Fitzgerald Kennedy. Nieto de otro prominente actor del martirologio americano, Robert «Bobby» Kennedy. El pelirrojo y apuesto congresista por Massachusetts desde 2012, Joe Kennedy, de 37 años y licenciado en Harvard, fue capaz de sobreponerse a la pereza que suele invadir al televidente toda vez que Trump abandona el estrado: es tal el volumen del ruido que acompaña al presidente que rara vez sobran ganas de centrarse en sus satélites. No en el caso del joven Joe, que habló desde un instituto de formación provisional en la ciudad de Fall River. Un escenario en absoluto casual: con 88.000 habitantes, fue una de las capitales de la industria textil americana hasta mediados del siglo XX. Hoy, en cambio, ocupa un cómodo puesto en la lista de las 100 ciudades más peligrosas de EE UU: un desastre social y sanitario muy propio del contexto posindustrial y la crisis de opiáceos que ha sacudido al país en los últimos diez años.

A Kennedy le avisaron de que iría en antena hace apenas una semana. Al menos eso explica Edward-Isaac Dovere en la revista «Politico», donde de paso adelanta reveladores extractos de una entrevista con el congresista. Ahí Kennedy reconoce que «decidieron que hablara delante de una audiencia porque quizá haya algunos oradores convincentes, capaces de mantener interesada a una multitud a través de la tele durante siete, ocho, diez minutos de hablar directamente a la cámara, pero yo no soy uno de ellos. Puedes lograrlo durante 30, 45 segundos, pero al menos que seas Robert de Niro o Al Pacino, hacerlo durante más tiempo resulta difícil».

Un trozo de cacao

De lo que la gente no paraba de hablar estos días era del trozo de cacao que brillaba en la comisura de sus labios. Un ejemplo clásico, dirá Dovere, de algo que se aprecia bien en la televisión pero no in situ. Howie Carr, columnista del «Boston Herald», hacía mofa del asunto, convencido de que «para los escuálidos estándares de su familia, fue una tarde exitosa: ninguna mujer joven fue violada, ahogada, lisiada o golpeada hasta la muerte con un palo de golf. Nadie intentó jugar con Adolf Hitler, se estrelló en un avión, murió de una sobredosis de drogas o le preguntó borracho a un policía de Barnstable si “sabes quién soy”». Carr incluso le apoda como «Joe el baboso» y apuesta a que blanco, rico, varón y católico como es, solo le salva de la lapidación por parte de los suyos el detalle de apellidarse Kennedy.

Sueño demócrata

Pero al aludido no parece importarle el debate sobre el cacao, y mucho menos el vitriolo de Carr y otros pistoleros. Es más, achaca la controversia al clima de banalidad y gusto por el detalle soez que entre otras cosas explicaría el ascenso de un personaje tan atrabiliario como Donald Trump. Para este ex alumno de la explosiva Elizabeth Warren, nacido en Boston en 1980, nada más natural que situarse delante de las cámaras y asumir el coste. Quién sabe si se conforma con una carrera larga y tranquila, a resguardo del Congreso, o si realmente sueña con encabezar el intento por suturar las fallas de los demócratas y, en el largo plazo, hasta con reanimar el maltrecho optimismo de un país fracturado. En su alocución no olvidó atacar la ciclotimia del presidente. Admite que, efectivamente, forma parte de un núcleo duro de gente privilegiada, de una suerte de aristocracia estadounidense, pero también explica Dovere que «parte de lo que traté de señalar (en el discurso) fue que hay muchos más problemas, oportunidades, obstáculos y desafíos que unen a los diversos grupos de identidad de los que los dividen, y creo que esta administración está tratando de forma cutre de explotar esas divisiones para sacar adelante su propia agenda política. Esto puede funcionar en el corto plazo, pero nunca he visto que sea así a largo plazo».